Para meditar

Tema en 'Hoja informativa' comenzado por SoberanoPoderRomano, 15 de Octubre de 2008.

  1. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    "¡IRÁS AL CÉSAR!"

    “¡Irás al César!”. Pablo se decide, y apela

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    Con los dos años preso en Cesarea, parecería que a Pablo se le iban todas las esperanzas. El procurador Félix, aparentemente muy obsequioso, resultaba fatal, porque no decidía la cuestión. Pero el año 60 vino a sucederle en el cargo Porcio Festo, hombre serio, honrado, digno de confianza, que llevó admirablemente la administración judía (Hch 25-26)

    Pablo podía estar tranquilo con el procurador que venía. A los tres días de desembarcar en Cesarea, ya estaba Festo en Jerusalén. Y aquí le vino la primera sorpresa de los judíos, que tenían prisa en acabar con Pablo, y tramaban una emboscada como aquella de los cuarenta del juramento hacía dos años:

    -Ya ves los cargos que tenemos contra Pablo. ¿Por qué no lo traes para juzgarlo aquí?

    Festo respondió como debía:

    -Ese prisionero sigue custodiado en Cesarea. Como es ciudadano romano, me toca juzgarlo a mí. Que vengan conmigo los responsables de ustedes, pues he de marchar en seguida, y presenten allí los cargos de la acusación.

    No pudo Festo ser más correcto. A los ocho o diez días estaba ya en Cesarea, y el día siguiente mismo, sin esperar más, hacía comparecer ante sí a Pablo para escuchar la acusación que traían contra él.

    Vinieron los cargos de los judíos, cargos muy graves y abundantes, aunque no lograban probar ninguno.

    Tenemos como testigo presencial a Lucas, que lo cuenta todo con una gran exactitud.

    Contra ese embrollo de los acusadores, Pablo en su defensa respondió con firmeza y serenidad:

    - No he cometido delito alguno ni contra la Ley ni contra el Templo ni contra el Emperador. Esos cargos carecen de fundamento. Los acusadores no presentan ninguna prueba.

    Harto veía Festo que no se trataba de ningún crimen contra Roma o el Emperador, lo único que a él le incumbía.

    Y entonces, sin ir precisamente contra Pablo, le propuso con lealtad:

    - ¿Quieres subir a Jerusalén para someterte allí a mi juicio?

    Festo obraba con rectitud y astucia, y las tres partes podían estar contentas.

    Los judíos, satisfechos por celebrar el juicio en Jerusalén, que era lo que ellos querían. El Procurador se los ganaba con esta deferencia, y así salía él mismo favorecido. Además, Pablo quedaría absuelto, al no existir delito contra Roma o el Emperador.

    Pero Pablo veía más allá: ¿Y si hay una nueva conjura de los judíos?... Ante esto, el acusado clama en voz bien alta y con terrible decisión, de modo que pudo impresionar a Festo:

    - ¡Me niego a ir a Jerusalén! Yo debo ser juzgado sólo en un tribunal imperial. Tú, Procurador, sabes muy bien que no he perjudicado a los judíos. Si he cometido un delito capital, no me niego a morir; pero si no hay nada de lo que éstos me acusan, nadie puede entregarme en su poder. Por lo mismo, apelo al César.

    Se acabó la cuestión. Ni el mismo Procurador tenía ya potestad para juzgar a Pablo. De modo que allí mismo, en un acto puramente protocolario, se retiró con sus asesores, jóvenes abogados, les pidió su parecer, y se presentó de nuevo en la asamblea ante los judíos, con la resolución dirigida a Pablo:

    -¿Has apelado al César? ¡Pues al César has de ir!

    Los judíos quedaban definitivamente corridos, aunque podían desplazarse a Roma con la acusación si querían el proceso contra Pablo. Al Procurador le salía todo bien, pues los judíos pudieron pensar que estaba a su favor, y estaba seguro de que el prisionero no sería condenado en Roma.

    Y Pablo también se veía grandemente beneficiado. Por fin, lejos de los judíos. Aunque fuera entre cadenas, pero con la esperanza de ser absuelto en el tribunal del Emperador. El viaje a Roma lo tenía seguro y la libertad le caería por su propio peso.

    Para mayor suerte de Pablo, a los pocos días llegaban a Cesarea el rey Agripa y su mujer Berenice con el fin de cumplimentar al nuevo Procurador, el cual informó del caso a sus huéspedes, y Agripa contestó:

    - Me gustaría mucho escuchar a ese hombre.
    - ¿Te gustaría? Mañana mismo lo escucharás.

    Al día siguiente entraban con toda pompa en la sala de la audiencia el rey Agripa con Berenice, acompañados de comandantes y la gente principal de la ciudad.

    Traído Pablo, Festo lo presentó con gran deferencia, y Agripa se dirigió al acusado:

    - Puedes hablar en defensa propia.

    Pablo, que traía las manos encadenadas, levantó su derecha y empezó su exposición:

    - Ante las acusaciones de los judíos, tengo la satisfacción de defenderme ante ti, rey Agripa, especialmente porque, como judío, eres experto en todo lo de nuestra religión.

    Relató Pablo entonces su vida y la aparición del Señor ante las puertas de Damasco. Con tal convicción y tal unción hablaba, que arrancó a Festo esta broma:

    - Estás loco, Pablo. Tanto estudiar te ha hecho perder la cabeza.

    Pero Pablo replicó:

    No estoy loco, ilustre Festo. Mis palabras son verdaderas y muy sensatas. El Rey entiende muy bien todo esto, y a él me dirijo con franqueza, pues todo esto no se desarrolló a escondidas. ¿Verdad, rey Agripa, que crees en Moisés y en los profetas? ¡Yo sé que crees!

    Sí; el rey y la reina creían como judíos. Lo malo era, ¡pasmémonos!, que Agripa y Berenice vivían casados en unión incestuosa, siendo la comidilla de todo el pueblo. Entonces Agripa se vio precisado a responder, y lo hizo de manera evasiva y por compromiso, gastando también una broma como Festo:

    - Por poco me convences a hacerme cristiano.

    Pablo aprovecha la ocasión para responder contentísimo ante aquella asamblea, aunque gastando por su parte otra broma:

    -Quiera Dios que por poco o por mucho, no sólo tú, sino todos los oyentes, fueran hoy lo que soy yo, ¡menos estas cadenas!...

    Todos ríen ante la ocurrencia de Pablo. Y todos comentaban al retirarse:

    - Este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte o la cárcel.

    Agripa fue aún más explícito con Festo:

    -Podría Pablo haberse marchado libre si no hubiera apelado al Emperador.

    Pero ya no había remedio. El derecho romano exigía la comparecencia de Pablo en los tribunales de Roma.

    ¡Qué bien ha jugado Dios a favor de Pablo, y cómo ha dejado fuera de combate a sus perseguidores los judíos!

    “Darás testimonio de mí en Roma!”, le había dicho Jesús.
    “Irás a Roma”, le dice ahora la autoridad.
    Y Pablo se repite a sí mismo:

    - ¡Por fin, podré ir a Roma! Se va a cumplir mi sueño dorado. Ya es conocido el Señor Jesús en aquella estupenda Iglesia, pero lo será mucho más en adelante. Desde allí podré llevar su nombre hasta el confín de la tierra. ¡Roma!...
     
  2. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    BUSCA LA PERLA

    Las Palabras del Angel: Busca la perla

    156.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    156.2. Detrás de una sencilla palabra puede estar la puerta para una vida nueva. Jesucristo, Nuestro Señor, realizó obras admirables con palabras breves, como cuando sanó al leproso diciendo «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41). En otras ocasiones, movido de ternura entrañable, dio fuerza al alma agotada con la palabra "¡ánimo!" (Mt 9,2.22; cf. Mc 10,49). Y su voz llenó de sentido la existencia de muchos con esta sola palabra: "¡Sígueme!" (Mt 9,9; Lc 9,59; Jn 1,43; 21,19.22). Sobre los exorcismos, pon atención a lo que lees: «Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos» (Mt 8,16). Todo esto lo sabía muy bien aquel centurión que profesó su fe diciendo: «Mándalo de palabra, y quede sano mi criado» (Lc 7,7).

    156.3. Indudablemente para Jesús era importante la riqueza de la palabra sincera en su brevedad, y por ello mostró su desconfianza de las muchas palabras: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados» (Mt 6,7); «Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí;" "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mt 5,37); «Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado» (Mt 12,36-37).

    156.4. De aquí la firmeza de su enseñanza, llena de autoridad (Mt 7,29; 21,23; Mc 1,27; Lc 4,32), y también aquello que Él mismo dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35); «Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos Ángeles» (Mc 8,38; cf. Lc 9,26).

    156.5. Por eso sus discípulos lo tenían por «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19); Él es el que tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6,68); «porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). Y Él mismo llamó a todos a escuchar en aquello que dijo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida» (Jn 6,63); «Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras» (Jn 14,10); «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Jn 15,7).

    156.6. También Dios ha colmado de su autoridad la palabra que concede a los Ángeles, debo advertirte, pues así te amonesta aquel pasaje de Gabriel y Zacarías, cuando el Ángel sentencia: «Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,20). Teniendo claro, sí, que no toda palabra inspirada tiene el mismo peso, por cuanto la obra de la salvación de los hombres, según te muestran las mismas Escrituras, tiene momentos culminantes en que un "sí" o un "no" es más grave o menos grave.

    156.7. En lo que a ti respecta, debo decirte que he dejado perlas de amor en cada uno de estos mensajes. Veo que a veces los acoges con verdadera atención y reverencia, y a veces no. Gracias a Dios, puestos así por escrito, están para que vuelvas sobre ellos, y quizá en una segunda lectura encuentres lo que tu distracción o tu cansancio no te regalaron la primera vez. Busca en cada uno esa gema, pues no he dejado de regalarte en cada uno, según la gracia que Dios me ha concedido.

    156.8. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  3. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    LA TEMPESTAD ESPANTOSA

    La tempestad espantosa. Las aventuras de aquel viaje.

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    “Llegó el momento de navegar hacia Italia”, nos cuenta Lucas, porque el procurador Festo tenía que hacer llegar a los tribunales de Roma a Pablo, encomendado al cuidado de Julio, un noble centurión de la corte augusta, el cual se va a portar muy caballerosamente con su prisionero.

    A Pablo, aunque preso, se le considera un distinguido ciudadano romano y se le permite llevar consigo hasta dos empleados a su servicio, cosa que van a desempeñar no dos esclavos, sino dos compañeros entrañables como son Lucas y Aristarco (Hch 27-28.1-9) Iban también en la barca otros presos, condenados por crímenes comunes, y destinados, casi con toda seguridad, a las luchas del Circo Máximo o a las garras y dientes de las fieras.

    La nave se dirigió desde Cesarea a las costas de Asia, donde se realizó el cambió a un barco venido de Alejandría con un cargamento de trigo destinado a Roma, e iniciaba la travesía del Mediterráneo entrado ya octubre del año 60. Las 276 personas que iban a bordo no sospechaban la aventura que les venía encima.

    Nada más iniciada la travesía, el viento se les hizo contrario y empezó a zozobrar la nave. Con grandes dificultades y después de varios días, llegaron a la vista de la isla de Creta.

    Pablo, con el respeto que le tenía el centurión, le aconsejó con prudencia:

    - No salgamos. Pasemos el invierno aquí. La navegación va a acarrear peligros y pérdidas, no sólo a la carga y a la embarcación, sino también a nuestras vidas.

    El centurión celebró consejo con el patrón del barco y el piloto, y determinó al fin:

    - ¡Mar adentro! Lleguemos hasta la costa occidental de Creta, y a invernar allí si no se puede salir hacia Italia.

    En mala hora tomaron esta resolución. Lucas, compañero de Pablo, nos va a dejar una relación magistral de los hechos en todos sus detalles.

    De momento, muy bien todo. “Se levantó un viento sur, y pensando que el plan era realizable, levaron anclas y costearon de cerca Creta”.

    Pero muy pronto se desató del lado de la isla un viento huracanado como un ciclón y el barco era arrastrado de aquí para allá, hasta ser lanzado mar adentro desde Creta hacia Sicilia. Nos cuenta Lucas:

    “Como no podíamos navegar contra el viento, nos dejamos llevar a la deriva, aunque logramos con mucho esfuerzo controlar el bote salvavidas, levantado a bordo y asegurando así la embarcación con sogas de refuerzo. Por miedo a encallar, soltamos los flotadores y navegamos a la deriva”.

    La verdad es que no estamos sino en los principios de la aventura, porque esperan unos percances fatales.

    “Al día siguiente, como la tormenta arreciaba, empezaron a tirar parte del cargamento; y al tercer día, con sus propias manos, se deshicieron del aparejo del barco. Durante varios días no se vio el sol ni las estrellas, y como la tormenta no amainaba, se acababa toda esperanza de salvación”.

    Pablo valoraba la situación mejor que nadie, y observando que los pasajeros llevaban ya días sin comer, puesto en medio les quiso convencer:

    “Tengan buen ánimo, pues no se va a perder ninguna vida, sino sólo la embarcación. Anoche se me apareció un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo, y me aseguró: “No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el Emperador; Dios te concede la vida de los que viajan contigo.

    “Por lo tanto, ¡ánimo, amigos! Confío en Dios que sucederá lo se me ha dicho. Estén seguros de que encallaremos en una isla”
    .

    Después de catorce noches seguían a la deriva por el mar Adriático sin saber dónde estaban. Y al amanecer, aunque no se veía nada, Pablo les pidió a todos, que se amotinaban hacinados en la bodega como único refugio contra las olas:

    -Llevan catorce días sin comer nada. Les aconsejo que coman algo, que les ayudará a salvarse. Nadie perderá ni un cabello de su cabeza.

    Y empezó dando ejemplo, comiendo delante de todos:

    -¡Venga, hagan todos lo que yo he hecho!…

    Comieron hasta saciarse, y después echaron todo el cargamento de trigo al mar.

    Ya de día, se distinguió confusamente una playa, y el centurión resuelvió con decisión:

    -¡Todos los que sepan nadar salgan primero y ganen tierra! Después, sigan los demás agarrándose a tablones u otras piezas de la nave.

    Había acabado la tragedia de aquella navegación espantosa. Todos a salvo, supieron pronto que estaban en una isla llamada Malta. Ni uno de los 276 Pasajeros se había perdido. El ángel de Pablo no mentía: “Dios te concede la vida de los que viajan contigo”.

    Ahora viene el invernar en Malta. Varios meses en una isla que se les hará inolvidable. Lucas sigue contando en su crónica:

    “Los nativos nos trataron con extrema amabilidad. Como llovía y hacía frío, encendieron una hoguera y nos acogieron. Mientras Pablo recogía un haz de leña y la arrimaba al fuego, una víbora, ahuyentada por el calor, se sujetó a la mano de Pablo.

    “Cuando los nativos vieron el animal colgado de su mano, gritaban: ¡Este hombre tiene que ser un asesino! Se ha salvado del mar, pero la justicia de Dios no lo deja vivir”
    .

    Pronto cambiaron de opinión. Al ver que Pablo no caía muerto envenenado, gritaban al revés, llevados de su entusiasmo:

    -¡Éste no es un hombre, sino un dios!...

    El gobernador de la isla, Publio, hospedó en su finca durante tres días al centurión Julio con Pablo y sus dos compañeros. Estaba su padre enfermo de disentería y con alta fiebre.

    Pablo hace lo que el Señor había encargado a los apóstoles:

    “Impongan las manos a los enfermos, y curarán”.

    El caso es que el padre del gobernador quedaba sano del todo, y ahora venían de toda la isla los enfermos que con Pablo recobraban la salud.

    ¿Resultado? El que era de esperar. Al partir al cabo de tres meses, dice Lucas, “los nativos nos colmaron de honores y nos proveyeron de todo lo necesario para el viaje”.

    ¡Bien por los malteses!

    Dios les pagó la deferencia que gastaron con Pablo regalándoles el mayor de los dones. Un día Malta será cristiana, y la isla encantadora ha conservado incólume su catolicismo hasta nuestros días, orgullosa siempre por la protección de su Patrón San Pablo.

    Nosotros ahora nos quedamos con el corazón en Malta y encaminados hacia Italia.

    Nos falta poco para llegar felizmente a Roma con Pablo.
     
  4. rosasylirios

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    ¡POR FIN EN ROMA!

    ¡Por fin, en Roma! El sueño más acariciado

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    Dejamos ya Malta atrás. Ahora nos toca proseguir el viaje hasta Roma (Hch 28,11-23)

    Por lo demás, no era difícil la salida. El centurión imperial contrató una nave alejandrina cargada de trigo y en ella hizo subir a todos los prisioneros que le habían encomendado.

    Era el mes de Febrero, y con viento favorable el barco enfiló la proa hacia Sicilia. Al cabo de dos días atracaban en Pozzuoli, o Puttéoli, el puerto de Nápoles sobre la isla de Capri.

    ¡Qué emociones! Al principio de la primavera, después del espacio forzoso del invierno en que no desembarcaba ningún barco, las primeras naves que llegaban eran recibidas por una verdadera multitud, que daba la bienvenida a pasajeros anunciados, al trigo que llegaba para la población, y - aunque sea doloroso decirlo -, con el cargamento de fieras de África y de criminales comunes o guerrilleros destinados a las diversiones del circo.

    Pronto supo la comunidad cristiana que en la embarcación venía el conocidísimo Pablo.

    Vienen a buscar a Pablo hasta el puerto, y el centurión Julio, totalmente a favor de Pablo, no tiene inconveniente en dejarlo con los suyos:

    - Quédate con ellos estos días hasta que marchemos a Roma.

    Aunque, al darle el permiso, era obligación del centurión encargarle a un soldado que lo tuviera sujeto a la cadena; pero esto para Pablo no era inconveniente mayor.

    Los hermanos, apenas visto Pablo, mandaron por la posta una carta a los hermanos de Roma comunicándoles la fausta noticia. Como el viaje ya no se hizo por mar, sino por tierra vía Apia arriba, al llegar la caravana a Tres Tabernas y al Foro Apio, unos treinta kilómetros al sur de la Urbe, ya estaba allí la comisión venida de la Iglesia romana para recibir a Pablo.

    Es inexplicable la emoción de este encuentro. Besos, abrazos, lágrimas, y gritar nombres uno tras otro:

    - ¡Áquila, Priscila!..., ¡Ampliato! ¡Epéneto!... ¡María, Julia!... ¡Alejandro y Rufo, los dichosos hijos de Simón de Cirene que ayudó al Señor a llevar la cruz!...

    Iban saliendo los nombres y presentaciones de tantos como Pablo había mencionado en su carta a los Romanos.

    ¡Y ahora estaban todos aquí!

    Con los ojos arrasados en lágrimas, y con los brazos extendidos al cielo en acción de gracias, como nos dice Lucas, exclamando jubilosos:

    - ¡Cómo te esperan todos en Roma, Pablo!...

    El centurión Julio observaba todo, y se preguntaba:
    -¿Pero, ¿quién es este Pablo?...

    Había que seguir adelante. Un día más…, los montes Albanos…, ¡y Roma a la vista!

    Ya en la Capital del Imperio, el centurión Julio se dirige directamente, como primerísima obligación suya, hacia Castro Pretorio donde tiene su sede la Policía Imperial, y entrega los presos al prefecto del campamento.

    Pero a Pablo lo lleva directamente al Jefe supremo, Afranio Burro, hombre honrado, íntegro, que junto con el filósofo Séneca habían sido los instructores del Emperador Nerón, aunque tanto Séneca como Burro serían matados después por Nerón, loco y desagradecido.

    El “elogium” - o documento del Procurador Festo que debía entregar el centurión , había desparecido en el naufragio con todo lo demás del barco. Pero el centurión tenía a su favor el ser un militar conspicuo de la “cohorte augusta”, y se aceptó sin más su testimonio sobre el naufragio y la condición y la conducta ejemplarísima de Pablo.

    Por eso Burro determinó sin más:
    -¡Custodia libre!…

    Esto resultaba formidable para Pablo. Nada de cárcel. Hasta celebrarse el juicio, el detenido podía alquilar casa propia, en la que recibía a quien quisiera llegar.

    La “custodia libre” exigía únicamente que el preso debía tener consigo un soldado responsable de su seguridad, el cual lo tenía siempre a la vista. La cadena colgaba de la pared. Pero si el preso salía de casa, llevaba sujeta la cadena por una punta al brazo derecho, y la otra atada a la muñeca izquierda del soldado guardián.

    Pablo y los hermanos se apresuraron a alquilar una casa, probablemente no lejos del Pretorio, lo cual traía una gran ventaja para su custodia y por la misma libertad del detenido.

    O tal vez la escogieron en la parte izquierda del río Tíber que atraviesa la ciudad, en la calle llamada hoy San Pablo a la Régola, cerca de la actual Sinagoga judía.

    Pedro, si es que estaba en Roma por estos días, se hallaba casi seguro en la otra parte del Tíber, dentro de un barrio pobre lleno de judíos, por la ladera y a las plantas del Janículum.

    Pablo, una vez instalado en su casa, no perdió para nada el tiempo. A los tres días ya tenía en ella a los principales de los judíos, a los que había convocado. Este encuentro primero se desarrolló con gran cortesía. Pablo comenzó con delicadeza:

    Hermanos, yo no hice nada contra nuestro pueblo o las costumbres de nuestros padres; pero los de Jerusalén me entregaron a los romanos, los cuales, al examinarme, me declararon libre al no hallar en mí ningún delito. Pero al oponerse los judíos, me vi obligado a apelar al Emperador, aunque no quiero acusar para nada a nuestra nación. Por esto les he llamado a ustedes, para verlos y hablarles. Sólo por la esperanza de Israel me encuentro encadenado.

    A semejante finura de lenguaje, los judíos respondieron en igual tono:

    - Nosotros no hemos recibido de Judea cartas ni ningún hermano nos ha traído noticias contra ti. Con todo, nos gustaría escuchar lo que piensas, porque estamos informados de que por todas partes se habla de esa secta.

    Muy cortés y muy diplomático este modo de hablar. Con la cortesía de este primer encuentro, se pudieron poner de acuerdo y señalaron fecha para la próxima e importante visita, que se va a celebrar dentro de pocos días.

    Nosotros también vamos a asistir a ella. El amor que tenemos a Pablo y el interés que nos inspira el pueblo elegido nos hacen esperar impacientes. Lucas, como siempre, el cronista fiel, nos va a poner al tanto de todo.

    Acabada esa visita, ya no saldremos de Roma sino esporádicamente para acompañar a Pablo en algún viaje rápido. En adelante, sólo en Roma quedarán fijos nuestra mente y nuestro corazón de cristianos.
     
  5. rosasylirios

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    LO EXTRAORDINARIO DE LO ORDINARIO

    Las Palabras del Angel: Lo Extraordinario de lo Ordinario

    157.1. Los hombres buscan las señales del amor en las cosas grandes, y especialmente en los grandes cambios. Aquel paralítico, por ejemplo, que desde su nacimiento había estado impedido de caminar (Hch 3,2-10), al sentir robustecidas sus piernas saltaba y alababa a Dios. La inesperada y felicísima transformación de su estado le hizo descubrir que el Señor sí lo amaba y sí tenía para él dádivas preciosas. De algún modo todos esperan cosas así, y Dios las concede, porque en su victoria sobre el mal y sus consecuencias, brilla su poder y resplandece su misericordia. No es malo, pues, suplicar estas manifestaciones de los dones de Dios, aunque sí puede ser dañino esperarlas como si fuera obligación de Dios darlas o repetirlas.

    157.2. ¿Significa esto que, una vez recibida la obra primera de la gracia ya no hay nada grande que contemplar, aparte del transcurrir del tiempo en la espera del Cielo? De ningún modo. Hay que descubrir en lo pequeño lo grande, y en lo ordinario lo extraordinario. Hoy quiero hablarte un poco de cómo y por qué.

    157.3. Para recibir mejor esta enseñanza, piensa primero en el delicado equilibrio que manifiesta la naturaleza. La ciencia te enseña con cuánta precisión se han ajustado las magnitudes propias de los cuerpos y las partículas de modo que la vida haya podido tener su jardín en el planeta que habitas junto con tus hermanos. Una vez que todo está ajustado y en su medida parece que simplemente está ahí, y que está bien así como está. Mas para aquel que sabe de Física, Biología y Astronomía, es simplemente sorprendente que todo haya alcanzado una calibración tan exacta y fructífera para la vida y la conciencia. No es raro, como sabes, que los investigadores de estos campos del conocimiento lleguen al asombro e incluso al presentimiento del paso del Creador.

    157.4. Algo así, y aún más profundo pasa en la vida espiritual. Mira, por ejemplo, a la Santa y Bella Virgen María. Mírala, no en el momento sublime de la Anunciación, ni en la hora jubilosa de la visita a Isabel, ni en la noche terrible de la Cruz, ni bañada en los esplendores de Pentecostés; mírala simplemente en un día cualquiera, por ejemplo, cuando sale de su casa a recoger un poco de agua de la fuente del pueblo de Nazareth. Se encuentra con una vecina, a la que saluda, y camina con su amiga cruzando unas palabras. Se fatiga con el cántaro y suda bajo el sol de aquel verano que ya se prolonga más de lo acostumbrado. Lleva su mente ocupada en mil cosas de casa y tiene que apresurar el paso para que no se retrase el frugal almuerzo.

    157.5. La escena, así contemplada, tan real como te la estoy contando, no parece tener nada de extraño ni de extraordinario. Y sin embargo, Ella es la Reina de los Ángeles, y la creatura más odiada por el infierno en pleno. Así como la Tierra avanza silenciosa por los espacios siderales a la distancia precisa para no abrasarse ni congelarse, así también esta Bendita Señora es el lugar en que la gracia esculpe su preciosa joya, como arrebatándola de continuo de las garras del abismo. Todo es natural y tranquilo, y sin embargo todo es extraordinario y estupendo.

    157.6. Un ejemplo semejante puede construirse si piensas en el Papa. Detrás de la serenidad de su presencia hay un terrible campo de batalla, que no se ve, porque precisamente la perfección de la victoria divina hace que aparezca siempre la majestad del Vencedor, que es Jesucristo, pero ello no significa que no haya combate, fiero combate.

    157.7. La verdad es que toda alma en genuino camino hacia Dios es lugar de contemplación de las cosas más extraordinarias, que no se descubren a primera vista porque Dios ha querido que estén cerradas a los ojos que no tienen la humildad conveniente, el tiempo saludable y el amor suficiente. ¡Y vieras cómo sonríen los coros de los Ángeles ante esos triunfos de la gracia, tan grandes en su dimensión como en su discreción! ¿No es hermoso, amado de Dios, no es hermoso?

    157.8. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
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    PROCESADO Y ABSUELTO

    Procesado y absuelto. Apóstol entre las cadenas

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    - ¡Pablo, nosotros no sabemos nada de eso que dices!...

    Esto es lo que dijeron los principales de los judíos en la entrevista de saludo a Pablo llegado a Roma (Hch 28, 23-30)Naturalmente, que nadie les podría creer. Pero, delicados y corteses, no iban a empezar peleando, aunque tampoco tuvieran ganas de ello. Asistamos también nosotros a esta primera reunión.

    Es lo más probable que los judíos ya estuvieran enterados, por cartas llegadas desde Jerusalén, de quién era Pablo, aunque los de Roma no tuvieran nada personal contra él. Era mucho más difícil de creer eso de que no tuvieran noticia de Jesús, y no sólo alguna que otra noticia vaga, sino bien concreta.

    ¿Por qué? El emperador Claudio había expulsado de Roma a los judíos y hubieron de marchar bastantes, cristianos y no cristianaos, por las peleas tan graves que se suscitaron por causa de “Cresto”, como lo llama un historiador pagano, es decir, por Jesús, proclamado por los nuevos convertidos como el “Cristo” que esperaba Israel.

    En el día convenido por Pablo y los dirigentes judíos, nos dice Lucas, acudieron muchos a la cita en el alojamiento de Pablo, y no por simple curiosidad, sino por verdadero interés.

    - A ver, Pablo, ¿qué nos dices de Jesús?... Si es el Cristo esperado, ¿cuál es la suerte nuestra?... Tú escribiste a los tuyos de Roma una carta -pues sabemos algo de ella-, en la que expresas tu opinión sobre nuestro pueblo. ¿Podríamos hablar claramente sobre todo esto?...

    - Para esto los he llamado. La esperanza de Israel está colmada en Jesús. Miren la Ley de Moisés y a todos los profetas. Yo no tengo que inventarme nada.

    Los judíos, que se sabían la Biblia de memoria, comprobaban todo con las Escrituras y, ahora venía la discusión entre ellos:

    Unos:
    -Pablo tiene razón. La cosa está bien clara.

    Y otros:
    -Pero, ¿cómo un maldito que pende del madero puede ser el Mesías? Esto está en contradicción con la Escritura. Jesús no puede ser el Cristo.

    Pablo insiste:
    - ¿Cómo es entonces que Dios resucitó a Jesús? La resurrección indicaba que Dios aceptaba el sacrificio de la cruz. Y eso de que el Crucificado resucitó está atestiguado por muchos testigos, los Doce, además de muchos a los que se les apareció juntos, pues eran más de quinientos, muchos de los cuales viven todavía.

    Algunos judíos más consienten:
    -¡Claro! Ateniéndonos a la Ley, el testimonio de dos o más es válido…

    Pablo se reafirma:
    -¿Y vale algo mi testimonio? A mí se me apareció el Señor ante las puertas de Damasco -¡a mí, su perseguidor!-, el que encarcelaba a sus discípulos para que los llevaran a la muerte, en la que yo consentía como consentí en la de Esteban mientras lo mataban a pedradas...

    Algunos judíos creyeron:
    -Pablo merece crédito, y las Escrituras dan la razón a todo lo que dice.

    Otros, se obstinaron en su negativa:
    -¡No! No podemos aceptar a Jesús como el Cristo. ¡Un crucificado! ¡Un maldito colgado en el madero!... Este Pablo además… Este Pablo que no quiere ni la circuncisión ni la Ley de Moisés…

    Así todo el día, nos dice Lucas, “desde la mañana hasta el atardecer”.

    ¡Dichosos y benditos los que creyeron!... ¿Y los otros? Hubieron de oír a Pablo:
    - Sepan entonces que esta salvación de Dios, destinada primero a ustedes, que la rechazan, va a ser desde ahora anunciada a los paganos y ellos la escucharán.

    Aquí acaba Lucas su libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito lo más probable en los años 63 ó 64. ¡Lástima que no siga un poco más! Porque se contenta con esta nota final, bellísima, es cierto:

    “Pablo vivió dos años enteros por sus propios medios. Recibía a todos los que acudían a él, proclamando el Reino de Dios, y enseñaba con toda libertad y sin estorbo lo concerniente al Señor Jesucristo”.

    Lo que sabemos de estos dos años es por las cartas de Pablo escritas en la prisión.

    Pablo seguía detenido. Pero, ¿resultaba perdido este tiempo? ¡Oh, no! Pocas veces había trabajado Pablo con más eficacia que durante el tiempo de su prisión en Roma.

    Lucas nos ha dicho que “enseñaba con toda libertad y sin estorbo”.

    No trabajaba como tejedor de lonas para ganarse la vida, pero le proveyeron los hermanos de Roma y de las Iglesias de Macedonia y de Asia, que le enviaban recursos, cosa que hicieron los de Filipos de manera especial.

    Eran ininterrumpidas las visitas que recibía en su casa. Escribió cartas preciosas, hondas de doctrina y de ardiente amor a Jesucristo, que siguen hoy nutriendo nuestra fe y nuestra piedad cristiana.

    El nombre de Jesús era cada vez más conocido entre soldados y jefes del Pretorio. El mismo palacio imperial en el Palatino contaba con cristianos fervientes.

    La fe de la Iglesia romana se afianzó mucho con la presencia de Pablo. Crecían las comunidades de Roma, con algunos judíos convertidos, pero sobre todo con paganos que abrazaban con ilusión grande la fe del Señor Jesús.

    ¿Cuándo le llegó a Pablo la libertad?

    Para el proceso, aunque no viniera de Cesarea copia auténtica del “dictamen”, en este caso fue suficiente el testimonio del centurión Julio. Además, se requería que los acusadores judíos de Jerusalén se presentaran en Roma, para lo que tenían un plazo de año y medio, según un decreto emitido por el Emperador Nerón. Pasado ese tiempo, el juicio se anulaba.

    Pero los acusadores, por lo visto, no se presentaron, pues sabían de antemano que no había nada que hacer. ¿Qué les importaban en Roma las cuestiones sobre Moisés y el Templo, si no había crimen alguno contra Roma ni contra el Emperador, como atestiguaba el Procurador de Cesarea?...

    Por lo mismo, terminado, o anulado el proceso ante el tribunal del Emperador, Pablo fue declarado “no culpable” y “absuelto”. Era a principios del año 63. ¡Por fin, libre del todo!

    Preso, ha escrito varias cartas magníficas.

    Ahora, a realizar los planes exteriorizados en sus cartas e insinuados por Lucas en los Hechos. Durante cuatro años más vamos a seguir -aunque metidos en densa niebla-, la vida Pablo, que se consumará con un glorioso martirio.
     
  7. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    LA CRUZ EN EL MINISTERIO DEL EVANGELIZADOR

    Las Palabras del Angel: La Cruz en el Ministerio del Evangelizador

    158.1. Yo no he esperado a que tú seas bueno para hablarte. Te he ido hablando, y con mis palabras y plegarias tu vida ha sido bendecida; has mejorado. No lo que yo quisiera, no lo que yo esperaría, pero sí has mejorado, y sería mentir decir lo contrario. Te digo esto, no porque pretenda echarte nada en cara —para eso está tu conciencia—, sino porque quiero que tomes como referencia lo que yo he hecho contigo. Te repito: no esperé a que fueras bueno para hablarte; hablándote te llamé a la bondad.

    158.2. Descubre a partir de ahí lo absurdo de la posición de tantos evangelizadores que se desaniman, entristecen o disgustan como ven que las cosas no están como ellos quisieran. Es que si las cosas estuvieran como ellos las quieren, ¡ellos mismos no serían necesarios! Hay que evangelizar precisamente porque las cosas no nos gustan, no nos alegran, no nos convencen. Por lo tanto, ¿qué es lo que debe esperar un evangelizador? Contradicciones, desilusiones, malas noticias. Evangelizar es esparcir la Buena Noticia entre las malas noticias.

    158.3. Ahora bien, una noticia será "buena" si tiene el vigor necesario para vencer a las noticias "malas." Si tu "Buena Nueva" no puede vencer a las "malas nuevas," no es el Evangelio. El Evangelio no empieza en la supresión de las malas noticias, sino en la victoria sobre ellas.

    158.4. Tú dirás: ¿y qué noticia puede seguir siendo buena, aunque sele junten mil noticias pésimas? ¡Hombre de Dios, sólo una noticia que se vuelva más buena a medida que se le juntan las malas! ¡Esta es la victoria de la Cruz! Por eso yo te repito de mil modos la noticia de la Cruz, hasta cansarte. La novedad de Cristo no empieza propiamente en los discursos, ni en los milagros, ni en los exorcismos. Lo más nuevo del misterio de Cristo es el misterio de la Cruz. Sólo a la Cruz ha sido concedido volverse más grande cuanto más escarnecida y burlada es. De esto te he hablado ya en otra oportunidad.

    158.5. Pero hoy quiero centrarme particularmente en lo que significa ese misterio en tu vida como evangelizador. Tres cosas nacen de aquí. Dame tu atención, que te interesa.

    158.6. Antes de llegar a un lugar de evangelización, haz oración. Esta recomendación no es nueva para ti. Lo nuevo es esto: pide a Dios que revele la victoria de la Cruz en ese lugar o en ese grupo de personas. ¿Cómo hace Dios esto? De tres modos: primero, y más bello, convirtiendo a algunos de los más feroces opositores o detractores. Mira simplemente a Pablo (Hch 9), y descubre la potencia de este primer modo de gloria de la Cruz.

    158.7. Segundo, Dios transforma circunstancias adversas en ocasiones favorables. Más de una vez pasa que la oposición de un funcionario, o la falla de una cuestión técnica, o la enfermedad de alguien se convierte en una señal que conduce tus palabras hacia otro lugar, otras personas u otros temas. Y suele suceder que son esas nuevas circunstancias las que le van a dar mayor gloria a Dios, de un modo que no podía ser ni siquiera soñado en el plan original.

    158.8. A esto aludía Nuestro Señor Jesucristo cuando dijo: «Y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles» (Mt 10,18). Cualquiera se acobarda, se enreda en sus propios sentimientos y expectativas, o se pone a renegar de Dios: "¿Cómo así que estoy sirviendo a Dios y las cosas me salen mal?" Cristo quiere que nadie caiga en esta trampa. Si estás donde estás, es allí donde Dios te necesita. Tú hiciste lo que tenías que hacer; Dios hace lo que sabe hacer.

    158.9. En tercer lugar, la victoria de la Cruz se da también como purificación y acrisolamiento del predicador. El hecho de que Dios te regale algunas palabras bonitas o brillantes no indica que ya estás completo y perfecto. Recuerda asimismo que el hecho de que Dios trabaje contigo no implica que deje de trabajar en ti. Así habla un experto evangelizador cuando las envidias e intrigas parecen abrumarlo, escucha: «Pues yo sé que esto servirá para mi salvación gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo» (Flp 1,19).

    158.10. Armado de estas consideraciones sigue tu camino, y sea Dios glorificado en ti, "por tu vida o por tu muerte" (cf. Flp 1,20). Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  8. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    LA CARTA A LOS FILIPENSES

    La carta a los Filipenses. Corazón de punta a punta

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Caretiano




    Nos resulta imposible olvidarnos de la Iglesia de Filipos, la primera de Europa que acogió el Evangelio, la más entrañada en el corazón de Pablo, al cual le gritó de noche aquel desconocido: ¡Pasa a Macedonia, y ven a ayudarnos!...

    Recordamos muy bien cómo fue su fundación.

    ¡Qué acogida la que tuvieron los misioneros a la vera del río!
    ¡Qué escena la de Pablo y Silas metidos en la cárcel!
    ¡Qué recuerdo tan agradecido el de aquellos cristianos!
    ¡Qué simpática tozudez la de Lidia, la negociante de telas de púrpura: Se han de hospedar en mi casa quieran que no quieran!... Esa Lidia que por lo visto era el alma de todos estos socorros a Pablo.
    En fin, una Iglesia modelo y llena de encantos.

    Y ahora, ¡qué carta la que Pablo dirige a los buenos filipenses!

    Nos gustaría saber con exactitud cuándo la escribió Pablo. Ciertamente, cuando se hallaba preso, y lo más probable que fue durante la cautividad de Roma, a donde los queridos filipenses, enterados del paradero de Pablo, le envían socorros:

    ¡No pases tantos apuros!
    ¡No trabajes en Roma con tus tejidos de lonas!
    ¡En las manos de Epafrodito, mira los corazones de todos nosotros!
    ¡Toma esto para que pagues el alquiler de la casa!
    ¡Dedícate a evangelizar sin estorbos!...

    Pablo se conmueve, y hace estampar con plumas de oca en los papiros la carta más afectuosa que tenemos del Apóstol. Pero no lo hizo de momento. Los filipenses habían enviado su ayuda a Pablo apenas supieron que estaba preso en Roma, y lo hicieron por medio de Epafrodito, el cual cayó enfermo de gravedad al llegar y estuvo a punto de morir.

    Pablo cuidó de él con enorme cariño, y, restablecido en su salud, lo devolvió a Filipos con esta carta en la mano. Era hacia el final de la prisión romana, quizá poco antes, como pudo ser algo después de que Pablo escribiera a los de Éfeso y Colosas.

    Con la ayuda generosa de los de Filipos y con lo que le van trayendo los fieles de Roma, Pablo puede dedicarse a evangelizar como no lo ha hecho nunca y con éxito redondo:

    “Pues el arresto y la prisión han contribuido mucho a la difusión del Evangelio, de tal manera que se ha hecho público entre todo el personal del Pretorio del César, y entre todos los demás, que me hallo en cadenas por Cristo”

    ¿Y se han acobardado los compañeros porque Pablo esté preso en su propia casa? ¡No, todo lo contrario! Pues sigue escribiendo gozoso:

    “Y la mayor parte de los hermanos, alentados en el Señor por mis cadenas, predican con más valentía la palabra” (1,12-14)

    Esta carta acabará dando ánimos como ninguna otra:

    “Estén alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres” (4,4)Pablo es el primero en estar contento por demás.

    ¿A qué se debe su alegría?... A que la Iglesia de Filipos se mantenía muy bien en su fidelidad al Señor. La carta lo demuestra desde el principio hasta el fin.

    Por lo visto, habían llegado también a Filipos los judaizantes de siempre, emperrados en que todos los bautizados venidos del paganismo recibieran también la circuncisión. Como los de Filipos no les hicieron caso, a Pablo esta vez no le preocuparon nada, y se contenta con decirles:

    “Los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne” (3,2-3)

    Las noticias contra la caridad y la unión estrecha entre toda la comunidad eran para Pablo muy importantes. Y ante algo que le ha comunicado Epafrodito, reacciona con cariño y con firmeza:

    ¿Qué ocurre por ahí? Evodia y Síntique, mis queridas hermanas, ¿qué es eso de que discuten mucho y que no se entienden?... No debe ser así entre dos cristianas. ¡Por favor, tengan las dos un mismo sentir en el Señor! (4,2)

    Pablo acababa de escribir para todos:

    “Si algo puede una exhortación en nombre de Cristo, si algo vale el consuelo afectuoso, o la comunión en el Espíritu, o la ternura del cariño, les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un mismo sentir”.

    Repite palabras y expresiones que significan todas igual: ¡amor! ¡cariño! ¡unión!”… Hasta que aterriza en la palabra que Pablo quiere:

    ¡Tengan todos los mismos sentimientos que Cristo Jesús! (2,1-5)

    Y esto lleva a Pablo a entonar un himno cristológico sin igual. ¿Le salió espontáneamente ahora? ¿Lo cantaban ya las comunidades? Nos es igual. Pablo nos lo dicta como totalmente suyo, ¡y hay que ver cómo lo seguimos repitiendo nosotros!

    “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
    “Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, ¡y una muerte de cruz!
    “Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”
    (2,6-11)

    ¿Qué decimos?... Lo mejor: callar, meditar, orar, amar, entusiasmarse ante el Jesús que Dios nos dio y que llevamos en nuestro corazón…

    Esta carta no es doctrinal. Pero un himno como éste la convierte en la lección más grande, profunda y enardecedora sobre la Persona adorable de Jesús:

    # Sí, Jesucristo es Dios;
    # Sí, Jesucristo es hombre;
    # Sí, Jesucristo es Señor, el Rey de la gloria, al que están sujetos los ángeles del Cielo, los hombres de la tierra, los demonios del infierno.

    Ante este Jesús, no es extraño que Pablo diga a los de Filipos:

    Mi vivir es Cristo, y el morir me resultaría una enorme ganancia, pues me llevaría a estar con Cristo para siempre (1,21-23)

    ¿Lo que yo era en el judaísmo?:

    Aquello que era para mí una ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Más aún: juzgo todas las cosas, y las tengo por pura basura a fin de ganar a Cristo y ser hallado en él (3,7-9)

    ¿Para qué seguir? Cuando queremos pasar ratos deliciosos con Pablo, leemos esta carta de punta a punta, y no nos equivocamos. Porque nos dice y nos hace sentir que “somos ciudadanos del cielo”, ya que en la billetera o en el bolso llevamos la cédula o el carnet de la Patria celestial…
     
  9. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    ¿NUESTRA MÍSTICA?. ¡JESUCRISTO!

    ¿Nuestra mística? ¡Jesucristo! Invariable en Pablo

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano.



    El Papa Pío XII cayó gravemente enfermo el año 1954. Todo el mundo estaba pendiente de la última noticia. Contra todo pronóstico, curó y se supo la causa. ¿Un milagro?... Probablemente. A un Cardenal, y algún otro de los que le asistían, les dijo confidencialmente el enfermo casi moribundo: “¡He visto al Señor!”. Se coló la noticia por algún imprudente, pero todo el mundo quedó edificadísimo, aunque nada extrañado, porque Pío XII era un gigante de la santidad. El caso es que, visto el Señor en aparición personal, el Papa pudo seguir cuatro años más asombrando al mundo con su saber y su virtud excepcional.

    ¿A qué viene el comenzar hoy con este recuerdo? ¿Puede darnos envidia, aunque sea envidia santa, un hecho semejante? ¿Nos gustaría ver al Señor?... No nos hace ninguna falta. Además, aunque se vea al Señor que se aparece, no es capaz de verlo y distinguirlo sino quien ya lo lleva dentro por la fe y el amor.

    Para lo que hoy queremos decir, arrancamos de las palabras de Pablo cuando nos dice:

    “Mi vivir es Cristo”.

    O de estas otras:

    “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.

    Y si nos parece poco, acudimos a otras igual de bellas y profundas:

    “Cristo habita por la fe en sus corazones”. “Cristo está en ustedes”. “Porque están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios, pues Cristo es su vida” (Flp 1,21. Gal 2,20. Ef 3,17. Ro 8,10. Col 3,3-4)

    ¡Vaya lujo de expresiones, a cual más sublime, con que Pablo nos habla de la mística cristiana!... Todas ellas se reducen a una misma y única verdad:

    -¡Cristo es mi vida! ¡Yo vivo sólo y exclusivamente por Cristo! ¡Cristo y yo no somos más que UNO! ¡Y no me busquen a mí, porque no me encontrarán, pues en mi lugar darán con Cristo y con nadie más!...

    Nadie diga que esto son exageraciones. Al revés: son maneras pobres de hablar ante la realidad de lo que nos quiere decir Pablo, pues él mismo es incapaz de expresarse como querría hacerlo.

    Empecemos por lo de los Filipenses: “Mi vivir es Cristo”. Si lo analizamos, habremos de traducirlo así:

    - Mi pensar, mi sentir, mi querer, mi trabajar, mi respirar, mi comer, mi dormir, mi descansar, mi actuar desde la mañana hasta la noche, es Cristo y sólo Cristo, porque no tengo más que una vida, que es la de Cristo Jesús.

    Y sigue diciendo Pablo:

    -El morir va a ser para mí la enorme ganancia, pues al no tener otra vida que la de Cristo, con Cristo y metido en Él voy a estar siempre en su misma dicha y gloria…

    No menos atrevida es la expresión a los Gálatas:

    “Vivo yo; pero ya no soy yo quien vive, pues es Cristo quien vive en mí”.

    Pablo se refería al Pablo judío y fariseo, esclavo de la Ley de Moisés y ufano de la trasnochada circuncisión. Todo aquello quedó atrás después de su bautismo. Ahora, ya no vivía en Pablo más que Cristo. El Pablo anterior al bautismo había desaparecido para siempre.

    Sólo que Pablo no se queda en esta realidad. Avanza mucho más, y, con el “yo” que emplea ahora, mira al “yo” de todo cristiano, al “yo” universal de todo bautizado. Por eso añade:

    “Esta vida de ahora la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí”.

    Al decir Pablo “esta vida de ahora”, se refiere a la vida natural, la física sobre la tierra, la de este tiempo, la de cada día. Y con ello nos traza un programa de grandeza sin igual:

    - Fe, fe inmensa en Jesucristo. Fe que lleva a hacer todo por Jesucristo y con Jesucristo.

    Con el bautismo, el cristiano se ha entregado del todo a Cristo, a quien cree y confiesa como Hijo verdadero de Dios. Y su fe no es una fe muerta. Es una fe tan generosa que quiere corresponder a la donación que Cristo hizo por él.

    El cristiano se dice, con la pregunta comprometedora de Ignacio de Loyola:

    -¿Así me amó Cristo, hasta entregarse a la muerte de cruz por mí?... Entonces, ¿qué he hecho yo por Cristo? ¿qué hago yo por Cristo? ¿qué he de hacer yo por Cristo?...

    La generosidad para con Cristo va a ser una característica del cristiano, que se dice asombrado delante de Cristo clavado en la cruz:

    -¡Todo esto por mí, todo esto por mí!...

    Un paso más, y analizamos lo de Efesios:

    “Cristo habita por la fe en sus corazones, para que arraigados en el amor, puedan comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”.

    Aquí nos perdemos. A ese Cristo no lo vemos allá arriba en las alturas, sino que lo llevamos dentro, invadiendo lo más profundo de nuestro ser, hecho una cosa con el bautizado.

    Para alcanzar este conocimiento de Cristo no bastan ni valen estudios académicos.

    Es el Espíritu Santo solo quien da a conocer el misterio insondable que se encierra en el alma del bautizado.

    Aquella niñita de Primera Comunión, con la mano en su pechito, lo expresaba mejor que un doctor de universidad:

    -A Jesús lo tengo aquí, ¡y lo quiero tanto, tanto, tanto!…

    En Cristo Jesús se da un amor inimaginable a Dios su Padre en el Espíritu Santo, y un amor inimaginable también a todos los hombres sus hermanos.

    El amor inmenso de Cristo abarca límites imposibles de medir, dice Pablo a los efesios.

    ¿Más alto que el amor del Cristo? Nada.
    ¿Más profundo que el amor de Cristo? Nada.
    ¿Más ancho que el amor de Cristo? Nada.
    ¿Más largo que el amor de Cristo? Nada…

    Quien llega a conocer este amor de Cristo y a corresponder a tanto amor ha llegado a la perfección más grande a que puede aspirar un cristiano.
    Teresa de Lisieux -Teresa del Niño Jesús- lo expresaba con el rostro encendido:

    -Quiero amar a Jesús con locura, como no lo ha amado nunca nadie...

    Hoy se habla mucho de la “mística”. Todas las ideologías del mundo se basan en una mística más o menos valedera.

    Entendemos por mística una ideología, una ilusión, algo que arrastra impetuosamente a arrostrarlo todo, hasta lo más arriesgado, hasta la vida, a fin de alcanzar un ideal.

    Pero, por clases de mística que se den en el mundo, no ha habido mística comparable con la que suscita Jesucristo, por el que tantos hombres y tantas mujeres se han abrazado con toda clase de heroísmos.
    ¿Qué tiene de especial Jesucristo?... Todos los sabemos muy bien.
     
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    EL AMOR FRATERNO

    El amor fraterno. Insistencia continua

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Caretiano.


    La carta de Pablo a los Filipenses -encantadora de principio a fin-, tiene un párrafo sobre el amor como encontraremos pocos en toda la Biblia del Nuevo Testamento.

    Pablo está preso en Roma. Y a pesar de sus cadenas, puede escribir como en años atrás a los de Corinto: “Sobreabundo de gozo en medio de todas mis tribulaciones” (2Co 7,4) Lo demuestra palpablemente esta carta a los de Filipos.

    Sin embargo, algo le falta a Pablo para que su alegría sea total, y es el estar seguro de que sus queridos filipenses se aman ardientemente unos a otros. Y así, les escribe:

    “Si me pueden dar algún consuelo en Cristo, si algún refrigerio de amor, si alguna comunicación del Espíritu, si alguna ternura y misericordia, colmen mi alegría” (Flp 2,1)

    Leída esta introducción, pudieron prensar los lectores de la carta cuando la recibieron:

    - ¿A dónde irá Pablo con estas palabras? ¿Qué nos querrá pedir? Acabamos de enviarle dinero para que se alivie. ¿Qué más necesitará, y que no se atreve a decirlo?

    Se les aclara el misterio cuando siguen leyendo:

    “Quieren de veras colmar mi alegría? Pues, cólmenla teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo, y buscando todos lo mismo. No busquen el propio interés, sino el de los demás” (2,2-4)

    Los filipenses pudieron exclamar:

    - ¡Al fin se descuelga Pablo, y vemos adónde va! A lo de siempre, a que nos amemos los unos a los otros. Por algo nos ha dicho unas líneas antes:

    “Le pido a Dios en mis oraciones que ese amor que ya se tienen crezca cada vez más en conocimiento y en toda experiencia”, siendo cada vez más efectivo (1,9)

    Los lectores habían escuchado al principio cómo Pablo les amaba a ellos entrañablemente, pues les decía:

    “Testigo me es Dios de cuánto los quiero a todos ustedes, con afecto entrañable en Cristo Jesús” (1,8)

    Sin embargo, a Pablo le faltaba decir algo más:

    - No me tomen a mí como el mejor modelo, pues hay alguien que me gana con mucho. ¿Quieren amarse entre ustedes tan entrañablemente como los amo yo? Piensen en el Señor Jesús. Y para eso les digo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos que Cristo” (2,5)

    Era la última palabra que Pablo podía decir sobre el amor. Amar con el mismo amor de Cristo, y con los mismos sentimientos con que Cristo ama a todos, es fundamentar el amor en un terreno inamovible.

    Aunque Pablo tampoco se inventaba nada nuevo, pues mucho antes que él lo había dicho el mismo Jesús en aquella sobremesa inolvidable:
    “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12) En el amor y los sentimientos de Cristo está la norma suprema del amor cristiano.

    Cuando escribió Pablo todo esto a los de Filipos, hacía varios años ya que había escrito aquel himno insuperable a la caridad del capítulo trece en la primera a los de Corinto. Esto nos hace ver que el amor entre los hermanos es no sólo importante en el cristianismo, sino que toca la misma esencia de nuestra fe.

    Quien ama, es cristiano.
    Quien no ama, de cristiano verdadero no tiene nada.

    A lo largo de todas sus cartas -de todas sin excepción-, Pablo va sembrando semillas que hacen germinar el amor en todas las Iglesias. Unas veces se mete en doctrina profunda, como la del Cuerpo Místico de Cristo.

    Otras veces baja a detalles concretos de la vida, al parecer mínimos, pero que hacen de la caridad algo vivo -“existencial”, que decimos hoy-, de modo que nadie pueda llevarse a ilusiones tontas. Al considerar esos detalles, uno se llega a decir lo del refrán: “Realmente, que obras son amores, y no buenas razones”.

    Entre los principios doctrinales del amor fraterno señalados por Pablo, cabe citar como primero la paternidad de Dios.
    -¿Es Dios nuestro Padre? ¿Es Padre de todos?

    Indudable, pues escribe Pablo:

    “No tenemos más que un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos” (Ef 4,6)

    Con Padre semejante, es inconcebible que sus hijos, hermanos todos, no se tengan amor, pues destrozarían el corazón del Padre y sería imposible formar la familia de Dios. Luego todos nos tenemos que amar.

    Jesucristo, por otra parte, ha formado con todos los bautizados su Cuerpo Místico. Cristo es la Cabeza, y todos los cristianos sus miembros, hasta poder escribir Pablo:

    “Todos los bautizados en Cristo, ustedes, ya no son sino uno en Cristo Jesús”, “pues todos somos miembros los unos de los otros” (Gal 3,27-28. Ef 4,25)

    Siendo el Espíritu Santo el alma del Cuerpo Místico, al amarnos colaboramos con el Espíritu a la formación de todo el Cuerpo; si dejáramos de amarnos, destruiríamos la obra del Espíritu.

    En lógica rigurosa, mirando a Padre, a Jesucristo, y al Espíritu Santo, quien no ama a un hermano deja de amar a Cristo, y deja de amarse a sí mismo.

    Sin amor fraterno, por riguroso que parezca, no puede haber ni salvación.
    Por el contrario, quien ama está y estará siempre en el seno y en el corazón de Dios.

    Pablo no se cansa de cantar bellezas incomparables del amor:

    “¡Dios mismo les ha enseñado a amarse mutuamente!”, dice a los de Tesalónica (1ª,4,9)

    “¡Caminen siempre en el amor, igual que Cristo nos ha amado a todos!”, encarga a los de Éfeso (5,2)

    “¡Vivan el amor, que es fruto del Espíritu!” (Gal 5, 22)

    “¡Ámense hondamente los unos a los otros!”, les insiste a los de Roma. “Con ello habrán cumplido toda la ley” (12,10; 13.8)

    Aunque lo mayor del amor nos lo dijo Pablo de aquella manera inolvidable al acabar el sin igual capítulo trece de los Corintios:

    Todo pasará. Lo único que durará eternamente es el amor. El amor es lo más grande de todo.
     
  11. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    CRISTO EXHAUSTO

    Las Palabras del Angel: Cristo Exhausto

    159.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    159.2. Hay muchas imágenes de Cristo, pero observa que, exceptuando aquellas que aluden directamente a su bienaventurada Pasión, las demás dejan poco espacio para el sufrimiento que fue inseparable compañero del Hijo del Hombre. Hay que rogar a Dios que conceda profunda inspiración a los artistas, porque en sus imágenes no han presentado el cansancio de Cristo en su misión, ni su esfuerzo descomunal después de predicar horas y horas o después de largas sesiones de sanación y liberación. En esto los pintores y los escultores se han quedado cortos.

    159.3. Otro es el lenguaje de la Escritura, que casi se solaza mostrando el cansancio del Hijo de Dios, pues en efecto es verdad que su cansancio trajo vuestro descanso. Así lees, por ejemplo, el estilo sobrio y preciso de Juan: «Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta» (Jn 4,6). ¿Y por qué se durmió, cuando la vez de la tormenta, si no es por ese motivo que discretamente presenta Marcos: «Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba» (Mc 4,36).

    159.4. ¿Cómo suenan en tus oídos mis palabras? ¿Qué opinas de una nueva advocación? Así como decís "Cristo Maestro," "Cristo, Buen Pastor," "Cristo Médico," deberíais erigir un alto santuario, verdadero refugio de pecadores: "Cristo Extenuado." Ese cansancio indescriptible de Cristo, que entregó con generosidad inefable toda su humanidad a la tarea del amor, es la anticipación de la hora de la Cruz, y por eso sirve de saludable preparación para la contemplación de las horas finales del Salvador de los hombres.

    159.5. Pero no hay que esperar a que sea levantado tal santuario. Edifícalo tú primero con tus palabras y prédicas. Di muchas veces al mundo que Dios, que es infinito, se agotó por los caminos inciertos en que se descarriaron sus ovejitas. Habla de modo que la gente vea en su mente cómo brotan copiosas esas gotas de sudor, que ya anticipan las de sangre. Predica enardecido el valor de esa hambre, pues «los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer» (Mc 6,31). Haz que se conmueven y lloren de gratitud diciendo en sus corazones y balbuciendo en sus labios: "Dios me ama; he aquí que ha venido su Hijo único y se ha fatigado labrando mi triste campo. Yo soy su espiga, su flor y su fruto. Yo soy la obra nacida de tantos sudores y de tantos amores."

    159.6. Ahora ve a celebrar el Santo Sacrificio. Ya conoces otra razón por la que no me canso de decirte: Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  12. Benedetto

    Benedetto Nazareno del décimo sexto tramo

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    Re: EL AMOR FRATERNO

    ... y cuantas veces hace falta echarle mano a la paciencia y a la adversidad y echarle bemoles en el amor ... y funciona ... funciona en nuestro corazón ...
     
  13. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    TRIVIALIDADES DE LA VIDA

    Trivialidades de la vida. La virtud cristiana

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misinonero Claretiano



    ¿Podemos engañarnos al leer a San Pablo?...

    A estas horas estamos acostumbrados a contemplar a Pablo como un ser excepcional, casi como un fenómeno extraterrestre, por tantas cosas de su vida legendaria y por unas doctrinas tan elevadas que nos dejan pasmados.

    Si pensáramos así, estaríamos muy equivocados, ciertamente. Pablo, el de las grandes alturas, era un hombre que tenía muy asentados los pies en tierra. Sabía que la vida del cristiano es la normal de todo hombre. Lo único que Pablo quería es que el cristiano fuera extraordinario en lo ordinario de cada día.

    Algunos textos de sus cartas son desconcertantes, precisamente por lo sencillo que enseñan y piden.

    Pablo nos puede preguntar: ¿Cómo quieren conseguir el Reino de Dios? ¡Es tan fácil!

    “Ya sea que coman, que beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31)

    “Porque el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Pues quien sirve así a Cristo se hace agradable a Dios y es aprobado por los hombres” (Ro 14,17-18).

    “Por lo mismo, estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén siempre alegres” (Flp 4,4)

    Cualquiera que lea estas normas de proceder, podría decirse: ¿A eso se reduce todo?... Pues, sí. Esto es la vida cristiana. Y esto era Pablo, aunque parezca lo contrario. Tanto es así, que se atreve a decir repetidamente:

    “Les ruego que sean mis imitadores…, como yo lo soy de Cristo”.

    “Porque ya saben cómo deben imitarnos, pues estando entre ustedes no vivimos desordenadamente”
    (1Co 4,16; 11,1. 2Ts 3,7)

    Pablo es capaz de dar semejantes consejos porque tiene conciencia de proceder igual que hacía el Señor Jesús, el Hombre dechado de toda perfección, “el primer caballero del mundo”, como ha sido atinadamente definido.

    Modernamente, en cualquier sistema de educación, se le da mucha importancia a la formación en las virtudes humanas, como son la educación, la sinceridad, el culto a la verdad, el sentido de justicia, el respeto a los demás. Eso está magnífico. Por eso, si se quiere tener al cristiano convertido en un santo o una santa, lo mejor es empezar por hacer de él todo un caballero o toda una dama. La gracia de Dios trabaja magníficamente sobre los valores humanos.

    Pensando en esto, Pablo tiene un consejo a sus queridos Filipenses que pasa como de lo más fino salido de su pluma, y que se repite tantas veces:

    “Tengan en sumo aprecio todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo lo que signifique virtud o valor".

    “Pongan por obra todo cuanto han aprendido y recibido y oído de mí. De este modo, el Dios de la paz estará con ustedes”
    (Flp 4,8-9)

    San Pablo, que quiere a los cristianos verlos convertidos en los mejores hombres y en las mujeres más bellas y queridas, sigue dando normas tan simples como prácticas.

    “Detesten el mal y apéguense al bien”, “siendo sensatos para todo lo bueno y cautos ante cualquier cosa mala” (Ro 12,9; 16,19)

    Y concretiza su pegunta: ¿Quieren hacer siempre el bien y que nunca les domine el mal? Les doy una norma muy sencilla, cara a Dios y cara a los hombres:

    “Manténganse fervorosos, sirviendo al Señor; perseveren en la oración; compartan sus bienes con los demás; alégrense con los que están alegres, y acompañen en su dolor a los que lloran” (Ro 12,11-15)

    Y en las dificultades, no tengan miedo:

    “Manténganse firmes en la fe, ¡sean hombres!, muéstrense firmes” (1Co 16,13)

    ¿Nos damos cuenta? Todo lo que dicta Pablo son prácticamente virtudes humanas, pero que la gracia y el amor elevan a las alturas de Dios. Como nos ha dicho antes San Pablo, esto era la vida de Jesús, el que ahora se propone como el modelo supremo, y del que Pablo es un gran imitador.

    Jesucristo es el tipo de toda perfección, y Dios Padre, dice Pablo, lo ofrece a la Iglesia como el espejo en quien mirarse, lo mismo cara al cielo que cara a la vida humana en la tierra:

    “Dios predestinó de antemano a todos los que eligió a salir conformes a la imagen de su Hijo” (Ro 8,29)

    Este ideal se ha vivido siempre en la Iglesia con grandes ilusiones y ha producido figuras de santidad excelsas.

    Por ejemplo, un Vicente de Paúl, que antes de realizar cualquier cosa, hasta la más simple, se preguntaba:

    - ¿Qué haría aquí y ahora Cristo, si estuviera en mi lugar?... Naturalmente, Vicente de Paúl salió un retrato maravilloso de Jesucristo.

    Esto es lo que significa esa expresión tan repetida por Pablo: “Revestirse de Cristo”, como cuando escribe a los de Galacia: “Todos cuantos se han bautizado en Cristo se han revestido de Cristo” (Gal 3,27)

    Los primeros cristianos sabían muy bien esto de Pablo y se comparaban con los filósofos griegos o romanos, que solían vestirse de toga apropiada a su profesión.

    Un escritor cristiano de entonces, lo expresaba con palabras que se han hecho clásicas en la Iglesia:

    “Nosotros demostramos nuestra sabiduría cristiana no por la toga ni otro hábito, sino por nuestra fe y doctrina; no peroramos cosas elocuentes, sino que las vivimos” (Minucio Félix)

    Hoy Pablo se nos ha puesto a nuestra altura. Se ha quedado en lo trivial de la vida. Pero nos ha dicho, y lo hemos entendido muy bien, que el cristiano es un hombre como los demás, que hace las cosas de los demás, pero que vive y hace todo de manera diferente que los demás. bPorque todo lo hace igual que Jesucristo, y ahí está lo extraordinario de la vida ordinaria del segador de Jesucristo…
     
  14. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    AMOR A CRISTO

    Las Palabras del Angel: Amor a Cristo

    160.1. ¡Te hubieras visto los ojos cuando te hablé de "Cristo Exhausto"! Mi niño, el misterio de Jesucristo apenas ha sido rozado por la inteligencia humana. ¿O es que tú crees que por el hecho de disponer de unas cuantas enseñanzas del Magisterio y unos cuantos libros de teología ya conocéis a Jesucristo? Eso no es señal de sabiduría sino de pereza y de falta de amor.

    160.2. De modo que vosotros, humanos, no habéis terminado de clasificar los insectos del planeta Tierra, no conocéis el número exacto de partículas del átomo, se os escapan la mayor parte de los secretos de la vida orgánica, ¿y pretendéis tener ya noticia suficiente sobre quién es Jesucristo? ¡Oh dolor de los dolores, oh triste falta de amor! ¡Qué Cielo tan aburrido parece que estuvierais esperando, con un Cristo tan conocido y tan poco interesante!

    160.3. Otra fue la actitud de María, la de Betania (Lc 10,39ss). A los pies del Maestro, sentada, acogida por la palabra de Aquel a quien ella acogía, no se cansaba de oírle, y sólo parecía desear que ese discurso jamás terminase. ¡Qué ansia de Cielo incendiaba el corazón de esa santa mujer en aquella hora! Olvidada de todo, hacía de los ojos de Cristo su Cielo, del Corazón de Cristo su Templo, de las manos de Cristo su mundo entero. ¡Hubieras visto cómo recorría con sus ojos enamorados el suave movimiento de las manos de Jesús! Los oídos de ella navegaban al ritmo de la voz, y sus ojos danzaban suavemente con la cadencia de aquellas manos. A menudo dicen las enamoradas: "¡No me cambiaría por nadie!," pero pocos hubieran podido decirlo mejor que aquella mujer en aquella ocasión.

    160.4. Sí, es verdad: Cristo enamora, y lo mejor de sus palabras sólo se deja oír de quien está enamorado de Él. Bien sabes tú que su perfecta virginidad y su límpida castidad no fueron esclusas para impedir el amor, sino cauces celestes que trajeron a esta tierra el amor propio de la bienaventuranza. ¿Quién podría resistir a ese amor? Fíjate cómo los demonios interrumpieron más de una vez su palabra, porque no podían resistir ese fuego de amor. Brama el demonio ante Cristo, y dice: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» (Mc 1,24). Y por una vez no mentía ni exageraba el demonio: para destrucción y ruina de su imperio de maldad vino Cristo, y suya fue y es la victoria por los siglos.

    160.5. La palabra de Cristo es la caricia de Cristo para el alma. Mucho se insiste en la palabra como contenido mental, como concepto para la inteligencia y como consigna para la voluntad. Todo esto es cierto, pero, como el misterio de Nuestro Señor es inagotable, no podemos olvidar ni dejar de lado que esa palabra también es caricia, dulce caricia que trae el saludable olvido, grato sueño y amable embriaguez de que habló proféticamente la amada del Cantar: «Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre los jóvenes. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar. Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es Amor. Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme, que enferma estoy de amor. Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza» (Ct 2,3-6). Y por eso dice el Amado: «Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca» (Ct 2,7).

    160.6. ¡No podéis seguir viviendo de la Palabra, si la Palabra se vuelve sólo concepto, noción, teoría y estrategia! Dime, dime te conjuro: ¿qué conceptos son esos que hacen pedir como remedio "pasteles de pasas"? ¿Qué nociones son esas que parecen pendones enarbolados que hacen desfallecer todos los límites y barreras del alma dulcemente asediada por el amor? ¿Qué teorías son esas que abrazan y consienten? ¿Y qué es esa estrategia que consiste en saber dormir en brazos del Amado?

    160.7. ¡Amor a Cristo! ¡Eso es lo que os falta: amor a Cristo! Con ese amor descubriríais lo que no aparece en libro alguno, lo que no cabe en palabra alguna, lo que sobrepuja toda teoría y todo conocimiento. ¡Atiende a mi voz, hermano, atiende a mi suave invitación y aprende a reposar a la sombra apetecida del árbol de Cristo!

    160.8. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  15. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    SEMBRANDO LA LIBERTAD

    Filemón. Sembrando la libertad

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano.




    Pablo, prisionero en la propia casa que tiene alquilada en Roma, y donde recibe a tantos visitantes, un día queda sorprendido:

    - ¿Cómo? ¿Así que tú vienes de Colosas? ntonces, conoces a mi amigo Filemón, ¿no es así?

    El joven visitante tiembla de pies a cabeza.

    - Sí, te conocí en su casa, y ahora vengo con mucho miedo. Me llamo Onésimo. Mi amo Filemón te quería mucho desde que tú le enseñaste tu nueva religión.

    - ¿Onésimo? ¿Éste es el nombre que te puso tu amo? ¿Le eras de mucho provecho?... Pablo se da cuenta de lo que es este joven, pues los amos ponían el nombre a los esclavos según se presentaban por sus cualidades. Y Onésimo en griego significa “provechoso”.

    - ¿Qué te pasa, pues, Onésimo? Explícamelo todo.

    - Mira, Pablo, yo soy un esclavo, le robé a mi amo, me escapé de su casa y he venido huyendo hasta Roma. Mi amo ha debido dar parte a la policía, y seguro que me están buscando. Si caigo en sus manos, ya sabes lo que me espera: me marcarán en la frente con hierro rusiente la F de “fugitivo”, y me condenarán de por vida a la rueda de molino o a trabajar en las minas, si es que no me matan con azotes o en la cruz.
    Aunque mi amo a lo mejor no hará esto, porque desde que está en tu religión es muy bueno. Como en Colosas todos saben que estás preso en Roma, te he buscado y por eso vengo.

    Pablo adivina toda la tragedia del joven esclavo, ¡y qué le toca hacer! Pues, ayudarlo. Y lo va a hacer con enorme amor y con eficacia sorprendente. Le bastan unas pocas líneas, una carta breve, pues se lee de un tirón en dos o tres minutos.

    Esta carta es un escrito genial, y se ha dicho de ella que es “una obra artística de discreción y cortesía…; el principio de la declaración de los derechos del hombre…; una carta con la cual no resiste comparación ningún documento humano de la antigüedad”.

    Ante todo, Pablo le dice al esclavo fugitivo:

    - Tú te vas a quedar conmigo como si fueras un esclavo mío. Me atiendes en las cosas que puedas, y el pretoriano que me custodia a mí, pensando que eres mi esclavo, no va a sospechar de ti nada. Con Epafras que está aquí en Roma, tan amigo de Filemón tu amo, miraremos de arreglar tu situación.

    Así se convino y así se hizo. Pero, ¿qué ocurrió? Pues, lo que tenía que ocurrir.

    El joven esclavo, ladrón y fugitivo, no era ningún tonto, servía muy bien a Pablo y, sobre todo, le escuchaba veces y más veces hablar de Jesús con los muchos visitantes que acudían allí. Hasta que el esclavo ladrón y fugitivo, pregunta resuelto:

    - Pablo, ¿puedo ser yo también cristiano?...

    Por delicadeza, y por respeto a su libertad, nada le había dicho Pablo, el cual esperaba que la fruta cayera del árbol madura por su propio peso.

    Ahora Pablo no puede con su alegría. Por el nuevo cristiano, y porque tiene en su mano la solución del problema. “¡Lo he engendrado en las cadenas!”, escribirá gozosamente Pablo a Filemón.

    Como estaba Títico para partir hacia Colosas, al mismo tiempo que llevaba a las Iglesias del Asia las dos cartas a los Colosenses y a los Efesios, oye el parecer de Epafras:

    - Sí, este es el momento mejor. Devuelve el esclavo a Filemón, que no va a tener más remedio que recibirlo como hermano cristiano.

    Al hablar así, Epafras ya había leído la carta, tan breve como densa, que Pablo había escrito toda entera de su puño y letra a Filemón, y que comenzaba cargada de psicología:

    “Pablo, prisionero de Cristo Jesús”.

    Filemón era rico, con casa magnífica, que servía para iglesia, hacienda grande y muchos esclavos. Pero era sobre todo un cristiano caritativo, de gran corazón, cuya bondad era reconocida por todos, de modo que Pablo puede escribirle con toda verdad:

    “Tengo noticia de tu caridad y de tu fe para con el Señor Jesús y para con todos los santos, de modo que la participación de tu fe es eficiente”.

    No te quedas en buenas palabras, sino que sabes actuar la fe con el amor. “Por eso tuve gran alegría y consuelo a causa de tu caridad, por el alivio que los corazones de los santos han recibido de ti, hermano querido”.

    Cada palabra que viene va a ser una cuña en el corazón de Filemón, el cual no va a poder resistir:

    “Aunque tengo en Cristo bastante libertad para mandarte lo que conviene, prefiero más bien rogarte en bien de la caridad, yo, este Pablo ya anciano y ahora preso por Cristo”.

    Podemos meternos en la mente de Filemón:

    -¡A ver por dónde se va a descolgar este Pablo! ¡A ver qué me querrá pedir!...

    Y vino, naturalmente, la petición menos esperada:

    - Te ruego a favor de mi hijo, a quien engendré cadenas, Onésimo, que en otro tiempo te fue inútil, pero ahora muy útil para ti y para mí.

    Y añade con palabras conmovedoras:

    “Te devuelvo a este hijo, que es mi propio corazón. Yo quería detenerlo conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas que llevo por el Evangelio. “Pero, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta acción tuya no fuera forzada sino voluntaria”.

    Filemón estaba vencido del todo. ¿Qué remedio le quedaba? Aunque Pablo no ha acabado, pues falta la última estocada:

    “Te escribo confiado, seguro que harás más de lo que te pido”.

    ¡Vaya elegancia la de Pablo para pedir al amo que no retenga más al esclavo, sino que le dé la libertad!... Era lo último que podía pedir. “¡Sí, hermano, hazme este favor, y alivia este mi corazón en Cristo!..."

    ¿Qué ha significado en la Iglesia y en el mundo esta acción de Pablo y de Filemón, cristiano tan ejemplar. La mayor plaga social que se ha conocido en la historia, la esclavitud en el Imperio Romano, con esta carta quedó herida de muerte.

    Ni Pablo, ni la Iglesia, ni nadie podía levantar a los esclavos en una revolución armada, al estilo de nuestros guerrilleros en las montañas. Hubiera sido una catástrofe para todos, empezando por los mismos esclavos.

    La Iglesia, desde Pablo, empezó por vivir la libertad y la igualdad entre sus hijos.

    Había muchos amos y matronas cristianos que dejaban libres a sus esclavos. Los cargos de la Iglesia, hasta el de Papa, eran ocupados lo mismo por el noble Cornelio que por el esclavo Sixto.

    Si los historiadores hurgan buscando la raíz de la libertad que hoy impera en el mundo, llegarán hasta Jesucristo. Y darán con el caso especial de un pobre esclavo que topó con un ejemplar dueño cristiano, llamado Filemón, el cual estaba leyendo, con mano temblorosa y emoción que le ahogaba el pecho, una carta enviada desde Roma por un preso llamado Pablo…
     
  16. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    A LOS DE COLOSAS

    A los de Colosas. Jesucristo sobre todo

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    ¿Quiénes eran los colosenses?

    Pablo dirigió una carta magnífica a esos cristianos a los que nunca había visitado.

    Sabemos que Pablo, mientras evangelizaba Éfeso, extendió su radio de acción a las ciudades cercanas, enviando a ellas a sus colaboradores más preparados; y entre todos, trabajando así en equipo, fundaron aquellas iglesias que hicieron del Asia Menor un campo feraz de cristianismo. Entre esas ciudades iba a ser Colosas una de las más significativas.

    La ciudad de Colosas había sido en otro tiempo una población grande, y ahora, venida a menos, estaba compuesta de griegos, de judíos y de una gran colonia de indígenas frigios. Toda su riqueza le venía de la industria derivada de la cría de ovejas, con sus numerosos y nutridos rebaños. Ciudad medio campesina medio griega, era con todo muy dada a filosofar y teologizar.

    Para saber cómo eran los colosenses y lo bien que se conservaban, basta leer estas palabras del saludo de Pablo:

    “Damos gracias sin cesar a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por ustedes en nuestras oraciones, al tener noticia de su fe en Cristo Jesús y de la caridad que tienen con todos los santos”.

    ¿A qué venía, pues, esta carta, muy cordial, pero que era un toque de alarma?

    ¿Y por qué la escribió Pablo, o la hizo escribir por uno de sus colaboradores bajo su propia inspección?

    Epafras fue a visitar a Pablo en su prisión de Roma llevándole noticias sobre la situación de la Iglesia en Colosas. Se habían introducido doctrinas erróneas sobre los ángeles y potestades celestes, como dominadores del mundo e intermediarios de Dios.

    Estas ideas eran debidas a unas corrientes de pensamiento griegas sobre misterios extraños, mezcladas además con otras apocalípticas judías, y que comprometían la supremacía de Cristo. Aquellos grecojudíos vendedores de novedades iban proclamando:

    -¡Sí! Cristo Jesús es uno más de esos ángeles mediadores, pero no es ni él solo ni el más importante. Es uno de tantos espíritus que vagan por los aires, que nos ayudan o nos perdiguen, uno de esos tronos, dominaciones y potestades, los seres superiores de la creación.

    ¡Bueno estaba Pablo para consentir semejante error!... ¿Alguien superior a Cristo? ¿Cristo uno de tantos? ¡Eso sí que no!... Y Pablo enseña ahora:

    ¡Todo lo que existe está sometido a Cristo!

    ¡Jesucristo lo llena todo, porque Él es la “plenitud” de todo el mundo! ¡No existe nada que no sea de Cristo y para Cristo!

    Todo esto lo expone Pablo en un párrafo que es de lo más grandioso que contiene la Biblia sobre Jesucristo. Parece un himno de gran orquesta:

    “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
    “Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
    “Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.
    “Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
    “Él es también cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
    “Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
    “Porque en él quiso Dios reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”
    (1,15-20)

    Con este himno tan colosal quedaba zanjada toda la cuestión que preocupaba a los de Colosas:

    Jesucristo es lo primero;
    Jesucristo es lo supremo;
    Jesucristo es principio y fin de todo;
    Jesucristo es el centro en el que todo converge y todo se apoya;
    Jesucristo es el único que tiene la salvación;
    Jesucristo es no sólo Cabeza de la Iglesia, sino la plenitud de todas las cosas creadas.
    Ni la Iglesia ni el Universo se entienden si no se arranca de Jesucristo y si no se coloca a Jesucristo en el centro de todo.

    Ahora bien, si esto es Jesucristo sobre todo para nosotros, miembros de su cuerpo, ¿qué relación hemos de tener con Jesucristo ya en este mundo, aunque Él esté en el Cielo?

    Nos lo dice Pablo con otro párrafo también formidable:

    “Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra.
    “Porque han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es su vida, entonces aparecerán también ustedes gloriosos con él”
    (3,1-4)

    Pablo discurre sobre esto, y saca las consecuencias debidas. En el orden nuevo establecido por Dios en Cristo, desaparecen las divisiones enojosas que vive la sociedad:

    ¿los de un color u otro de la piel?...
    ¿los de una fe u otra, mientras sean sinceros en su conciencia?...
    ¿los cultos o los analfabetos?...
    ¿los ricos o los pobres?...
    ¿los empresarios o los trabajadores?...

    Eso era antes en la era del pecado. Ahora, todo ha quedado rehecho y unificado en Cristo Jesús.

    Dicen que modernamente tiene mucha aplicación esto de Pablo para los que vienen con asuntos de la Nueva Era, la “New Age” o cosas parecidas. Todo lo que sea salirse de Jesucristo como principio, centro y fin de la Iglesia y del Universo, es una equivocación total.

    Por eso Pablo, queriendo centrar toda nuestra vida en Jesucristo, da después consejos de vida cristiana que son de lo más precioso y estimulante.

    “Procedan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios”. “En Cristo reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y ustedes alcanzan toda la plenitud en él”.

    “Cristo es todo en todos”.

    “La palabra de Cristo abunde en ustedes en toda su riqueza”.

    “Todo cuanto hagan, de palabra o de obra, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”
    .

    ¡Qué belleza la de esta carta de Pablo a los de Colosas!

    Jesucristo llenándolo todo.
    Jesucristo nuestro supremo ideal.
    Y nuestra vida, escondida con Jesucristo en Dios…

    Esto, ya ahora. ¿Qué será esa vida cuando quede al descubierto sin velo alguno, y transformada plenamente en gloria?...
     
  17. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    CRISTO EN COLOSENSES

    Cristo en Colosenses. Grandezas y compromiso

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    Pablo, en su prisión libre de Roma, a la vez que predica a todos los que vienen a visitarle, tiene tiempo de pensar, de estudiar, de escribir. Y es en estos días, probablemente el año 63, cuando redacta la carta a los de Colosas, cargada de enseñanzas sublimes sobre Jesucristo.

    Empezamos por preguntar: En esta carta, ¿quién es Jesucristo para Pablo? Y su prisionero de Roma responde con elocuencia sin igual:

    “Cristo es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles: todo fue creado por él y para él. “Él existe con anterioridad a todo, y todo se mantiene en él” (Col 1,13-17)

    Escuchando esto, caemos sin más de rodillas ante Jesucristo. Antes de ser Hombre, nacido de María la Virgen, ya era Dios eterno. En Él se miraba complacido el Padre. En Él veía reflejada la creación entera, y el Padre le decía entusiasmado:

    -¡Vamos, Hijo! Hagamos todo eso. Todo lo harás conmigo, y todo será después para ti.

    Tú estarás en el centro de todo, y todo se mantendrá por ti, que lo sostendrás con tu poder, tan grande como el mío. Aunque te hagas hombre, Tú estarás sobre todas las cosas visibles, y dominarás también la multitud incontable de los ángeles, que se rendirán a tus pies.

    No significa otra cosa todo eso que nos ha dicho Pablo:

    Después de mirar a Jesucristo en su divinidad, en lo que era desde toda la eternidad, lo mira como Hombre, como el Hijo de María, como el Hermano nuestro, y se desata en alabanzas imponderables, la primera de las cuales es lo máximo que se puede decir y se ha dicho de Jesucristo:

    “En él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9)

    Jesucristo, ese Hombre, es también Dios.

    Ante esto, ya no nos va a extrañar nada todo lo que se nos diga de Jesús, el Señor.

    Si Jesucristo, Hombre verdadero, es también Dios, ¿quién tan grande como Él? ¿De dónde va a proceder para los hombres la vida sino de Jesucristo, el cual es la Vida infinita de Dios encarnada?

    ¿Quién va a enseñar a los hombres la verdad, sino Jesucristo que es la Luz de Dios?

    ¿Hacia quién van a ir los hombres en busca de un destino seguro sino a Jesucristo, que es el Principio y Fin de todas las cosas?

    Al mirar Pablo a Jesús como Hombre, lo ve como Redentor, y nos dice de Él esas palabras que ya hemos citado más de una vez:

    “Jesucristo es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia.
    “Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que Él sea el primero en todo.
    “Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud,
    “y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, los seres de la tierra y de los cielos”
    ¿Hacia quién van a ir los hombres en busca de un destino seguro sino a Jesucristo, que es el Principio y Fin de todas las cosas? (Col 1,18-20)

    ¿Qué significa para Jesucristo el ser Cabeza de la Iglesia? No es un título honorífico. Es algo que compromete a Jesucristo a mirar a la Iglesia como se mira a Sí mismo.

    Desde el momento que Jesucristo redimió a todos los hombres y mujeres con su Sangre derramada en la Cruz, y formó con ellos la familia de Dios, Él se constituyó en Cabeza de su Iglesia y tiene que cuidar de ella como de verdadero cuerpo suyo.

    Jesucristo unifica a su Iglesia haciendo que sea UNA Iglesia sola. Cuando Pablo se enteró de que los de Corinto habían metido divisiones en su comunidad, les escribió aquella carta con gritos de trueno:

    “Me he enterado de que existen discordias entre ustedes. ¿Es que está dividido Cristo?” (1Co 1,11-13)

    Efectivamente, dividir a la Iglesia es para Pablo como partir por mitad al mismo Jesucristo, el cual nunca se expresó diciendo “Mis iglesias”, sino “Mi Iglesia”.

    A su Iglesia, Jesucristo la vivifica, la llena de la Vida de Dios, esa Vida de la cual está Él lleno a rebosar. Con los Sacramentos, especialmente con la Eucaristía, Jesucristo nutre a todos y cada uno de los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, con una plenitud tal de Vida divina que no podemos ni imaginar.

    Jesucristo con su Sangre purificó a su Iglesia, hasta dejarla radiante de hermosura, como Esposa suya queridísima.

    Y la sigue limpiando de tantas impurezas contraídas por sus miembros, hasta que llegue día en que la Iglesia, consumada en su perfección, no tendrá una mancha que afee su linda faz.

    Jesucristo ha hecho a su Iglesia una familia de hermanos, y por su Sangre está clamando para todo el mundo la paz, el amor, en una fraternidad irrompible.

    Todo eso nos ha dicho Pablo con esas palabras tan densas, con las cuales, nos dice, pretende “dar a conocer la riqueza del misterio de Cristo…y la esperanza de la gloria…, a fin de presentarnos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,27-28)

    A continuación de lo que hemos leído y escuchado, hay en esta carta unas palabras misteriosas que se convierten para todos en un compromiso, cuando Pablo dice de sí mismo:

    “Me alegro por los padecimientos que soporto por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24)

    ¿Qué ha leído siempre la Iglesia en estas palabras, que resultan un compromiso, a la par que misteriosas?

    Jesucristo con la Cruz pagó de una vez y para siempre por todos los pecados del mundo.

    Con esa Sangre divina hay más que suficiente para redimir mil mundos más que hubiera.

    Sin embargo, Dios solicita la colaboración de todos los cristianos. Jesucristo ha querido unir a los miembros de su Cuerpo Místico a su Pasión redentora. Y los sufrimientos del cristiano ─el trabajo, una enfermedad, todo lo que signifique cruz─, Jesucristo lo asume, lo une a su propio sacrificio, y continúa con toda su Iglesia la obra de la salvación.

    Jesucristo el Hijo del Dios eterno…, Jesucristo el Redentor…, Jesucristo en su Iglesia…

    ¡Qué grandezas descubre Pablo en Cristo Jesús!

    Cuanto más se piensa en ellas, tanto más profundo se hace el Misterio.

    Pero tanto más también se acrecienta nuestro amor al Divino Redentor.
     
  18. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    RESUCITADOS CON CRISTO

    Resucitados con Cristo. Somos seres celestiales

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    Sí, es cierto; Pablo nos habló ya una vez de la resurrección de Jesús en un plan triunfalista. ¿Lo recordamos? Nos decía:

    “¡Pero Cristo ha resucitado!”

    Era el eco vivo de aquel “¡Ha resucitado, no está aquí!” de los Evangelios.

    Hoy nos va a hablar Pablo sobre la resurrección de una manera distinta. Se va a fijar tanto en nosotros como en Jesucristo, y nos va a decir desde el principio:

    “¡Somos unos resucitados con Cristo!”. Hemos resucitado con Él, como Él y para Él.

    ¿Por qué?... Podemos seguir el pensamiento del Apóstol

    ¿Es cierto que, al resucitar Cristo, hemos resucitado también nosotros?

    San Pablo es categórico y no puede hablar más claro de cómo lo hace en esta carta a los de Colosas:

    “Ustedes han resucitado con Cristo”, “porque Dios nos resucitó con Cristo y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Col 3,1. Ef 2,6)

    Algo grande se esconde en estas palabras.

    Empezamos por el pensamiento básico de San Pablo:

    “Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación” (Ro 4,26)

    Muerte y resurrección de Jesucristo están de tal modo íntimamente unidas que no se pueden separar. Jesucristo muere, paga por el pecado, y nos merece la salvación.

    Jesucristo resucita y, y por la fe en el Dios que lo ha devuelto a la vida, nos da el Espíritu Santo que nos justifica y hace santos como es Él.

    Este pensamiento lo expresa de manera magistral e inolvidable en aquellas palabras dirigidas a los de Roma, y que podrían servir para una arenga enardecedora:

    ¿Bautizados con Cristo en su muerte?... ¡Pues, también vivos y resucitados por Dios para una vida nueva!
    ¿Muertos con Cristo?... ¡Pues, también resucitados!
    ¿Nuestro hombre viejo y pecador crucificado con Cristo?... ¡Pues ahora libres, porque ya no nos sujetan cadenas esclavizantes!

    Y vienen las palabras preciosas de Pablo:

    “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte ya no tiene señorío sobre Él, porque su vivir es un vivir por siempre para Dios”

    ¿Entonces?... ¡A considerarse todos muertos para Satanás y a su condenación por la culpa, y vivos siempre para Dios en Cristo Jesús! (Ro 6,3-11)

    Si Pablo es tan jugoso cuando habla de la resurrección de Jesús en sus cartas, hay un pasaje que es clásico más que ningún otro, escrito a los fieles de Colosas:

    “Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.
    “Aspiren a las cosas de allá arriba, no a las de la tierra.
    “Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios.
    “Cuando aparezca Cristo, que es su vida, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él”
    (Col 3,1-4)

    ¡Qué pasos los que hace dar Pablo con estas palabras en la vida cristiana y cómo llenan la cabeza de ilusiones!...¿Cómo hay que vivir?... Resucitados, en manera alguna muertos.

    ¿Hacia dónde hay que mirar?... Hacia arriba siempre, nunca a la tierra ni al abismo.

    ¿Qué gustos hay que tener?... Los exquisitos del Cielo, no los de abajo que muchas veces hastían.

    ¿Dónde desarrollar la existencia?... En el seno de Dios, donde Cristo la introdujo y la escondió.

    ¿Qué esperar al fin de todo?... Aparecer y brillar siempre con la misma gloria de Jesucristo el Resucitado.

    Porque todo esto encierran esas palabras grandiosas. La resurrección de Cristo es para el cristiano, en el orden místico y moral, como un programa que debe desarrollarse y se va desenvolviendo hasta llegar a su consumación final.

    La resurrección del cristiano con Cristo es algo pasado:

    - Ustedes ya resucitaron con el bautismo. De la muerte se pasó a la vida. ¿Qué les queda sino vivir la vida de Dios?...

    Si se tiene una vida nueva que es celestial, ¿qué toca hacer?... Pablo, con audacia:

    Busquen y gusten las cosas de allá arriba, no las de aquí abajo. Por mucho que se disfrute de la tierra, ¡qué pobre es todo cuando se saborean las cosas celestiales!...

    Y viene el punto final de Pablo:

    Aguarden lo que les espera. El último día, al final de los tiempos, ¡a revestirse su cuerpo endeble con la misma gloria del Señor Resucitado! Éste será el fin sin fin.

    Pablo asegura con otras palabras lo mismo que había dicho Jesús en el Evangelio:

    “Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13,43)

    Las palabras de Pablo a los Colosenses nos llevan sin más a citar otras igualmente de bellas a los de Filipos. Vienen a decir lo mismo, pues las dos cartas fueron escritas por los mismos días:

    “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso, con el poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,20-21)

    Entendamos la comparación bellísima de Pablo con ese “Somos ciudadanos del cielo”. La ciudad de Filipos era una colonia que otorgaba a sus habitantes la ciudadanía romana. ¡Ciudadanos del Imperio por derecho! Era un privilegio envidiable.

    Y viene ahora Pablo a decirles:

    - ¡Felicitaciones, filipenses, por su ciudadanía romana! Todos les tienen envidia.

    Pero no olviden que, como cristianos, llevan en el bolsillo otra cédula mucho mejor: la que les acredita como ciudadanos del Cielo.

    Cuando quieran, cuando les llamen, pasarán la frontera sin ningún control, y se les abrirán las puertas sin problema alguno. Se lo garantiza todo el Señor Resucitado.

    Pablo es el gran doctor de la doctrina sobre la Resurrección de Jesús.

    ¡Felices nosotros cuando la llegamos a entender, cuando la llegamos a vivir!

    Seguimos en la tierra, pero siempre con un pie metido ya en el Cielo…
     
  19. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    CRISTO POR ADÁN

    Cristo por Adán. O uno u otro

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    ¿No es cierto que conocemos bien la historia de Adán en el paraíso tal como la cuenta la Biblia?... Adán, el Adán pecador, éramos nosotros, éramos la Humanidad entera.

    Y Dios le manda a un ángel:

    - Ponte ante la puerta, espada llameante en mano, y cuida de que ese Adán no entre más aquí. No se le ocurra ahora venir de nuevo, coma del fruto del árbol de la vida, y se escape de la sentencia de muerte que pesa sobre él y su mujer… Desde entonces, no hay remedio. Nadie se ha escapado ni se libra de la muerte que nos persigue implacable.

    ¿Y si volviéramos a comer del árbol de la vida?...

    - ¡Sí, coman, coman! -nos grita Pablo-. Que después de aquel Adán vino otro Adán muy diferente y con mucho más poder.

    Este nuevo Adán se llama Jesús.

    Nos metió a todos en un nuevo paraíso, y en él, como les dice Juan en su Revelación, “les quiere dar a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios” (Ap 2,7).

    Si llevan las vestiduras blancas del Nuevo Adán -les sigue diciendo Juan en su Apocalipsis-, “podrán disponer del árbol de la vida y entrarán por las puertas de la ciudad”, el nuevo Paraíso en el que ya no se muere más (Ap 22,14)

    ¿Es cierto que Pablo nos puede hablar de esta manera?

    Sin duda alguna. Pablo nos habla así.

    Es ésta una idea que se me ocurre al abrir la carta a los Colosenses, donde les dice a sus destinatarios:

    “Despójense del hombre viejo con sus obras, y revístanse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar la imagen perfecta ideada por su Creador” (Col 3,10)

    Esta doctrina sobre el viejo Adán del paraíso y el Nuevo que es Jesucristo, la desarrolla Pablo especialmente en la carta a los Romanos, donde enfrenta al Adán pecador con el nuevo Adán Jesucristo.

    Vino del primero toda la ruina de la Humanidad: el pecado, la muerte, todos los males habidos y por haber.

    Pero Dios restituyó todas las cosas en su debido orden merced al Nuevo Adán Jesucristo,
    -que nos devolvió la vida de Dios al eliminar la culpa con la sangre de su Cruz;
    -venció la muerte con su Resurrección,
    -y nos hace entrar en el Paraíso de los cielos donde ya no se podrá morir.

    Esta doctrina expuesta por Pablo tiene mucha aplicación en el mundo moderno.

    Mientras en la sociedad viva robusto el hombre viejo, el Adán condenado por Dios, no habrá nunca ni honestidad, ni alegría, ni paz.

    Mientras que si entra Jesucristo en las almas, en los hogares, en las naciones, surgirán por doquier los bienes que se perdieron por la culpa aquella del principio.

    Pero, vaya; no saquemos consecuencias antes de escuchar a Pablo, al que vamos a dejar la palabra.

    Y Pablo expone así su idea tan genial:

    “Como por un hombre, Adán, entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron”.

    Pasa Pablo ahora a enfrentar a Jesucristo con Adán:

    “Si por el delito de uno murieron todos, por otro hombre, Jesucristo, la gracia y el don de Dios se desbordan sobre todos” (Ro 5,12-15)

    Ante estas palabras de San Pablo, nos preguntamos nosotros, por más que las respuestas nos las va a dar el mismo Pablo: ¿Qué fue más grande, la desgracia que nos trajo Adán o la gracia que nos trajo Jesucristo?

    Y Pablo va comparando a uno con otro.
    Adán nos trajo el pecado; Jesucristo nos dio la Vida.
    Adán nos causó la muerte; Jesucristo nos mereció la Resurrección.
    Adán nos hizo perder el árbol de la vida; con Jesucristo recobramos la Vida Eterna.
    Adán nos hizo romper con Dios por el pecado y abrió la puerta a la muerte; Jesucristo nos dio acceso a Dios y nos abrió la puerta del Paraíso donde reina vida inmortal.
    Adán, con el pecado, nos hizo esclavos de Satanás y candidatos para su misma condenación; Jesucristo nos mereció y dio la Gracia de Dios y con ella la Gloria eterna.

    La influencia de un Adán y otro en la historia del mundo es muy diversa, y gana Jesucristo con mucho.

    San Pablo lo dice con una de sus sentencias más célebres: “Donde abundó el pecado superabundó la gracia” (Ro 5,20)

    ¿El mundo inficionado por Adán? ¿Grande el influjo de Adán el rebelde? ¿Muerte segura de todos causada por un criminal loco?...
    Dios sabe tomarse la revancha.
    Jesucristo inunda el mundo con la gracia de Dios.
    Jesucristo el Hombre que todo lo atrae hacia Sí, para entregarlo a Dios su Padre.
    Jesucristo es la resurrección segura de todos los que han de morir.
    Ante el reino de Satanás que desaparecerá con todos sus secuaces, Jesucristo instaura un Reino que será eterno en paz, felicidad y amor para todos los salvados.

    Mirando el plan de Dios a la luz de San Pablo, el cuadro es optimista, esperanzador, lleno de luz.

    Pero, de momento, vemos que continúan sobre el mundo las sombras, y muy densas todavía.

    Hoy siguen enfrentados los dos reinos, el de Satanás iniciado con el Adán del paraíso, y el instituido por Jesucristo con su Cruz y su Resurrección.
    No digamos que el reino de Satanás no tiene fuerza, aunque sabemos con certeza absoluta que será plenamente vencido.

    Son muchos los que engrosan sus filas, y nos causan preocupación seria a los creyentes, pues queremos la salvación de todos.

    Los individuos, las personas concretas, han de optar por Jesucristo. Esto, desde luego.

    Pero les incumbe lo mismo a las familias, a las instituciones sociales, a las naciones con su legislación, que, manteniendo su secularidad, no pueden enfrentarse con la norma suprema que les dicta Dios.

    La sociedad también ha de optar por el Adán del paraíso o el Jesucristo Restaurador de todo.

    Dios expulsó del paraíso a Adán a fin de que no comiera del árbol de la vida, que le hubiera hecho vivir para siempre.

    El fruto de aquel árbol imaginario lo sustituyó Jesucristo en su Iglesia por el Pan de Vida, la Eucaristía, el Cuerpo mismo de Jesucristo, el cual asegura con aplomo divino:

    “El que coma de este pan vivirá eternamente, porque yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54)

    El odio de Satanás no iba a triunfar sobre el amor del Dios Creador y Padre de los hombres.

    El orgulloso vencedor del paraíso se convirtió en el miserable vencido por una Cruz que aparece desnuda y un Sepulcro que sigue vacío…
     
  20. rosasylirios

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    UNA LECCIÓN MACHACONA

    Una lección machacona. La Oración en San Pablo

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    En aquellos días vistió Pablo a los de Colosas y se armó entre ellos una amigable discusión. Los discípulos medio bromeaban con el Maestro:

    - Pablo, cuando escribes cartas eres a veces demasiado insistente en algunas de tus recomendaciones. Como si no practicáramos lo que hemos hecho desde siempre…

    - ¿A qué se refieren?..., contestó Pablo con extrañeza a los amigos de Colosas, los cuales le replicaron:

    - Concretamente a la oración. Mira lo que nos escribiste a nosotros y a los de Éfeso, porque en las dos cartas dices lo mismo: “Sean perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias… A permanecer siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión”.
    Esto nos decías. ¿Es verdad, o no? (Col 4,2; Ef 6,18)

    Respondía fríamente Pablo:
    - Si ¿y qué?...

    Los otros insistían:
    - ¿Aún quieres más? Sabes que tus cartas corren muy pronto por todas las Iglesias, y a los de Tesalónica primero, después a los de Roma, les dijiste lo mismo que a nosotros y lo sabíamos todos más que de memoria: “Recen constantemente”. “Dedíquense a orar con asiduidad”...

    Pablo, no nos digas que no eres un poco machacón… (1Ts 5,17; Ro 12,12)

    Pablo se rinde, aunque sigue en la suya:

    - Tienen toda la razón. Como dicen ustedes, soy y seré machacón en lo que debo serlo.
    Y en esto de la oración, miren lo que escribió nuestro querido Lucas hace poco en el Evangelio que ya tiene concluido. El Señor Jesús fue más fuerte que yo cuando mandó: “Es necesario orar siempre sin desfallecer nunca” (Lc 18,1)
    ¿Qué me toca hacer a mí?...

    Así pudieron hablar Pablo y los amigos en aquella breve visita que el Apóstol hizo a las Iglesias del Asia Menor antes de ir definitivamente a Roma para su martirio.

    Para Pablo, la oración es la respiración del cristiano y de la Iglesia. Si queremos cristianos sanotes y una Iglesia vigorosa, no hay más remedio que orar, rezar siempre, levantar las manos hacia lo alto, desplegar los labios en plegarias continuas y tener fijo el corazón en Dios.

    ¿Tenía Pablo autoridad para hablar de manera tan repetida sobre la oración?
    ¡Claro que sí! Era un experimentado de primer orden.

    Muchacho judío, y fariseo riguroso, rezaba continuamente, pues los fariseos tenían establecidas oraciones para todo. No había acción del día que no contase con una oración para empezar y otra para concluir.

    Cuando vino la conversión de Pablo ante las puertas de Damsco, Dios mandó a Ananías:
    - Vete a la calle principal, y en la posada de Judas preguntas por Saulo.
    - ¿Por Saulo? ¿Por ese que ha hecho tanto mal a tu Iglesia?...
    - Anda, y no temas. Saulo está orando.
    Como diciéndole Dios:
    - No temas nada de un hombre y para un hombre que ora. El que reza no es capaz de ningún mal.

    Pasan algunos años. Pablo se da de tal modo a la oración, que llega a unas alturas místicas inimaginables. Pues nos dice él mismo:
    - Yo no sé si corporalmente o fuera de mi cuerpo, pues solo Dios que lo hizo lo sabe, fui arrebatado hasta lo más alto del paraíso, y sentí cosas tan sublimes que al hombre le resulta imposible expresarlas (2Co 12,2-5)

    Pablo, experto en oración, sabe muy bien cuando insiste tanto para que el cristiano se consagre a la tarea número UNO, la primera que debe figurar en su agenda. De ahí sus expresiones: orar “asiduamente”, “orar sin cesar”, “orar en todo lugar”.

    Si examinamos más detenidamente lo que Pablo nos encarga, vemos que para él la oración tiene unas características muy marcadas.

    Ante todo, la oración, más que del hombre o de la mujer, es una acción de Dios dentro de todos los cristianos. El Espíritu Santo está en actividad constante impulsando a cada uno a la oración. Le hace sentirse hijo o hija de Dios, y por lo mismo le empuja a clamar de continuo con palabras amorosas: “¡Padre! ¡Papá!”… (Ro 8,15)

    Pablo no ve al Espíritu Santo metido solamente en el corazón del cristiano para hacerle rezar a nivel individual. Contempla al Espíritu metido siempre en las asambleas de la Iglesia suscitando, moviendo e impulsando la oración de todos los fieles:

    “Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y entonen salmos en su corazón al Señor, dando gracias y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,19-20)

    La oración comunitaria, las plegarias de las Eucaristías, los cantos en la celebración, las aclamaciones de los carismáticos, el movimiento acompasado catecumenal, los entusiasmos de los grupos juveniles…, no son sino una manifestación jubilosa de la presencia del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia.

    San Pablo reconoce en ello la acción del Espíritu divino, que embriaga a los fieles, a los que aconseja bellamente:

    - No se emborrachan ustedes con vino que lleva a la lujuria, sino que se llenan de Espíritu Santo, el cual les hace hablar y gritar felices en honor del Señor (Ef 5,18-19)

    ¿Y por qué y por quiénes reza Pablo y quiere que se rece? No deja a nadie ni nada fuera del alcance de la oración.

    - ¡No ceso de rezar por ustedes!... ¡Me acuerdo de ustedes y los tengo presentes de continuo en mis oraciones!... (Col 1,9; Ro 1,9-10)
    - ¡Y algo que quiero hagan siempre, sin omitirlo nunca! Eleven plegarias, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los que están constituidos en autoridad, a fin de que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad. Esto es muy agradable a Dios (1Tm 2,1-2)

    ¿Por qué Pablo, igual que Jesús, los dos, hacen de la oración la actividad principal del cristiano? Alguna razón tienen que tener… Y la tienen muy clara.

    Con la oración se mantiene luminosa la antorcha de la fe. Quien ora es porque cree.
    Con la oración no muere la esperanza. Quien ora es porque espera. Con la oración, el corazón está encendido siempre. Quien ora es porque ama.

    Y si la oración es la que mantiene y desarrolla la vida divina; si la oración es la que avanza la gloria, en la que no cesaremos un instante de hablar con Dios; si la oración es la acción del Espíritu Santo en las almas…, ¿se puede hacer algo más grande que orar?...
     

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