Lo que nos dice el Señor hoy (Tiempo de Pascua)

Tema en 'Comisión General' comenzado por Carita, 10 de Mayo de 2015.

  1. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Jueves Quinto de Cuaresma
    Reflexión del Evangelio
    CRISTO, como todo bautizado recibí en mi corazón la simiente de la vida eterna: la fe en la palabra. Tú la depositaste en mí, y me invitas a guardarla y cumplirla con tu gracia, y me aseguras que no moriré para siempre. Tú Palabra fructificará en una vida plena. Por eso te digo como Pedro: Tú tienes palabra de vida eterna, esa vida a la que me lleva le fe.
     
  2. Benedetto

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    Viernes Quinto de Cuaresma
    Santo Evangelio
    Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: <<Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi padre: ¿Por cual de ellas me apedreáis?>>. Los judíos le contestaron: <<No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios>>. Jesús le replicó: <<¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mi, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mi, y yo en el Padre>>. Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: <<Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad>>. Y muchos creyeron en él allí.

    Jeremías 20, 10 – 13
    Salmo 17, 2 – 7
    Juan 10, 3142
     
  3. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Viernes Quinto de Cuaresma
    Reflexión del Evangelio
    CRISTO, ¿Cómo soy tan necio que te apedreo con mis pecados, cuando veo que todo lo haces bien, para todos y para mi? Quiero estar siempre de tu parte, disfrutando de la naturaleza divina que me regalaste con mi bautismo, simbolizada en la vestidura blanca.
     
  4. Benedetto

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    Sábado Quinto de Cuaresma
    Santo Evangelio
    Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús [la resurrección de Lázaro], creyeron en él. Pero algunos contaron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín (Consejo Supremo Judío) y dijeron: <<¿Qué hacemos?>>. Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación>>. Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: <<Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera>>. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín (actual Taybeh, cerca de Jerusalén), y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: <<¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?>>. Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

    Ezequiel 37, 21 – 28
    Salmo Jeremías 31, 10 – 13
    Juan 11, 45. 4757
     
  5. Benedetto

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    Sábado Quinto de Cuaresma
    Reflexión del Evangelio
    CRISTO, porque eres bueno, porque curas a los enfermos y resucitas a Lázaro, constituyes un estorbo que han de quitar de en medio. ¡Cuánto te dolió aquella envidia de los que se creían grandes, y te duele esta ingratitud mía cuando no reconozco tanto bien que me haces! Que tu muerte por el pueblo sea vida para mí y para todos los que te siguen con fe.
     
  6. Benedetto

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    Domingo de Ramos
    Primera Lectura
    El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor Dios me abrió el oído, yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban (tiraban) mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. El Señor Dios me ayudaba, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

    Isaías (Isaías, nos habla de Dios, el cual siempre es Transcendente, Omnipotente, Rey; mientras el hombre siente por fuerza su culpabilidad ocasionándonos la tristeza. Dios nos pide sinceridad y fidelidad. Dios es la realidad del Emmanuel: Dios con nosotros. Todo del Antiguo Testamento) 50, 4 – 7
     
  7. Benedetto

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    Domingo de Ramos
    Segunda Lectura
    Cristo Jesús; siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló así mismo hecho obediente hasta a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo, y le concedió el <<Nombre – sobre – todo – nombre>>; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

    Filipenses (Pablo, nuestro querido apóstol, nos habla de Cristo humillado y exaltado como máxima representación modelo y esperanza de los cristianos. Todo del Nuevo Testamento) 2, 6 – 11
     
  8. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Domingo de Ramos
    Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
    Santo Evangelio
    Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas
    Los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas, llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: <<Hemos encontrado que este anda amotinando (sublevando) a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al Cesar, y diciendo que él es el Mesías rey>>. Pilato le preguntó: <<Eres tú el rey de los judíos?>>. Él le responde: <<Tú lo dices>>. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: <<No encuentro ninguna culpa en este hombre>>. Pero ellos insistían con más fuerza diciendo: <<Solivianta (agita) al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó por Galilea hasta llegar aquí>>. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió (devolvió). Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacia bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacia muchas preguntas con abundante verborrea (palabrería), pero él no le contestó nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato, aquel mismo día se hicieron amigos entre si Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre si. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: <<Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que le acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré>>. Ellos vociferaron en masa: <<¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás>>. Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: <<¡Crucificalo, crucificalo!>>. Por tercera vez les dijo: <<Pues, ¿Qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré>>. Pero ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: Soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: <<Hijas de Jerusalén, no lloréis por mi, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezaban a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y las colinas: “Cubridnos”; porque si esto hacen con el leño verde ¿Qué harán con el seco?>>. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado <<La Calavera>>, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: <<Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen>>. Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: <<A otros ha salvado; que se salve a si mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido>>. Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: <<Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo>>. Había también por encima de él un letrero: <<Este es el rey de los judíos>>. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: <<¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros>>. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: <<¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo>>. Y decía: <<Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino>>. Jesús le respondió: <<En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso>>. Era ya como la hora sexta y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: <<Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu>>. Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: <<Realmente, ese hombre era justo>>. Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.

    Lucas 23, 149
     
  9. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Domingo de Ramos
    Reflexión del Evangelio
    CRISTO JESÚS, mientras unos te aclaman como Rey y Señor al entrar triunfalmente en Jerusalén, otros traman tu muerte, la que posiblemente apoyen con sus gritos ante Pilato quienes hoy te vitorean. Yo quiero permanecer siempre en tu amor y en tu alabanza. Tú eres mi Dios y mi Rey. Lo proclamo de palabra, y quiero, con tu gracia, dar testimonio de ello ante el mundo: Tus sufrimientos son mi consuelo en el dolor. Tu muerte en Cruz es mi vida para siempre. ¡Como me amas, y que mal respondo a tu amistad!
     
  10. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Lunes Santo
    Santo Evangelio
    Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: <<¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?>>. Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando. Jesús dijo: <<Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mi no siempre me tenéis>>. Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judos, por su causa se les iban y creían en Jesús.

    Isaías 42, 1 - 7
    Salmo 26, 1 - 3. 13 - 14
    Juan 12, 1 - 11
     
  11. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Lunes Santo
    Reflexión del Evangelio
    CRISTO JESÚS, todo es poco para honrarte. Me uno a María de Betania para poner mi vida a tus pies. No te hace falta a ti, pero a mi si me hace falta tu aprobación, tu estímulo, la fuerza para seguirte hasta la Cruz.
     
  12. mortadeelo

    mortadeelo Nazareno del décimo tercer tramo

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    Martes 16 de abril. Martes Santo

    Lectura del santo evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):

    En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
    - «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
    Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
    Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
    Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
    - «Señor, ¿quién es?».
    Le contestó Jesús:
    - «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
    Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
    Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
    - «Lo que vas hacer, hazlo pronto».
    Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
    Cuando salió, dijo Jesús:
    - «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me busca¬réis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
    "Donde yo voy, vosotros no podéis ir"»
    Simón Pedro le dijo:
    - «Señor, ¿a dónde vas?».
    Jesús le respondió:
    - «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
    Pedro replicó:
    - «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
    Jesús le contestó:
    - «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

    Palabra del Señor


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  13. mortadeelo

    mortadeelo Nazareno del décimo tercer tramo

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    Martes 16 abril. Martes Santo

    Reflexión sobre la Palabra publicada en la web Ciudad Redonda


    Queridos amigos:

    Hoy martes, y mañana miércoles, se trata de espabilar el oído para no perderse ninguna palabra. El profeta Isaías comienza con una exhortación a escuchar: "Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos". La escena que Juan describe está llena de confidencias que sólo pueden percibirse con un oído fino: la pregunta del discípulo amado, la respuesta de Jesús, la admonición a Judas, el diálogo entre Jesús y Pedro.

    Me parece que el martes santo es un día ideal para el silencio y la escucha, para caer en la cuenta de un par de verdades que sostienen nuestra vida.

    Primera: existimos porque el Señor nos ha llamado en las entrañas maternas, porque ha pronunciado nuestro nombre. ¿Te sientes un don nadie, producto del azar, poco querido por tus padres o por las personas que te rodean? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Te parece que tu vida es una sucesión de acontecimientos sin sentido? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Crees que no merece la pena confiar en el futuro? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre!

    Segunda: el Señor quiere hacer de nosotros una luz para que su salvación llegue a todos. ¿Te parece que tu vida no sirve para nada? ¡Tú eres luz! ¿Tienes la impresión de que nunca cuentan contigo para lo que merece la pena? ¡Tú eres luz! ¿Atraviesas un período de oscuridad, de desaliento, de prueba? ¡Tú eres luz!

    No quisiera olvidar ese ejercicio de diálogo a cuatro bandas que se da entre Jesús, el discípulo amado, Simón Pedro y Judas, en una cena trascendental en la que Jesús se encuentra "profundamente conmovido".

    El discípulo amado y Pedro formulan preguntas: "Señor, ¿quién es?", "Señor, ¿adónde vas?", "Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?". Quién, adónde, por qué. En sus preguntas reconocemos las nuestras. Por boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras, nuestras incertidumbres.

    Judas interviene de modo no verbal. Primero toma el pan untado por Jesús y luego se va. Participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso "sale inmediatamente". No sabe/no puede responder al amor que recibe.

    Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de entrega y de traición. Como la vida misma.




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  14. mortadeelo

    mortadeelo Nazareno del décimo tercer tramo

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    Miércoles 17 de abril de 2018.

    Texto del Evangelio (Mt 26,14-25): En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

    El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

    Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».




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  15. mortadeelo

    mortadeelo Nazareno del décimo tercer tramo

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    Reflexión de la Palabra publicada en el web Católico de Javier:

    Comentario:
    P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

    «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará»

    Hoy, el Evangelio nos propone —por lo menos— tres consideraciones. La primera es que, cuando el amor hacia el Señor se entibia, entonces la voluntad cede a otros reclamos, donde la voluptuosidad parece ofrecernos platos más sabrosos pero, en realidad, condimentados por degradantes e inquietantes venenos. Dada nuestra nativa fragilidad, no hay que permitir que disminuya el fuego del fervor que, si no sensible, por lo menos mental, nos une con Aquel que nos ha amado hasta ofrecer su vida por nosotros.

    La segunda consideración se refiere a la misteriosa elección del sitio donde Jesús quiere consumir su cena pascual. «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’» (Mt 26,18). El dueño de la casa, quizá, no fuera uno de los amigos declarados del Señor; pero debía tener el oído despierto para escuchar las llamadas “interiores”. El Señor le habría hablado en lo íntimo —como a menudo nos habla—, a través de mil incentivos para que le abriera la puerta. Su fantasía y su omnipotencia, soportes del amor infinito con el cual nos ama, no conocen fronteras y se expresan de maneras siempre aptas a cada situación personal. Cuando oigamos la llamada hemos de “rendirnos”, dejando aparte los sofismas y aceptando con alegría ese “mensajero libertador”. Es como si alguien se hubiese presentado a la puerta de la cárcel y nos invita a seguirlo, como hizo el Ángel con Pedro diciéndole: «Rápido, levántate y sígueme» (Hch 12,7).

    El tercer motivo de meditación nos lo ofrece el traidor que intenta esconder su crimen ante la mirada escudriñadora del Omnisciente. Lo había intentado ya el mismo Adán y, después, su hijo fratricida Caín, pero inútilmente. Antes de ser nuestro exactísimo Juez, Dios se nos presenta como padre y madre, que no se rinde ante la idea de perder a un hijo. A Jesús le duele el corazón no tanto por haber sido traicionado cuanto por ver a un hijo alejarse irremediablemente de Él.


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  16. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Jueves Santo
    El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo
    Santo Evangelio
    Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina (recipiente con agua) y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándolos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: <<Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?>>. Jesús le replicó: <<lo que yo hago tu no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde>>. Pedro le dijo: <<No me lavarás los pies jamás>>. Jesús le contestó: <<Si no te lavo, no tienes parte conmigo>>. Simón Pedro le dice: <<Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza>>. Jesús le dijo: <<Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos>>. Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: <<No todos estáis limpios>>. Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: <<¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis>>.

    Juan 13, 115
     
  17. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Jueves Santo de la Cea del Señor
    Reflexión del Evangelio
    CRISTO JESÚS, gracias, por tu gesto de amor y humildad, lavando los pies de tus discípulos; por tu amor hasta el extremo y por el mandamiento nuevo del amor fraterno; gracias por el sacramento de la Eucaristía, que te hace realmente presente en medio de nosotros; gracias, por el sacramento del Orden sacerdotal que otorgas a tus elegidos ¡Santifícalos en la verdad!
     
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  18. mortadeelo

    mortadeelo Nazareno del décimo tercer tramo

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    Viernes 19 de abril. VIERNES SANTO.

    Texto del Evangelio (Jn 18,1—19,42):

    En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

    Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

    De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

    Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

    Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

    Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

    Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

    Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.




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  19. mortadeelo

    mortadeelo Nazareno del décimo tercer tramo

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    Reflexión de la Palabra publicada en el web Católico de Javier:

    Comentario:
    Rev. D. Francesc CATARINEU i Vilageliu (Sabadell, Barcelona, España)

    «Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu»

    Hoy celebramos el primer día del Triduo Pascual. Por tanto, es el día de la Cruz victoriosa, desde donde Jesús nos dejó lo mejor de Él mismo: María como madre, el perdón —también de sus verdugos— y la confianza total en Dios Padre.

    Lo hemos escuchado en la lectura de la Pasión que nos transmite el testimonio de san Juan, presente en el Calvario con María, la Madre del Señor y las mujeres. Es un relato rico en simbología, donde cada pequeño detalle tiene sentido. Pero también el silencio y la austeridad de la Iglesia, hoy, nos ayudan a vivir en un clima de oración, bien atentos al don que celebramos.

    Ante este gran misterio, somos llamados —primero de todo— a ver. La fe cristiana no es la relación reverencial hacia un Dios lejano y abstracto que desconocemos, sino la adhesión a una Persona, verdadero hombre como nosotros y, a la vez, verdadero Dios. El “Invisible” se ha hecho carne de nuestra carne, y ha asumido el ser hombre hasta la muerte y una muerte de cruz. Pero fue una muerte aceptada como rescate por todos, muerte redentora, muerte que nos da vida. Aquellos que estaban ahí y lo vieron, nos transmitieron los hechos y, al mismo tiempo, nos descubren el sentido de aquella muerte.

    Ante esto, nos sentimos agradecidos y admirados. Conocemos el precio del amor: «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.

    Jesús, para nosotros, es modelo que hay que imitar, es decir, reproducir en nosotros sus actitudes. Hemos de ser personas que aman hasta darnos y que confiamos en el Padre en toda adversidad.

    Esto contrasta con la atmósfera indiferente de nuestra sociedad; por eso, nuestro testimonio tiene que ser más valiente que nunca, ya que el don es para todos. Como dice Melitón de Sardes, «Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Él es la Pascua de nuestra salvación».
     
  20. Benedetto

    Benedetto Forero jartible

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    Sábado Santo de la Sepultura del Señor
    No hay Santo Evangelio. Hoy Sábado Santo, evocamos el hecho, de cuando nuestro Señor Jesucristo se entregó a la muerte en la Cruz por todos nosotros para darnos una Vida Nueva con su Resurrección al tercer día y, desde entonces, después de resucitar y subir al cielo, a Él lo tenemos en Espíritu, su Espíritu en la Eucaristía, y en todos los Sagrarios de las Iglesias del Mundo … Bendito es nuestro Señor Dios Padre, nuestro Señor Dios Hijo y nuestro Señor Dios Espíritu Santo.
     

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