Para meditar

Tema en 'Hoja informativa' comenzado por SoberanoPoderRomano, 15 de Octubre de 2008.

  1. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    ABORTOS ESPIRITUALES

    Las Palabras del Angel: Abortos Espirituales

    161.1. Con razón se enardece tu alma ante el crimen abominable del aborto. Con todo, es importante que vayas más allá y descubras que el aborto, antes que un crimen es una mentalidad, y que detrás de esa mentalidad está la satánica aspiración de "devolver" la creación, esto es, el intento de arrojarle a Dios su obra.

    161.2. Para que mejor comprendas estas drásticas afirmaciones necesito primero exponerte la noción de "aborto espiritual". Cuando la voluntad expresa de Dios para una creatura racional es deliberadamente desobedecida, estamos ante un aborto de corazón, o un aborto espiritual. La rebeldía que no deja nacer lo que se sabe que viene de Dios es pariente próximo de aquel crimen porque el que se suprime una vida que es obra suya y que Él quiere que viva, más allá y con anterioridad a las voluntades humanas favorables o desfavorables que puedan entrar en juego.

    161.3. Tal fue el caso del mismo Satanás, que como bien conoces se abortó a sí mismo del designio divino, y con su rebeldía levantó las paredes del infierno. Satanás es, al mismo tiempo, el primer abortista y el primer aborto, pues su negativa al querer divino tenía como propósito fundamental que no se realizara lo que Dios quería que se realizase.

    161.4. Esto no significa que Satanás mismo posea la voluntad de todos los que abortan o de los que procuran abortos, aunque no pueda negarse su influencia en la proliferación de tantas muertes de inocentes, sino más bien quiere decir que el crimen de todos estos repite trágicamente el modelo de aquel primer pecado que pretendió rasgar para siempre la inmaculada belleza del designio santísimo de Dios.

    161.5. Cada creatura racional que no es santa lleva la mancha de rebeldías, renuencias y torpezas que le acercan a la triste realidad de los niños abortados. Por esto el llanto y la melancolía que atraviesa el rostro de tantos hombres; por eso tanta depresión en el mundo. ¿Es que acaso Dios hizo un mundo triste? ¿Es que carece de belleza su obra, o de donaire su estilo, o de esplendor su gloria en la creación? ¡Nada de eso! Todo, óyeme bien, todo lo que Dios hizo, lo hizo con júbilo; sí, con júbilo, con ese gozo que apenas podrías imaginar viendo los coros de los Ángeles en fiesta. La creación es aquel espacio que su amor hizo como traducción del abismo de su insondable alegría y su inacabable gozo.

    161.6. Si hay tristeza, pues, no es por falta de amor o de sabiduría del Creador. Esa melancólica postura del hombre que parece agobiado por el solo hecho de existir no viene de Dios, sino del llanto profundo que brota en la creatura que sabe que no ha nacido al amor inconmensurable. Créeme: la mayor parte del dolor de alma de los que viven deprimidos es simple llorar su condición de abortos que se abortaron.

    161.7. Son estas palabras duras, pero ¿no es más dura la condición de los que echaron a perder su única vida, su única posibilidad de ser? ¡Yo tengo que hablar así, y tú debes escucharme, hermano, y aprender también tú a expresar con diáfana claridad que la vida está siempre en peligro! El feto en el útero materno está amenazado de ser abortado, sobre todo en estos tiempos que corren, pero, ¿acaso has de pensar que el que ha nacido, ya por eso es salvo? ¡No! Nuevos abortos, es decir, nuevas formas de ser triturado por el absurdo de la nada le esperan, y de ahí el llanto de la edad madura y el gemido de la edad anciana.

    161.8. Hay niños que fueron abortados a las semanas de existencia, pero hay vidas que fueron abortadas a los 12 años, o a los 34 años, o a los 73 años. Créeme: todo aquel que no es un santo al morir, es un aborto; sólo que lamentablemente hay abortos que se abortaron a sí mismos con odio, y llamaron odio también al amor que quería redimirles. Estos, ya sabes que nombre tienen. Yo no quiero decir ese nombre.

    161.9. ¿Ves por qué es importante llamarte a la alegría? Cuando veo las almas deprimidas, pienso que Satanás quisiera hacer de este mundo una máquina de abortos. Por eso te lo digo, con furor de amor: ¡Deja hombre!, deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  2. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    PREDICAR LA VIDA

    Las Palabras del Angel: Predicar la Vida

    162.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    162.2. El horizonte de la muerte marca de tal manera la vida de los hombres, que con razón la Escritura habló del "poder" de la muerte (cf. Ap 6,8; 20,6). Además —según te gusta recordar y predicar— la obra de Cristo fue resumida por la Carta a los Hebreos en estas palabras: «Así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo» (Heb 2,14).

    162.3. Por eso algunos pensadores dijeron que la filosofía era una larga reflexión sobre la muerte, lo cual no deja de tener su razón. Mas a ti y a cuantos creen os espera el magnífico reto de construir un pensamiento desde el horizonte de la vida: no sólo una reflexión para que haya vida, pues no sois los creadores de la vida, sino un planteamiento desde la certeza de la vida, esto es, de que sí hay vida.

    162.4. Una "cultura de la vida" no empieza con la tarea de construir ni con la tarea de preservar la vida. Empieza con el más hermoso de los exordios: la seguridad de que sí hay vida. Si no partes de esa convicción absoluta y radical todo tu discurso será una petición de consenso; mas ni la vida ni la creación misma surgieron de un consenso, sino del poder sabio y amoroso de Dios, pues está escrito: «¿Quién abarcó el espíritu de Yahveh, y como consejero suyo le enseñó? ¿Con quién se aconsejó, quién le explicó y le enseñó la senda de la justicia, y le enseñó la ciencia, y el camino de la inteligencia le mostró?» (Is 40,13-14). Y más adelante lees: «Pues ¿con quién asemejaréis a Dios, qué semejanza le aplicaréis?» (Is 40,18).

    162.5. Los que quieran defender la vida, pues, no han de partir de una sugerencia, ni de un consenso, ni de una petición, ni de palabra alguna que pronuncien los labios humanos. Precisamente su error, a menudo, es que piden a moribundos adormilados y enviciados que den su acuerdo a los acentos y rimas de la canción de la vida. Ni los paladares ni las narices de estos pobres pueden aprobar el suave gusto y aroma del designio creador de Dios.

    162.6. No te extrañen ni turben mis palabras. Lo que yo quiero es que te levantes sobre ti mismo, y en cierto modo sobre la Historia misma de los hombres y accedas con tu mente a ese potentísimo "¡Sea!" pronunciado por la boca de Dios en el proemio de la creación. Esa voz, que el mundo no conoce porque no lo reconoce a Él, no se ha extinguido, sino que tiene sus ecos en las recámaras de las creaturas racionales. Allí puedes escucharlo.

    162.7. No fue la voz de los hombres sino esa voz divina la que rasgó la nada y sembró de vida el campo estéril de la no existencia. Sólo con la potencia de esa voz es posible descubrir la alegría de ser y sólo con ella es posible quebrantar la dura sordera del mundo. Así como Cristo con su voz poderosa levantó a Lázaro del sepulcro (Jn 11,43), así también hay una voz venida del Padre, la «palabra del juramento», como la llama la Carta a los Hebreos, que «hace el Hijo perfecto para siempre» (Heb 7,28).

    162.8. Esta es la voz que constituye a Jesús Crucificado como "Señor y Cristo" (Hch 2,36). Por eso lees: «A Cristo, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos» (Hch 10,40-42).

    162.9. Así entiendes aquello que enseña Pablo, a saber que este Jesús ha sido «constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rom 1,4). Por eso «también nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy (Sal 110)». (Hch 13,32-33; cf. Heb 1,5). ¡Esta es la voz de la vida, la voz que necesitas para defender la vida! Por lo cual, amado, hay que predicar la vida no con voces de muertos, sino con una voz fuerte, como la de los Ángeles, según anunció Pablo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Ts 4,16; cf. Ap 5,2; 7,2; 14,6-7.9.15.18; 18,1-2; ).

    162.10. Tal "fortaleza" significa pronunciar la vida desde la certeza de la resurrección que ya se ha realizado en Cristo, y por tanto con la generosidad del que puede perderlo todo. Cuando estés dispuesto a morir con la convicción íntima y humilde de resucitar Con cariño, estarás listo para predicar la vida. Lo demás es ruido de palabras.

    162.11. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  3. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    LA CARTA A LOS EFESIOS

    La carta a los Efesios. Páginas sublimes

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    Pablo había escrito a los de Corinto: “Se me ha abierto una puerta grande y prometedora” (1Co 16,9). ¡Y tan prometedora! Porque aseguran Lucas:

    “Pudieron oír la palabra del Señor todos los habitantes de Asia” (Hch 19,10)
    ¿A qué se refería Pablo?

    A la fundación de la Iglesia de Éfeso, la espléndida capital de la provincia romana de Asia, abierta con su puerto al mar Mediterráneo, en el que convergían todas las provincias del Imperio.

    Los tres años que pasó allí Pablo predicando el Evangelio fueron de una eficacia sin igual: por su extensión, ya que llegó a todas las ciudades del Asia Menor; por su profundidad en las almas, como puede colegirse de la cantidad enorme de libros malos, de magia sobre todo, que pararon en la hoguera, valorados en más de 50.000 monedas de plata; por su permanencia, pues de allí surgieron aquellas Iglesias que durante siglos fueron la gloria de Oriente.

    Ahora Pablo, preso en Roma desde el año 61 al 63, les dirige una carta magnífica, profunda, sobre el misterio de Cristo y particularmente de la Iglesia. La escribe a la vez que la carta a los de Colosas y próxima a la de los de Filipos. Vamos nosotros a deleitarnos con la doctrina sublime de una carta que nos enajena desde el principio hasta el fin.

    Nada más iniciada la carta, al describirnos el plan divino de la salvación, empieza con un himno ardiente:

    “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha colmado con toda clase de bendiciones celestiales en Cristo, porque nos eligió en él antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos, inmaculados, y amantes en su presencia!”

    ¿Nos damos cuenta de lo que nos dicen tan pocas palabras? Ante la generosidad inmensa de Dios, ¿qué toca sino prorrumpir en alabanzas incesantes?... ¡Bendito, bendito, bendito sea Dios!... Porque si nos ponemos a enumerar las gracias celestiales con que Dios nos ha enriquecido, por más que contemos nos vamos a quedar en las primeras cifras, y nunca vamos a llegar al fin. Y delante de nuestros ojos, un ideal sublime: ¡santos, inmaculados, amantes!...

    El himno en que se desata Pablo incluye esas palabras que tantas veces repetimos:
    “Recapitular en Cristo todas las cosas”.
    Es decir, Dios quiere que “todas las cosas tengan a Cristo por cabeza, lo mismo las del cielo que las de la tierra”.

    Este es el pensamiento central de toda la carta: En Cristo encuentra todo su unidad, y todo lo que no está con Cristo y en Cristo está lejos de Dios.

    Cristo llenándolo todo.
    Cristo centrándolo todo.
    Todo arrancando de Cristo.
    Y todo yendo a parar en Cristo Jesús.

    Por eso, Dios empezó por desplegar todo su poder en Cristo, “resucitándole de entre los muertos y sentándole a su derecha en los cielos”. Jesucristo es muy superior a los ángeles, pues está sobre todos ellos.

    Y también está Jesucristo sobre los hombres de todas partes y de todos los tiempos.
    Sobre todos los redimidos. Sobre la Iglesia, que encarna el Reino de Dios.
    Por eso puede Pablo asegurar:

    “Dios le sometió todo bajo sus pies y lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo” (1,20-23)

    Pablo queda como extasiado ante lo que contempla. Mira a los creyentes en Cristo de todos los siglos, y dice con voz emocionada y patética:

    “Dios Padre, les dé a conocer, mediante la acción del Espíritu, que Cristo habita por la fe en sus corazones, “para que fundamentados y arraigados en el amor, “puedan comprender con todos los santos cómo es de inmensa la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, y les llene de toda la plenitud de Dios” (3,16-19)

    Grandioso, sencillamente. Con palabras como éstas ahondamos en el Corazón de Cristo, sondeamos profundidades inmensas, y vemos que nos resulta imposible llegar al final…

    Doctrina tan sublime sobre la vocación cristiana, sobre Cristo y su Iglesia, Pablo la quiere traducir en vida cristina, sin que todo quede en teorías.

    ¿Qué quieren que les diga, hermanos y amigos? Empiecen por la caridad. Piensen en lo que son y en lo que tienen:
    “Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como es una la esperanza a la que y han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos” (4,4-6).

    Y pregunta Pablo: ¿Quieren un consejo que me sale del alma? Miren lo que les digo:
    “No pongan triste al Espíritu Santo de Dios, con el que fueron sellados para el día de la redención” (4,30)
    Aunque nos preguntamos nosotros algo preocupados:

    -¿Es que podemos entristecer, y vamos a entristecer al querido al Espíritu Santo?...

    El pensamiento del Apóstol nos resulta clarísimo al pensar que el Espíritu Santo es el lazo de unión de todo el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia.
    Y todo lo que desune, desedifica, o denigra a la Iglesia y a cualquiera de sus miembros, duele hondamente al Espíritu Santo.

    Se fija Pablo especialmente en la moral familiar, para la cual da también una razón suprema, como es la unión de Cristo con su Iglesia querida:

    - Maridos y mujeres, ¡ámense como se aman Cristo y la Iglesia! Mujeres, miren cómo la Iglesia se da a Cristo… Maridos, ¡miren cómo Cristo se entregó por su Iglesia! (5,21-25)

    Una carta como ésta no es para tenerla escondida entre las páginas de la Biblia.
    Es para leerla, estudiarla, meditarla y convertirla en vida. Nada más empezar, nos muestra a Dios soñando en nosotros desde toda la eternidad, como preguntándonos:

    -¿No quieren ser como mi Hijo Jesús?... En sus manos dejó el responder a esta mi ilusión divina: santos, inmaculados, amantes… ¿Verdad que lo quieren ser?...
     
  4. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    PREDESTINADOS Y ELEGIDO

    Predestinados y elegidos. De eternidad a eternidad.

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    La ciencia moderna nos tiene asombrados cuando nos habla hoy del origen del mundo, con eso que los científicos llaman el “Big bang” o gran estallido que originó el Universo. Dicen que se produjo hace unos dieciséis mil millones de años. ¡Como quien no dice nada!... Entonces empezó a existir la materia y comenzó a correr el tiempo: ¡Dieciséis mil millones de años nada más!...

    Pues, bien; supongamos que Pablo vive todavía en el mundo, metido en su desierto de Arabia o predicando en la planicie de Galacia, y le damos esta noticia, este descubrimiento de la ciencia. ¿Saben lo que haría y nos contestaría Pablo? No mostraría ninguna extrañeza ni ninguna emoción. Se limitaría a decir:

    ¿Dieciséis mil millones de años? Si eso no es nada… Porque antes, mucho antes, desde toda la eternidad, ya existía Jesucristo en la mente de Dios. Desde toda la eternidad había ordenado este Universo en orden a Jesucristo. Y no sólo a Jesucristo, sino a nosotros, que nos soñó hijos en su Hijo, a fin de que Jesucristo y nosotros viviéramos después siempre con el mismo Dios en su misma gloria y felicidad.

    Para cuando apareció aquel “Gran estallido” del que hablan ustedes, hace tantos miles de millones de años, ya éramos veteranos nosotros en la mente de Dios, y teníamos además por delante una vida que no acabaría jamás, porque la vida posterior sería tan larga, tan eterna, como lo había sido la anterior.

    ¡Vaya discurso que nos echaría Pablo si le fuéramos con noticia semejante! No se lo hubiera soltado a los sabios griegos en el Areópago de Atenas con más elocuencia que a nosotros ahora.

    Muy bien, amigas y amigos, ¿fantaseamos hoy demasiado, al hablar así de lo que nos dice la ciencia moderna sobre la creación, mirado todo a la luz de la revelación de Dios por medio de Pablo?

    No, no fantaseamos. Esto es lo que nos dice Pablo sobre nuestra predestinación, nuestra elección y nuestra glorificación nada más abrimos la carta a los de Éfeso. Vemos que ésa es la realidad. Que ése fue el sueño divino alimentado por Dios desde toda la eternidad. Y que, por toda la eternidad que viene, ésa va a ser la dicha sin fin que nos espera.

    Empieza Pablo su afirmación categórica con palabras emocionantes, y tantas veces repetidas:

    “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales en Cristo, por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e intachables por el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo”.

    Esto es grandioso, sin más.

    Un santo y mártir jesuita comentaba estas palabras comparándolas con la ilusión inefable de una madre que espera al niñito que viene.

    - ¡Nueve meses! ¡Ya no faltan más que seis meses, tres meses, un mes nada más!... ¿Y cuándo tendré en mis manos al bebé que llega para besarlo, para acariciarlo, cuándo?...

    Esos nueve meses inefables de la mamá, en Dios fue toda una eternidad:

    - ¿Cuándo tendré a mi Hijo convertido en Jesús, en Jesucristo, y con Él a una multitud más de hijos que serán felices conmigo por siempre?...

    Esta es la primera etapa de esa eternidad anterior descrita por Pablo, incluidos en ella los miles de millones de años que pasaron desde la creación hasta la venida de Jesús al mundo.

    Se presenta después la segunda etapa, la de Jesucristo entre nosotros, desde la Encarnación a la Ascensión y a su vuelta gloriosa al final de los tiempos. El apóstol San Pablo nos presenta a Jesucristo entre nosotros rescatándonos con su sangre, la cual nos ha merecido “el perdón de los pecados” (1,7)

    Para Jesucristo fue esta etapa de su vida en la tierra la de la expiación de la culpa de la Humanidad, realizada por su muerte sufrida en la cruz.

    Murió Jesús. Pero vino la respuesta de Dios. La Víctima del Calvario era vivificada por el Espíritu Santo, y asumida por el Padre que la glorificaba en el Cielo, como dice Pablo:

    “Dios desplegó toda su potencia en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en los cielos, por encima de cuanto existe en este mundo y en el otro” (1,20-21)

    Allá subió Cristo, que ascendía a las alturas llevando consigo a una multitud inmensa de redimidos (2,8)

    Seguimos metidos en esta segunda etapa, con el empeño de Dios de hacer que “todas las cosas, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, se vayan centrando en Cristo como cabeza de todo lo creado" (1,10), “pues todo fue creado por Él y para Él” (Col 1,16).

    Esta es la etapa de la Iglesia, a la que Jesús confió el desarrollo del Reino de Dios, con la proclamación del Evangelio a todo el mundo, hasta que se complete el número de los elegidos.

    ¿Cuánto durará esta etapa segunda? No lo sabemos. Es un secreto que se ha reservado Dios. Llevamos hasta ahora dos mil años, y no se acabará hasta que haya entrado el último de los predestinados. Dios no tiene ninguna prisa, y pueden faltar aún muchos milenios, hasta que se forme una familia inmensa, digna de la grandeza y del amor de Dios.

    Entonces vendrá la tercera y última etapa, cuando Jesucristo vuelva al final de los tiempos, glorioso y triunfador, para reunir a todos los elegidos desde un extremo al otro de la tierra, y ofrecer al Padre el Reino conquistado. Entonces, como expresa Pablo, vencidos todos los enemigos y puestos bajo sus pies, entregará el Reino a Dios Padre, de modo que Dios sea todo en todas las cosas (1Co 15,28)

    Esta Carta de Pablo a los de Éfeso nos ofrece en un conjunto maravilloso todo el misterio de Jesucristo y de nosotros como familia de Dios.

    Soñados por Dios, no durante miles de millones de años, sino desde toda la eternidad.

    Formada esa familia de Dios durante el tiempo de la vida mortal de Jesús en el mundo y a lo largo de los siglos o milenios que Dios tiene determinados.

    Y completada y consumada al final de los tiempos, para morar en la casa de Dios -en la Casa del Padre, como nos gusta decir hoy-, por siglos eternos…

    ¡Grandioso el plan de Dios!

    Mas grandioso, desde luego, que ese Big Bang o Gran Estallido de los científicos, que nos pasma con sus miles de millones de años, tan cortitos comparados con nuestra eternidad en la mente y en la gloria de Dios…
     
  5. rosasylirios

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    HONRAR A PADRE Y MADRE

    Las Palabras del Angel: Honrar a Padre y Madre

    163.1. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    163.2. ¿Recuerdas ese tiempo en que no recordabas? No es sólo un juego de palabras. Deseo que lances tu mirada a aquella etapa primera de tu existencia en que no podías hacerte cargo de ti; aquel tiempo en que generabas lo que hoy llamas tu pasado, pero que no había pasado sino que pasaba. Ese fue tu primer tiempo, o mejor: tu entrada en el tiempo. Cuando ni siquiera podías percibir el tiempo, el tiempo mismo estaba como por construir en tu mente, que carecía hasta de aquellas referencias que hoy te parecen más obvias.

    163.3. No te gusta recordar la época en que no recordabas, quizá porque nada puedes decir de ella, sino lo que otros te han contado. Pues yo te digo que esto mismo es un gran tesoro, y te hace bien asomarte a esa radical indigencia. La raíz de tu vida no te pertenece; está en las manos, las palabras y las versiones de otros: tus papás, tus hermanos, tus profesores. Me gusta verte en el radical desconcierto que muestras cuando otros pueden hablar de ti y tú mismo no puedes decir si lo que dicen es cierto o es falso. Entonces te ves como obligado a confiar, y eso es lo que me parece bueno y saludable para ti.

    163.4. En efecto, esa altiva suficiencia que marca tu época tiene su comienzo en una mentira: cada persona obra como si se hubiera hecho a sí misma; como si no le debiera nada a nadie; como si nada tuviera que agradecer, nada qué pedir, nadie en quien confiar, nada que esperar. Oír cómo fuiste y exististe más allá de lo que tú mismo puedes siquiera recordar es el mejor recordatorio de cuánto le debes a esa porción de vida que otros han dado por ti.

    163.5. He aquí el sentido profundo de aquel mandamiento de la Ley de Dios: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar» (Éx 20,12; Dt 5,16). ¿En qué consiste esta "honra"? En esa mezcla de humildad y gratitud que te rebasa cuando vuelves a las fuentes primeras de tu existencia y descubres que radicalmente dependiste de muchos, y especialmente de tu padre y de tu madre.

    163.6. Como ves, se trata de un sentimiento muy próximo a lo que es posible y saludable sentir para con Dios mismo. Sin esta capacidad de reconocimiento ante lo que aquellos prójimos —tu padre y tu madre— han hecho por ti, es poco lo que puede sentir el alma ante Dios. Y además, sin esta gratitud ante el prójimo, ¿no será que cada prójimo aparece como una amenaza, como un deber, como una competencia? Si fuera el caso que la primera vez que aparece el "prójimo" en la Ley de Dios es para pedirte que le sirvas o para exigirte que le ames, tendría razón el corazón humano para sentirse forzado en su caridad hacia el prójimo. Mas no es así: este mandamiento que te comento te invita a descubrir que tu primera relación con otros seres humanos estuvo marcada por el puro regalo del ser, hasta el extremo de que tu propia memoria no puede llevar cuenta exacta de lo que has recibido. ¡Tus papás son la primera imagen del amor que se regala, y por eso, en cuanto prójimos, son la invitación humanamente necesaria para que comprendas la hondura y la lógica del amor que Dios te pide porque te lo ha dado!

    163.7. No es este, pues, un mandamiento "de cortesía", "de buenas maneras" o simplemente un modo de llamarte a un deber de justicia con sus debilidades o con la llegada de su edad anciana. ¡Este mandamiento bendito es la puerta de todo el amor al prójimo! Este maravilloso mandato te ayuda a unir el amor a Dios y el amor al prójimo en donde siempre deben unirse: en la entraña de tu ser, allí donde tus ojos ya no pueden ver y donde tu memoria desfallece.

    163.8. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  6. rosasylirios

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    ¿QUÉ ES LO TUYO?

    Las Palabras del Angel: ¿Que es lo Tuyo?

    164.1. ¿Qué es lo tuyo? Usualmente la gente llama "suyo" aquello de lo que puede disponer, es decir, lo que puede manejar o manipular. Es una definición incompleta y miope. De acuerdo con ella, nadie debería considerar como "suyo" su pasado, simplemente porque carece del poder de manejarlo a capricho.

    164.2. Lo más grave de esa mala definición sobre lo "propio" es que distorsiona el modo como las personas tratan aquello que creen poseer, como por ejemplo, su cuerpo, su dinero o sus conocimientos. Dios en su amor tiene lecciones también para esa dimensión de vuestro ser. De ello quiero hablarte hoy.

    164.3. Muchas veces la Escritura te presenta a Dios como el Dueño y Señor. Te recuerdo particularmente aquel texto: «¡Ay de quien litiga con el que la ha modelado, la vasija entre las vasijas de barro! ¿Dice la arcilla al que la modela: "¿Qué haces tú?," y "¿Tu obra no está hecha con destreza?" ¡Ay del que dice a su padre!: "¿Qué has engendrado?" y a su madre: "¿Qué has dado a luz?" Así dice Yahveh, el Santo de Israel y su modelador: "¿Vais a pedirme señales acerca de mis hijos y a darme órdenes acerca de la obra de mis manos? Yo hice la tierra y creé al hombre en ella. Yo extendí los cielos con mis manos y doy órdenes a todo su ejército» (Is 45,9-12).

    164.4. Los oídos humanos, acostumbrados a mirar el poder como derecho al capricho, tienden a leer estas palabras como una declaración que Dios hace de su prepotencia y de su fuerza arbitraria. Mas el sentido no es ese, como bien te lo recuerda el libro de la Sabiduría: «El actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién se podrá oponer a la fuerza de tu brazo? Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas Tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida» (Sab 11,21-26).

    164.5. ¡Ahí lo tienes! ¡Qué preciosa palabra! "Tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida": he aquí la manera de realmente poseer las cosas: amarlas. Esto es tan cierto, que Satanás, en su delirante pretensión de no reconocer el poder de Dios, por lógica y necesaria consecuencia tuvo que abrir las toldas del odio, que Dios no había creado, para hospedarse en la pésima tienda del desamor, única en que estaba seguro que Dios no entraría. Así tienes una primera respuesta, resumida hermosamente en la palabra "amor". No es tuyo lo que no amas, aunque ciertamente amar no es lo único necesario para que te sientas autorizado de considerar tuyo a algo o a alguien.

    164.6. El otro elemento necesario para que consideres tuyo algo es que sea Dios quien te lo conceda. Todo es de Él, porque Él nos ha creado a todos; pero tú no eres el creador y por eso sólo de un modo secundario y derivado posees las cosas, incluso aquellas cosas que posees con libertad y en amor. Ese modo tiene su fuente en lo que Dios te otorga; de ahí la advertencia de Moisés: «Ahora, Israel, escucha los preceptos y las normas que yo os enseño para que las pongáis en práctica, a fin de que viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que os da Yahveh, Dios de vuestros padres» (Dt 4,1). Y también: «Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que Yahveh tu Dios te da para siempre» (Dt 4,40).

    164.7. Una última amonestación sobre nuestro tema proviene del corazón encendido del apóstol Pablo: «Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa» (1 Cor 7,29-31).

    164.8. Recibe, pues, las cosas todas como de las manos de Dios, que son fuertes y sabias; poséelas con libertad de modo que no sean ellas las que te posean, y de modo también que en ellas tenga siempre autoridad el amor de Dios que fue el que las hizo ser; y ante la certeza de su carácter básicamente transitorio, utilízalas con generosidad a favor de tus hermanos, según el consejo de Cristo: «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,33-34).

    164.9. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  7. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    ¡VEN, ESPÍRITU SANTO!

    ¡Ven, Espíritu Santo! El único Espíritu de la Iglesia

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    Empezamos hoy con una pregunta: ¿Qué nos dice Pablo sobre el Espíritu Santo? ¿quién era el Espíritu Santo para San Pablo?...

    Porque en los Hechos de los Apóstoles, y después en sus cartas, Pablo trata al Espíritu Santo de una manera tal que lo cita continuamente, le atribuye toda la vida de la Iglesia, lo ve mover la existencia entera del cristiano.

    Pablo sabe que al Espíritu Santo le debe su misión, desde que en la asamblea de Antioquía se escuchó aquella voz:
    “Sepárenme a Saulo y Bernabé para la obra a que los tengo llamados” (Hch 13,1)
    A partir de este momento, el Espíritu lo guía o le detiene los pasos, de modo que Pablo no es más que el instrumento dócil que cumple siempre un encargo superior.

    En la vida y en las cartas de Pablo, el Espíritu Santo está siempre activo, siempre se mueve, nunca está sentado en su trono de gloria para recibir adoraciones aunque sea Dios.
    El Espíritu Santo que conoce Pablo no tiene más preocupación que la Iglesia y cada uno de los hijos e hijas de la Iglesia.
    Mientras la Iglesia peregrine en la tierra y haya un cristiano en el mundo, el Espíritu Santo no se tomará el descanso divino que le corresponde en la gloria.

    Al hablar así, no lo hacemos con irreverencia a una de las Tres Divina Personas, sino con un cariño grande al Espíritu Santo, el dulce Huésped de las almas.

    Pablo ve al Espíritu Santo llenando y animando totalmente a la Iglesia.
    La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, el organismo de Cristo, y el Espíritu Santo es el alma que le da vida.
    Es lo que Pablo expresa con estas palabras:
    “Un solo cuerpo y un solo Espíritu” (Ef 4,4)

    El cristiano, cuando se bautizó, se convirtió en hijo de Dios, en un miembro del Cuerpo de Cristo, y quedó a su vez lleno del Espíritu Santo.
    Así, el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, ha venido a ser el alma de todos los miembros de Cristo, de todo el Cuerpo de Cristo, de toda la Iglesia.

    ¿Y qué quiere Pablo entonces de cada cristiano y de la Iglesia entera?
    Pablo ve a la Iglesia, y a cada cristiano en particular, como un templo del Espíritu Santo, conforme a las palabras tantas veces repetidas:
    “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?”.

    El cristiano no puede destruir en si mismo con la impureza ese templo que es él mismo, ni tampoco destruir con divisiones el templo que es la Iglesia:
    “¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo?”. “Y si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es sagrado, ese templo que son ustedes” (1Co 6,19; 3,16-17)

    Por eso Pablo dice algo duramente:
    “El que no tiene el Espíritu de Cristo, ha dejado de ser un miembro suyo” (Ro 8,9)
    ¿Y quién es el que no tiene el Espíritu de Cristo?...
    Según San Pablo, es aquel que se deja arrastrar de nuevo por aquellas malas tendencias de antes, ya que “los que son de Cristo las tienen clavadas con Cristo en su cruz” (Gal 5,24)

    Pablo ve a la Iglesia como la gran testigo de Cristo, del que da testimonio, como dice a los de Corinto (2Co 3,3) con expresión muy bella:
    “Ustedes son la carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo”.
    A los que son esta carta, les dicta Pablo tres preciosos textos, que lo resumen todo.

    Primero. El Espíritu Santo es don de Dios y prenda de su divina gracia, de su protección, de la vida eterna.
    Y así les dice: “Dios nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu Santo en nuestros corazones” (2Co 1,22)

    Segundo. El amor cristiano es obra del Espíritu Santo.
    Es el Espíritu quien aviva el fuego, desde el momento que se metió dentro de cada uno de los bautizados, conforme a la palabra de Pablo tantas veces repetida:
    “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)

    Tercero. Con el Espíritu Santo en los corazones, se gozan anticipadas las alegrías que se esperan para el Cielo, tan diferentes de la felicidad vana que puede ofrecer la tierra.
    Lo dice Pablo con palabras fuertes:
    “No se emborrachen con vino, causa de libertinaje, sino embriáguense de Espíritu Santo, que les hará estallar en salmos, himnos y cánticos inspirados, para cantar en su corazón al Señor” (Ef 5,18-19)

    Cuando se conoce al Espíritu Santo por lo que nos dice Pablo, se aprecia de verdad eso que se ha dicho del Divino Espíritu: que ilumina, que enciente, que empuja.
    ¡Cómo hace ver los misterios de Dios!
    ¡Cómo abrasa el corazón!
    ¡Cómo impulsa a hacer algo por el Señor!...

    El Espíritu Santo, que nunca está quieto en la Iglesia, no deja tampoco en paz ociosa al cristiano, que, al dejarse guiar por el Espíritu, tiene siempre en sus labios la consabida plegaria: ¡Ven, Espíritu Santo!...

    Entre los himnos de la Liturgia de la Iglesia al Espíritu Santo hay uno precioso por demás.
    Cada uno de los versos puede probarse sin esfuerzo alguno con un texto de San Pablo, como si Pablo fuera dictando cada uno de esos versos con palabras propias suyas.
    Dice así ese himno tan bello:

    “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

    “Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

    “Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

    “Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

    “Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”
    .

    Este himno en latín es muy viejo, y muy moderna su traducción a nuestra lengua. Pero, en latín o español, estemos seguros que merece esta firma: Pablo, apóstol de Jesucristo.
     
  8. jerezano

    jerezano Nazareno del décimo sexto tramo

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    Abre una botella de vino, deja que se oxigene, huélela.
    Después cuéntame que es de tu inteligencia, si está bien ser tan torpe, tan inútil tu pérdida de tiempo en éste espacio. Reflexiona. Medita. Sueña despierto. No cuelgues carteles que no lees, no abras cajas cerradas, no fuerces puertas vencidas y cierra la verja del campo.
    Se tu mismo si puedes, cuando te dejen, y si no lo consigues, bébete la botella.
     
  9. SoberanoPoderRomano

    SoberanoPoderRomano Nazareno del décimo sexto tramo

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    ¿Por qué esa tibieza con esta persona que hace lo que de verdad le gusta? Si no fuera por esto que nos dice nada de esto existiría.
     
  10. jerezano

    jerezano Nazareno del décimo sexto tramo

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    Oiga, parece que usted no entendió la meditación propuesta que pertenece a Yanka Kupala, poeta bielorruso fallecido en 1942, y que no era más que eso, una meditación para reflexionar. A decir verdades como puños no he leído un sólo post de quien me antecede, asi que creo que su pregunta nada tibia, está fuera de lugar, a mi cateto entender

    :idea:
     
  11. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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  12. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    ¡VIVA LA VIDA DE DIOS!

    ¡Viva la Vida de Dios! Vivir en gracia

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    Ocurrió en un Encuentro Juvenil. Aquel excelente muchacho, líder indiscutido, es interrogado por antiguos compañeros, no digamos de parranda y vicio, pero sí de loca diversión:
    - Tú, siempre con “La Gracia” en los labios. ¿Qué es para ti La Gracia?

    Y él, con sinceridad espontánea y simpática:
    - ¿La Gracia?... ¡Mi gran negocio! Una verdadera ganga. Si quieren, lo prueban por sí mismos.

    ¿Tenía o no tenía arzón el muchacho?...
    Aunque nosotros, al querer hablar de la Gracia según San Pablo, nos encontramos casi en un apuro. Porque el Apóstol no habla de la Gracia como a nosotros nos gustaría, sino que lo hace a su manera, sobre todo por comparaciones.

    ¿Y qué es entonces la gracia en San Pablo, según esas sus comparaciones suyas?

    La gracia es ante todo una VIDA, la vida de Dios en el bautizado. El muerto quedó convertido en un ser viviente, como confiesa Pablo:
    “Estando nosotros muertos por nuestros pecados, Dios, llevado del exceso del amor con que nos amó, nos dio la vida por Cristo y con Cristo” (Ef 2,5; Col. 2,13)

    Esto es algo grande, algo inimaginable.
    ¡Ser partícipes de la vida de Dios!
    Dios metido en la vida del cristiano porque le ha invadido todo su ser.

    El bautizado es igual que el hierro dentro de la fragua, o la resistencia invadida por la corriente eléctrica. No hay molécula del hierro rusiente que no esté convertida en fuego. Así el cristiano, por la gracia, está convertido totalmente en Dios.

    San Pablo usa muy gráficamente la comparación del VESTIDO. Antes, con la vida de pecado, el hombre era un pobretón miserable y andrajoso. Pero el bautismo, al comunicarle la gracia, le hizo aparecer bellísimo a los ojos de Dios.
    “Todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo” (Gal 3,27). Han quedado “revestíos de Jesucristo el Señor” (Ro 13,14)

    Aunque hay que entender correctamente esta comparación de Pablo. No se trata de un vestido externo, de sólo apariencias, como enseñaba un error fatal. Aquel error decía, y aún se sigue repitiendo por muchos:

    - Aunque seamos pecadores, ¿qué importa? Dios nos echa encima el precioso y elegante vestido de los méritos de Jesucristo, único vestido que Dios mira, no nuestro pecado.
    ¡Jamás admitiremos nosotros en la Iglesia semejante barbaridad!

    El vestido de la gracia transforma al bautizado por completo, por dentro y por fuera, de modo que a los ojos de Dios aparece como hombre impecable, como mujer bellísima…

    Otra comparación familiar a Pablo es la de la IMAGEN: la gracia convierte al bautizado en imagen de Jesucristo. Pablo nos presenta a Dios Padre mirando desde la eternidad a los que iban a responder a su vocación cristiana. Por eso, al determinarse a crearlos:
    “Dios los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo”, de modo que, “así como llevamos la imagen del Adán terreno, llevemos ahora la imagen de Jesucristo, el Adán celestial” (Ro 8,29. 1Co 15,45-49)

    Ninguna fotografía, ningún retrato, ningún cuadro del más célebre pintor, ninguna estatua, pueden representar a Jesucristo mejor que lo copia un bautizado. Quien ve a un cristiano, ve al mismo Jesucristo, de tan fielmente como lo reproduce.

    Y esto, ¿por qué?... San Pablo profundiza mucho más, y presenta al cristiano por la gracia convertido en un MIEMBRO de Cristo, como parte del mismo Cristo:
    “¿No saben que ustedes mismos son miembros de Cristo?” (1Co 6,15)

    El bautizado, al ser miembro de Cristo, se ha convertido por eso mismo en HIJO O HIJA DE DIOS. Esto lleva consigo el derecho a ser “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro 8,15-17), destinados a la resurrección, como asegura Pablo:

    “Cristo transfigurará nuestro cuerpo humilde según la forma de su cuerpo glorioso”.
    “Porque cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros seremos manifestados en gloria juntamente con él”
    (Flp 3,21. Col 3,3-4)

    La gracia ha transformado del todo al bautizado. No importa nada la historia anterior, como atestigua Pablo a aquellos cristianos salidos del paganismo:

    “Han sido lavados, han sido justificados, han sido santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Co 6,11)

    Es decir, se ha realizado en ellos una transformación total y esplendorosa, conforme a otra comparación tan familiar a Pablo: ¡La Luz!

    “Son ustedes hijos de la luz y del día; no son de la noche ni de las tinieblas” (1Ts 5,5)
    “Eran en otro tiempo tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; caminen, pues, como hijos de la luz” (Ef 5,8)
    “Ustedes, cristianos, brillan como antorchas en el mundo” (Flp 2,15)

    Por eso, confiesa Pablo, gozoso de sí mismo y de sus discípulos::
    “Nosotros, reflejando como espejos la gloria del Señor, nos vamos transformando de gloria en gloria a su misma imagen, iluminados por el Espíritu del Señor”,
    “y así irradiemos la gloria de Dios, que resplandece en el rostro de Cristo Jesús”
    (2Co 3,18; 4,6)

    Dios, que es grande en todo, ha querido ser grande en sus regalos. Y con este regalo de la Gracia santificante se ha lucido de verdad.

    Hacernos el Padre participantes de su vida divina, como hijos e hijas suyos…

    Convertirnos en miembros de Cristo…

    Consagrarnos en templos vivos del Espíritu Santo…

    Todo esto es algo inimaginable.

    Aquel muchacho llamaba a la Gracia su “gran negocio”. ¿Tenía o no tenía razón?...

    El Ángel saludó a María llamándola “llena de gracia”. Su Maternidad divina es algo único, ciertamente y plenitud de gracia como en María no se ha dado ni se dará jamás.

    Pero, ¿se puede llamar también a los bautizados los “llenos de gracia”?... Pablo nos ha dicho algo!
     
  13. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    EL "MISTERIO" DE CRISTO

    El “Misterio” de Cristo. Un secreto revelado

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano.




    Hay una palabra en el Nuevo Testamento que es casi exclusiva de San Pablo. Es la palabra “Misterio”, empleada especialmente en la carta a los Efesios, en la cual desarrolla lo que él quiere decir con esta palabra tan sugestiva. Es posible que hoy repitamos cosas ya dichas anteriormente, pero no importa. Tratándose de Jesucristo, siempre resultan nuevas…

    ¿Y a qué se refiere Pablo?

    Empecemos por leer este pasaje célebre, escrito en la prisión de Roma, aunque suprimiendo bastantes palabras para seguir mejor el pensamiento del Apóstol.

    “Yo Pablo, el prisionero de Cristo, recibí por una revelación el conocimiento del misterio de Cristo,
    “misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido revelado ahora a sus apóstoles.
    “A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida la gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo,
    “y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios,
    “manifestado ahora mediante la Iglesia,
    “conforme al designio eterno realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro”
    (Ef 3,1-11)

    ¿Qué quiere decirnos Pablo con palabras tan solemnes? Quiere enseñarnos una verdad tan grandiosa como las palabras que usa.

    “Misterio” no quiere decir algo que no se entiende. Pablo pretende expresar un “secreto” que Dios se guardaba escondido, sin que lo conociera nadie, para manifestarlo cuando llegara el momento propicio.

    Pero, ¿qué era lo que se callaba Dios? Se trataba de lo que iba a realizar con Cristo, especialmente con Cristo Crucificado.

    No convenía que lo supiera nadie, y menos el demonio. Pero, una vez realizado todo, y Jesús ya resucitado de entre los muertos, Dios lo daba a conocer y quería que su Iglesia lo publicara en el mundo entero.

    El “misterio” significaba:

    # que con Cristo Crucificado se había saldado la deuda contraída por la Humanidad ante Dios con el pecado;
    # que con Cristo había vuelto la santidad al mundo;
    # que con Cristo podría la humanidad entera -tanto los judíos como los paganos- entrar en la Gloria, el verdadero paraíso perdido.

    Es interesante seguir el proceso con el que Dios desarrolló su plan, según el pensamiento de Pablo. Nosotros podemos describirlo de esta manera:

    # Dios había creado al hombre en santidad y lo había destinado a la Gloria.
    # Pero el hombre, instigado por Satanás, estropeó en el paraíso todo el plan de Dios.
    # La humanidad entera con Adán se convertía en pecadora.
    # Dios, ofendido, exigía justicia, y el hombre no podía pagar la enorme deuda contraída.
    # No había más remedio que una condenación eterna para todos.
    # Pero, ¿qué sacaba Dios con ello? Hablando a nuestro modo, Dios tenía que aguantar un fracaso total, y dar a Satanás una victoria completa.
    # No podía consentir esto la gloria de Dios, y tampoco lo soportaba su amor.

    Entonces, Dios se decidió desde toda la eternidad, cuando previó este su fracaso, y se preguntó: ¿Por qué no salvo al hombre?...

    Las Tres divinas Personas -como el Alto Mando en una guerra- tuvieron consejo, que debía quedar secreto al enemigo. Y se decidió en estos puntos:

    # como el hombre no puede pagar en justicia a Dios, el que pague tiene que ser Dios;
    # entonces, el Hijo que se haga hombre, que cargue con el pecado de todos los hombres, y que pague por todos sus hermanos;
    # la justicia quedará satisfecha, porque un Dios Hombre, inocente, habrá pagado la enorme deuda del hombre pecador;
    # ante tanto amor del Hijo, obediente hasta la muerte de cruz, Dios se rendirá y devolverá al hombre todo lo que había perdido instigado por el demonio;
    # el Hijo, el Crucificado, resucitará, porque siendo Dios no puede estar bajo el dominio de la muerte;
    # como el Hijo hecho Hombre unirá en Sí a todos los hombres, todos resucitarán después con Él y podrán entrar en la misma Gloria del Hijo.

    De este modo.

    # Dios, en su justicia, habrá quedado plenamente satisfecho y habrá triunfado su amor.
    # El Hijo hecho Hombre será el centro de toda la creación.
    # El hombre, salvado, recobrará todos los bienes para los que fue creado.
    # Y Satanás quedará burlado con una derrota total.

    El plan de Dios se ejecutó en el momento previsto, “cuando llegó la plenitud de los tiempos, y el Hijo se hizo Hombre, nacido de una mujer” (Gal 4,4)

    La Mujer, elegida por Dios desde toda la eternidad como segunda Eva, era María. Dios la predestinaba con el mismo decreto con el que determinaba la encarnación de su Hijo.

    Pablo, que pensaba todo esto, escribirá orgullosamente ante el triunfo de Dios y de su Cristo:

    “Allí donde abundó el delito, sobreabundó la gracia” (Ro 5,20)

    Y acabará con un párrafo grandioso escrito a los Efesios:

    “Dios les conceda comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento, y se llenen de toda la plenitud de Dios” (Ef 3,17-19)

    ¡Cristo Jesús!

    He aquí el mayor secreto de Dios, guardado celosamente desde toda la eternidad, y anunciado y publicado después como la noticia más sensacional y de mayor resonancia.

    ¿Quién tan conocido como Cristo Jesús? Nadie…
    ¿Quién más amado como Cristo? Nadie…

    ¿Quién con más influencia que Cristo en el mundo? Nadie…

    El Padre le dijo desde toda la eternidad: Hijo mío, vete y salva al mundo.

    El Espíritu Santo, lo tomó por su cuenta:
    Yo lo haré Hombre nacido de una Mujer.

    El Hijo respondió: -¡Aquí estoy!…
    Este es el drama ideado y realizado por Dios.

    Y los hombres, los grandes beneficiarios, nos limitamos a decir: -¡Gracias, Señor Dios nuestro! ¡Qué bien sabes hacer las cosas!...
     
  14. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    VIDAS RIMADAS

    Las Palabras del Angel: Vidas Rimadas

    165.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    165.2. Aunque tú eres tú, y Dios te ama a ti, ello no excluye sino que incluye que tú también eres parte de un significado más grande, de una historia más amplia, de un camino que te antecede, te rebasa y te trasciende.

    165.3. Una importante señal de madurez humana y espiritual es la capacidad de comprender en el corazón el alcance de las palabras que te acabo de decir. Así como los niños sólo se interesan por aquello que produzca placer o necesidad en ellos mismos, así también la seña principal de la inmadurez espiritual es poner la propia vida continuamente en el centro de la propia atención, como si todo lo que Dios tuviera que hacer o todo lo que Él quisiera realizar se limitara a solucionar los problemas de un individuo particular.

    165.4. La verdad es muy otra. Dios quiere escribir poesías enteras y cantos magníficos con vidas humanas. Así como una palabra rima con otra palabra, así también hay vidas que hacen rima una junto a la otra. En español por ejemplo, es fácil armonizar los vocablos "amor" y "dolor", de modo tal que ninguno de los dos dice lo que los dos juntos dicen. Eso mismo pasa en esa pizarra inmensa que es la Historia de los hombres. Tu vida hace armonía con otras vidas, algunas que tú conoces y otras que no conoces; algunas que a ti te gustaría y otras que no en modo alguno te agradan; algunas que quisieran y otras aun sin quererlo.

    165.5. Tal vez el ejemplo más bello que puedo darte de vidas en rima es el matrimonio de José y María. Bien sabes que inicialmente no fue su voluntad la que los unió, pero más allá de las voluntades humanas, en este caso familiares, fue Dios el que quiso construir con ellos el verso más hermoso de la historia humana. Así como dos palabras riman cuando en parte coinciden y en parte difieren, y siempre sucede coinciden en su final y difieren en su principio, así también fue Cristo la coincidencia absoluta del amor que les unió y el término y meta de todo su afecto; y fue su diferencia el distinto origen y diverso pasado de sus familias y caracteres.

    165.6. En José tienes al más humilde de los descendientes de David; sabes por la Escritura de dónde procede y te admira que una dinastía tan ilustre haya venido a tan modestos términos. Mas la Escritura no esclarece el origen de María. Según su sensibilidad y sus barruntos los estudiosos ya la hacen hija también de la casa de David y de Judá, ya la relacionan más bien, en razón de su parentesco con Isabel, con el linaje de Leví. Lo cierto es que, en los términos que tú y tus hermanos los hombres conocen las cosas, no es posible absolver esta cuestión. No me corresponde tampoco a mí resolverla, pues mi presencia en tu vida no es para ampliar el ámbito de lo que te enseña la Sagrada Escritura, ni para reemplazar el tesón de los investigadores y teólogos, o la sabiduría de tus legítimos pastores. Más bien quiero que medites en lo que te estoy destacando: José es la altura reducida a la humildad; María es la nada levantada a majestad.

    165.7. En efecto, si Jesús es verdaderamente rey, es claro, según el orden de las dinastías y la promesa hecha por Dios, que el rey de Israel y de Judá... ¡era José! Nadie se lo reconoció nunca, nadie derramó el cuerno de aceite perfumado en su cabeza, no hubo cantos ni alegres danzas el día de su coronación, ni un ejército —aparte de la legión de ángeles que le acompañó siempre— que custodiara su retirada a Egipto; pero él era el rey: el más humilde de todos los reyes: él era la altura llevada a la grandeza de lo que sólo Dios conoce.

    165.8. ¿Y María? Como virgen bella y pudorosa, también su origen ha quedado recatadamente cubierto por la discreción del Espíritu Santo. Cuando aparece en la Biblia ya es la desposada con José. Y los datos que conoces por fuentes distintas a la Biblia apenas te permiten conjeturar nombres para sus padres, dignos ciertamente de veneración y amor, pero tan ocultos con nombre como sin nombre. María es una creación desde la nada, como el Universo mismo. ¡Es la Reina de ese universo, y de una humanidad que no conoce a las claras su origen!

    165.9. ¿Ves cómo quiso Dios que Cristo hiciera rimar estas dos precisas vidas? Una balada de esperanzas y dulces paradojas fue el hogar de Nazareth. ¡Es tan bello! Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  15. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    ¡PERFECTOS!

    ¡Perfectos! Nada de medianías. El crecimiento en Cristo

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    ¿Sabemos cómo San Pablo quiere al cristiano? Eso de “niños grandes”, como decimos despectivamente nosotros, no le entra a Pablo en la cabeza. Al cristiano lo quiere adulto, en pleno desarrollo, hasta ser un tipo completo, con la misma talla de Jesucristo.

    Empezamos hoy con un texto magnífico de la carta a los Efesios, en el que Pablo nos presenta a Cristo disponiendo muy bien las cosas en su Iglesia. Y grita el Apóstol:
    “Lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de un hombre perfecto, a la plena madurez en Cristo”..

    ¿Y esto, para qué?...

    “Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error".

    ¿Y cómo se consigue ideal semejante?

    “Practicando la verdad en el amor, crezcamos en todo hasta llegar a ser como aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef 4,12-15).

    Aquí Pablo habla de dos clases de cristianos. Unos son perfectos, mejor dicho, trabajan tanto por ser perfectos, que van creciendo siempre por la fe, por el amor, por su esfuerzo y contando con la gracia de Dios, hasta que llegan a un desarrollo pleno, asemejados en todo a Cristo Jesús el Señor. ¡Qué elogio el de estos cristianos, hombres y mujeres de belleza sin igual!...

    Al hablarnos Pablo de esta manera, nos da ocasión para decir algo de la perfección cristiana tal como la entendía él. Esa perfección es el empeño por un crecimiento tal en la fe y el amor, que al fin se consigue una semejanza completa con el mismo Jesucristo.

    No significan otra cosa las palabras que Pablo nos acaba de decir:
    - plena madurez en Cristo,
    - por un conocimiento cada vez mayor del Señor,
    - vivido por un amor ardiente que crece sin entibiarse nunca.

    “Crezcamos por todo en Cristo” (Ef 4,15). Aquí está fuerza mayor de todo lo que nos dice San Pablo, confirmado por él con palabras inolvidables:

    “Para mí el vivir es Cristo” (Flp 1,20), “de manera que ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)

    Por eso, porque Pablo lo siente y lo vive, tiene autoridad para pedirnos: “Tengan ustedes los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5)

    Si analizamos estos textos de Pablo, adivinamos que él mismo se pudo preguntar muchas veces como un examen de conciencia:
    ¿Qué pienso? Lo mismo que Jesús.
    ¿Qué quiero, qué deseo? Lo mismo que Jesús.
    ¿Qué amo, y cómo amo? Lo que amaba Jesús y como lo amaba Jesús.
    ¿Qué hago? Lo mismo que haría Jesús.
    ¿Cómo rezo, cómo trabajo, cómo cumplo mis deberes? Igual que Jesús.
    ¿Cuál es el motor de mi vida? Jesús, y nadie más.
    ¿Qué pasos doy en mi vida? Los que daría Jesús.
    ¿Cómo sufro, al llegar el dolor? Como sufrió Jesús.
    Hasta que mi corazón no sea el mismo Corazón de Cristo, no habré llegado a la perfección de Cristo en mí.

    Así pudo preguntarse y examinarse Pablo, sacando para sí la conclusión que dictaba a sus discípulos:

    “Permanezcan perfectos en la voluntad de Dios” (Col 4,12), decía a los de Colosas.
    Y les añadía a los de Roma:

    “Transfórmense de manera que cumplan la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Ro 12,2)

    Era como decirles:

    - Si queremos ser perfectos, yo como ustedes, lo conseguimos plenamente al cumplir la voluntad de Dios en todo, como la cumplía el Señor Jesús.
    Entonces Dios Padre, Jesús y nosotros, vendremos a ser una sola cosa y poseer la perfección a que Dios nos llama.

    Este modo de hablar es el que emplea Pablo con Timoteo:
    "Así el hombre de Dios y la mujer cristiana se encuentran perfectos y preparados para toda obra buena” (2Tm 3,17)

    Tenemos en nuestros días a la Madre Teresa. ¿Cómo pudo realizar tales prodigios entre los más pobres y ser la admiración del mundo? Porque amaba con el mismo corazón de Cristo, según su frase famosa a las Misioneras de la caridad: “Nuestro compromiso no es con los pobres, sino con Cristo”.

    Así pudo amar a los pobres como los ama el mismo Jesús y hacer por ellos lo que sólo Jesús hubiera hecho.

    Cuando San Pablo habla dos o tres veces de los cristianos “niños” se refiere a la debilidad de su fe. No conocen lo suficientemente a Cristo, y de aquí vienen sus dudas, su estancamiento, su ningún progreso en la perfección cristina.

    Pablo no los desprecia, pero les dice con cierto cariño:

    Sean niños en malicia, pero maduros por su mentalidad”, por sus criterios (1Co 14,20)
    Por eso encarga a los evangelizadores, que se dedican a robustecer la fe en las Iglesias:
    “Anunciamos a Cristo, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,28).

    La fe en Cristo Jesús va acompañada de un amor ardiente. Esto, por supuesto. Pablo sigue con sus frases atrevidas, y dice de sí mismo que él ama “con las mismas entrañas de Cristo” (Flp 1,8)
    Si esto era verdad, entendemos toda la vida de Pablo. Al tener el mismo corazón de Cristo, ¿con qué corazón iba a amar y de qué manera iba a amar?...

    Pablo tiene unas palabras arrebatadoras.
    Aludiendo a su conversión, dice que Jesucristo le miró, se tiró detrás de él, y le alcanzó. Atrapado por Cristo que se le puso delante, ahora es Pablo quien se tira detrás del Señor en una carrera frenética, y nos confiesa:
    “No es que lo haya conseguido a estas horas o que ya sea yo perfecto, sino que sigo en mi carrera hasta alcanzar a Cristo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Flp 3,12)

    Dios no deja a nadie solo en esta tarea de llegar a la perfección en Cristo Jesús. Pues le asegura Pablo:
    “Quien empezó en ustedes la buena obra la irá perfeccionando hasta el Día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)

    Ante la medianía y la pobreza espiritual que hoy padece gran parte del mundo, la Iglesia puede ofrecer en muchos de sus hijos un gran ideal: ¡Perfectos como Jesucristo, el Hombre dechado de toda perfección!

    ¿Quién gana en belleza al hombre y a la mujer que se han desarrollado plenamente en Cristo Jesús?... ¡Nadie! No hay hombre o mujer más cabales.
     
  16. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    EL SANTO QUE SANTIFICA

    Las Palabras del Angel: El Santo que Santifica

    166.1. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    166.2. Una cosa que nunca debes olvidar es que el pecado siempre es más grande y siempre es más pequeño de lo que piensas. La meditación sobre la gravedad del pecado es tan importante como la meditación sobre su estruendosa derrota ante el avance de la gracia.

    166.3. Estas dos realidades van siempre unidas y hay que recordarlas y predicarlas siempre juntas: primera: el pecado es más fuerte que tú; segunda: la gracia de Cristo es más fuerte que el pecado. Si olvidas lo primero, vivirás engañado; si olvidas lo segundo, vivirás deprimido. Si te falta lo primero creerás que vas muy adelante mientras el demonio engulle las fuerzas de tu alma; si te falta lo segundo, serás incapaz de creer en las promesas de Dios. Si olvidas lo primero nunca aprenderás de tu pasado; si descuidas lo segundo nunca sentirás confianza para el futuro.

    166.4. El pecado es más grande de lo que piensas porque es ofensa a Dios, y eso lo dice todo; el pecado es más pequeño de lo que piensas porque el mismo Dios Creador es el Dios Redentor. El demonio quiere que no descubras la gravedad del pecado, para que sigas pecando; el demonio también quiere que, al descubrir que has pecado, te desesperes y desalientes de modo que seas incapaz de confiar en la misericordia de tu Señor. Con lo primero quiere que pierdas la inocencia; con lo segundo, que no hagas penitencia. Primero quiere que confíes en ti de tal modo que hagas un dios de tus caprichos; luego pretende que desconfíes de Dios, de modo que te sientas ya como un condenado. Y así, jugando a ser "dios" toda la vida, el desventurado hombre llega a las puertas de la muerte, cuando la comedia se vuelve tragedia y lo que era "juguemos a ser dios" se convierte en "lloremos que nos hemos condenado".

    166.5. La verdadera sabiduría, pues, está en reconocer la piedad de Dios que perdona, y admirar la majestad de Dios que a todos desborda y trasciende. Mírale puro, en su pureza inefable, y deduce de ahí cuál es la seriedad de tus culpas; mírale purificador, en su amorosa y eficaz fuerza para purificarte, y concluye de esta mirada qué victoria tan maravillosa puede Él tener en tu vida. Él es el Puro que purifica; el Limpio que te limpia; el Santo que te convierte y santifica. A Él honor, amor y alabanza por los siglos.

    166.6. Deja que te invite a la alegría. Dios te ama; su amor es eterno.
     
  17. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    EL MATRIMONIO CRISTIANO

    El Matrimonio cristiano. Un misterio grande.

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano.





    Al leer la carta de Pablo a los Efesios nos quedamos sorprendidos cuando llegamos a un punto determinado. Quiere el Apóstol dar consejos sobre la vida cristiana, y, al hablar a los casados, se eleva a unas alturas teológicas y místicas sorprendentes (Ef 5,21-33)

    Viene a decirles sin más:

    -Esposos, ¿saben quiénes son ustedes? Son Cristo y su Iglesia. Porque Cristo los ha tomado como el signo viviente de lo que Cristo es y hace con su Iglesia.
    ¿Y quieren saber cómo se deben portar entre los dos? Miren a Cristo, miren a la Iglesia, y hagan ustedes exactamente lo mismo que Cristo y la Iglesia se hacen el uno con el otro.

    Es curioso este modo de hablar. Para explicar lo que es Cristo y su Iglesia, Pablo recurre al matrimonio:

    -¡Jesucristo se ha desposado con la Iglesia! La Iglesia y Jesucristo son dos enamorados, y se quieren tanto y se dan con tanto amor el uno al otro, como dos esposos que se aman intensamente.

    Ante este hecho, Pablo se dirige después al marido y a la mujer, para decirles:
    -¿Quieren saber lo que tienen que hacer ustedes para que su matrimonio sea perfecto y sea feliz? No tienen más que mirar lo que le hace Cristo a su Iglesia y lo que la Iglesia le hace a Cristo. Hagan ustedes lo mismo, y no se van a equivocar.

    Así, de una manera tan elevada y sublime, habla Pablo sobre el matrimonio, del que dice las palabras famosas:

    “El matrimonio es un misterio grande, referido a Cristo y a su Iglesia”.
    El matrimonio, es una estampa de Cristo y la Iglesia. Y Cristo y su Iglesia son el modelo del matrimonio cristiano.

    Pablo se remonta al Antiguo Testamento y se encuentra con los amores de Dios e Israel, de los cuales dice Isaías:

    “Como un joven se casa con su novia, así te desposa tu Creador; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará Dios contigo” (Is 6,5),

    Llega el Nuevo Testamento, y el Apocalipsis ve a la Iglesia “como una novia engalanada para su esposo”, por el que está suspirando: “¡Ven!” (Ap 21,2; 22,17)

    Viene ahora Pablo y, en esta carta a los de Éfeso, nos pinta unos trazos sublimes de esta realidad del desposorio de Cristo con su Iglesia:

    “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola con el baño del agua, para presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga, ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada”.

    Vale la pena pensar en estas expresiones de Pablo. Jesucristo, al venir al mundo, se buscó una novia para desposarse con ella. Esa novia no era otra que la humanidad. Pero, ¿cómo encontró a la humanidad?
    Sumida en la mayor abyección. Pecadora a más no poder. No pasaba de ser la prostituta más repugnante. Y, sin embargo, Jesucristo se dijo:

    -¡Con ésta, con ésta me he de desposar!

    ¿Y qué hace Jesucristo para convertir a esa novia tan abyecta en la mujer más preciosa?
    Nada menos que entregarse por ella a la cruz. Con el detergente de su propia Sangre, Jesucristo lavó, purificó, embelleció a la humanidad caída de tal manera, que la convirtió en una novia resplandeciente de hermosura, hasta poder exclamar enajenado:

    -¡Qué belleza la de esta Novia mía!

    Jesús aplica su Sangre purificadora a cada alma con el Bautismo. La limpia, dice Pablo, “con el baño del agua”, que elimina todo pecado, toda mancha.

    Los lectores de Pablo entendieron perfectamente la comparación. En Grecia y Asia Menor lavaban a la novia, con ritos particulares, en las aguas de ríos o fuentes especiales, y así limpia la adornaban y embellecían después para presentarla al novio, que la recibía al verla deslumbrante de hermosura.

    Pablo agarra la comparación, y, considerándose responsable de la Iglesia por él fundada, dice a los de Corinto:

    “Tengo celos de ustedes con celos de Dios, pues los tengo desposados con un solo marido para presentarlos como casta virgen a Cristo” (2Co 11,2)

    Ante esta realidad tan sublime del desposorio de Cristo con su Iglesia, viene ahora San Pablo a exponernos toda su teología del matrimonio en un párrafo inolvidable.

    Se dirige primero a los casados, a los que ensalza y a la vez les advierte:

    “El marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo…. Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... Quien ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborrece jamás su propia carne; sino que la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia”

    ¡Hay que ver lo que Pablo pide a los maridos, para ser imitadores de lo que Cristo hizo y sigue haciendo por su Iglesia!... Siguiendo estas pautas de Pablo, el hombre con su machismo se convierte en el caballero más galán…

    Pablo se vuelve después a las casadas, les muestra su condición, y les pide tantos heroísmos como a los maridos:

    “Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo”.

    La tan traída y tan llevada liberación femenina, tan deseada y tan legítima, tiene dentro del matrimonio unos límites infranqueables, los mismos que la Iglesia, ¡tan libre!, tiene con su Esposo Jesucristo.

    Vemos así cómo Pablo presenta la moral matrimonial, y se limita a decir:

    -Mujer, respeta y sométete a tu marido, siguiendo el ejemplo de la Iglesia, siempre obediente a Jesucristo. Mira en tu marido a Cristo, y qué fácil te será complacerle en todo.
    -Marido, vuélcate en amor a tu mujer. Hasta que llegues a morir por ella como Cristo murió por su Iglesia, tienes mucho que recorrer en tu entrega a tu mujer querida.

    Pablo ve en cada acto de los esposos ─desde la intimidad amorosa hasta el más pequeño servicio mutuo─, un misterio sacramental del amor de Cristo con su Iglesia.
    No grita Pablo contra el machismo del hombre ni contra las impertinencias de la mujer. A los dos los considera unas personas llenas de dignidad y de santidad cristiana.

    Comparando Pablo el matrimonio con el celibato abrazado por el Reino de los cielos, dice a los de Corinto que cada cristiano tiene su propio regalo de Dios (1Co 7,7)
    Es de admirar el celibato, ciertamente; pero el matrimonio cristiano es también regalo grande, ¡y tan grande!, del Señor…
     
  18. rosasylirios

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    PABLO Y SUS COLABORADORES

    Pablo y sus colaboradores. Un equipo magnífico

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    Al leer las últimas cartas de Pablo, nos hemos encontrado con una larga lista de saludos inusual. No son precisamente los amigos y amigas de las otras cartas, sino los colaboradores que tiene en el Evangelio.

    En sus cartas les lanza a todos este piropo que no se compra con millones:
    “Apóstoles de las Iglesias, gloria de Cristo” (2Co 8,23)
    Además, les asegura una recompensa inimaginable, el galardón supremo:
    “Sus nombres están escritos en el libro de la vida” (Flp 4,3)

    Y Pablo no dice esto de Pedro, Juan, Santiago, Mateo o Tomás, los apóstoles elegidos por Jesús.
    ¡No! Pablo se refiere a Silas, a Clemente, a Dimas, a Trófimo, a Sópatro, a Segundo, a Gayo, a Erasto, a Tíquico y Artemas, a Zenas y Apolo, a Aristarco, a Urbano, a Epafras, a otros más…
    ¿Qué nombres, verdad?...
    Sí que los hemos oído y leído, pero no caemos en la cuenta de lo grandes que son.

    Nos suenan mucho Bernabé, Lucas, Timoteo, Tito y Marcos, como los más conocidos; mientras que los otros han quedado en la penumbra, pero que son tan gloriosos ante Dios y tan beneméritos de la Iglesia.

    Tiene Pablo muy presentes a las mujeres que le ayudaron mucho y de manara ejemplar en el apostolado.
    Como evangelizadoras, aparte de Febe la diaconisa, cita Pablo a varias con el mismo elogio de muy trabajadoras: Trifena y Trifosa, “que han trabajado por el Señor”; María la judía romana, “que tanto ha trabajado”; Préside, “que ha trabajado mucho en el Señor”

    Y trae además el recuerdo emocionado de aquellas que le sirvieron de manera tan singular: Priscila, que junto con su marido se jugó la cabeza por Pablo; Lidia, la imprescindible de Filipos; la madre de Rufo, “que es también madre mía”
    El trabajo de la mujer en la Iglesia, con responsabilidad propia, no es cosa de nuestros días: es algo tan antiguo como la Iglesia primera de los Apóstoles.

    Eso que dice Pablo sobre los “nombres escritos en el libro de la vida” no nos resulta del todo nuevo, pues el Señor ya se lo había dicho a aquellos que regresaban locos de felicidad después de la misión que les había encomendado:
    “Alégrense, porque sus nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,20)

    Ésta es la dicha de los evangelizadores.
    Éste es el estímulo nuestro cuando queremos trabajar en la obra del Señor.
    Y esta es la gran bendición de la Iglesia: contar con hombres y mujeres entregados, que siguen las huellas de los grandes apóstoles, muchas veces sin apariencias, sin meter ruido, pero cuya generosidad conoce bien el Dios que sabe escribir con letras de oro allá arriba…

    Hemos admirado siempre a Pablo; su obra nos pasma. Pero, ¿habíamos reparado lo suficiente en este hecho que nos ocupa hoy: que siempre contó con unos compañeros magníficos en su obra de evangelización?
    Pablo supo rodearse de hombres con su mismo ideal, enamorados de Jesucristo y entregados del todo a la obra del Señor.

    ¿Qué decir, por ejemplo, de Bernabé? Es una figura muy querida en la Iglesia. Judío helenista, natural de Chipre, en los principios de la Iglesia de Jerusalén realizó aquel gesto tan generoso de caridad con los pobres narrado por los Hechos. Poseía un campo, lo vendió, y puso el dinero a los pies de los apóstoles para que lo distribuyeran entre los necesitados.

    Cuando nadie se fiaba de Pablo, el perseguidor que se había convertido, Bernabé fue el clarividente que tomó al antiguo enemigo y lo presentó confiadamente a los apóstoles y a la primera comunidad de Jerusalén.
    Recordamos a Bernabé en Antioquía, en Chipre, en el Concilio de Jerusalén…
    Bondadoso y humilde, pronto dejó el protagonismo en manos de Pablo, quedándose él en segundo lugar a lo largo de aquella primera misión evangelizadora por dentro del Asia Menor.

    Junto con Bernabé hay que traer obligatoriamente a su sobrino Marcos, que en la primera Iglesia de Jerusalén era tan familiar a los Apóstoles.

    Muchacho joven, acompañó a su tío Bernabé y a Pablo en la evangelización de Chipre
    Durante la primera prisión de Roma, Pablo lo tenía consigo, y en la prisión siguiente le pidió a Timoteo: ¡Tráeme contigo a Marcos!... Señal esto de su valer y de lo mucho que Pablo lo apreciaba y quería.

    ¿Y qué decir de Lucas? Compañero fidelísimo de Pablo, no lo dejó nunca, ni en la prisión de Cesarea ni en las dos cárceles de Roma.
    Escribió con cuidado histórico sin igual su Evangelio, del cual decía un racionalista e incrédulo famoso que era “el libro más bello del mundo”.
    Los que amamos a la Virgen María no sabemos cómo agradecer a Lucas todo lo que nos cuenta de Ella.
    Y sin su otro libro, los “Hechos de los Apóstoles”, tendríamos en el Nuevo Testamento un vacío imposible de llenar.
    ¡Lo que en la Iglesia debemos a Lucas!...

    Tito y Timoteo nos son familiares por las cartas que les dirigió Pablo.
    Tito, convertido del paganismo, fue por designación de Pablo evangelizador de Creta y de Dalmacia.

    Timoteo, el muchacho judío de Listra, llegó a ser el discípulo más mimado y entrañable de Pablo, el cual parece que no podía pasar sin él. Timoteo era débil y algo enfermizo. Pablo, con cariño grande, le recomienda:
    -Está bien tu austeridad, pero toma moderadamente algo de vino, pues lo necesitas por tu débil estómago y por tus frecuentes enfermedades.
    Al leer unas líneas como éstas a Timoteo, adivinamos lo que era Pablo para sus colaboradores: todo amor, todo ternura, todo solicitud de padre.

    Pablo estaba orgulloso de todos los que le ayudaban en el Evangelio.

    “Apóstoles de las Iglesias”, los llama con satisfacción inmensa.
    “Gloria de Cristo”, les dice como elogio sin igual.
    “Inscritos en el registro del Cielo”, les asegura rebosante de gozo inefable.

    Esto eran entonces para Pablo, y esto son siempre para la Iglesia, los anunciadores de la Buena Nueva del Señor Jesús.
     
  19. rosasylirios

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    LA NORMA DEL PEREGRINO

    Las Palabras del Angel: La Norma del Peregrino

    167.1. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    167.2. Con motivo de tu viaje quiero enseñarte dos cosas. La primera es la norma de tu peregrinar en la tierra; la segunda se refiere al uso de los bienes temporales.

    167.3. En cuanto a lo primero, recíbeme esta frase: no te vayas, sin quedarte; no te quedes, sin irte. La primera parte se refiere a la estabilidad y unidad contigo mismo que has de conservar, no importa cuántas cosas cambien afuera de ti. Ningún viaje ha de llevarse todo lo que tú eres, y ninguna transformación exterior, lo mismo que ninguna circunstancia, ha de adueñarse de ti por completo, pues tú ya tienes dueño, como te amonestó Pedro cuando dijo que habías sido rescatado: «con una Sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1,19).

    167.4. Esto es lo que quiere decir: "no te vayas sin quedarte". Haya siempre en ti algo profundo, algo radical que permanece y "se queda". De esto te da testimonio en primer lugar el Santísimo Señor Jesucristo, el cual, aun en medio de las circunstancias más diversas fue siempre el mismo: no lo engrandecieron los aplausos ni lo abatieron las humillaciones; a solas con el Padre su mirada se colma de esa serenidad que luego conserva en medio de las multitudes enardecidas de fervor, de piedad, de entusiasmo o de ira. Él iba por todas partes, pero a la vez "se quedaba" como lo sugiere Juan al decir de Él que es «el Unigénito que está en el seno del Padre...» (Jn 1,18).

    167.5. También es egregio testimonio de esto que te enseño aquel campeón entre los apóstoles, Pablo de Tarso. ¡Cuántas veces te he visto admirarte en la lectura de esos textos llenos de amor y sabiduría, redactados desde una cautividad cruel, injusta y absurda! En verdad era como si Pablo, al tiempo que viajaba por todo aquel mundo antiguo, dejaba reposar su corazón junto al Corazón Sagrado de su Amadísimo Señor y Salvador!

    167.6. Y también nosotros los Ángeles somos testimonio de esto, pues nuestro encargo, al acercarnos a vuestras vidas, recorriendo incluso vuestros caminos, como hizo Rafael, no es "dejar" a Dios sino buscar y amar al hombre amado de Dios.

    167.7. La segunda parte de la enseñanza se resume en esta expresión: "no te quedes sin irte". En efecto, cada viaje te obliga a moverte, pero no te mantiene en movimiento. Quiero decir: siempre llegas a algún lugar. La imagen más sencilla de este movimiento que llega a un término es la noche. Aunque sea en circunstancias a veces incómodas, lo más común es que la noche te obligue a detenerte y hacer posada en algún lugar. Como Jacob, alguna vez tendrás que hacer de una piedra todo tu descanso (Gén 28,11). Esto significa que todo desplazamiento tiene términos. Pues bien, la segunda parte de la frase que te comento te invita a que ese reposo físico sea el comienzo incesante de una peregrinación interior, profunda, espiritual. También en esto Jacob te sirve de ejemplo. Su cuerpo reposa y se hace casi semejante a la muerte, pero Dios llama su espíritu y le hace entrar en un viaje distinto, en un caminar que tiene otro ritmo, ya no el de sus pasos, sino el del vuelo ardentísimo de los Ángeles.

    167.8. Es lo mismo que te enseña Jesucristo: terminada la dura jornada, con sus pies maltratados por la sobrecarga de esfuerzo, aún tiene fuerzas para subir a la montaña. Postrado entonces su camino sigue, ya no con los pies sino con el afecto y la plegaria. Todas esas voces que han resonado en sus piadosos oídos ahora brotan en susurros o gemidos de súplica amorosísima ante su Padre Dios. Por eso dice la frase: "no te quedes sin irte", esto es, aunque llegue el reposo, que no repose el amor, que no cese el anhelo continuo y quemante por la gloria de Dios y la salvación de las almas.

    167.9. De esto sabía bien Pablo, que en tantas cosas es maestro para ti. Cuando su cuerpo se vio confinado por los muros de la cárcel y la dureza de las cadenas, él se supo y declaró libre, y dio rienda a su libertad diciendo: «pero la Palabra no está encadenada...» (2 Tim 2,9).

    167.10. Por eso te digo: "no te vayas sin quedarte; no te quedes sin irte". Te quiero mucho. Otro día te hablo sobre la administración de los bienes temporales, condición saludable de quien es, como tú, peregrino.

    167.11. Deja que te invite a la alegría; Dios te ama, su amor es eterno.
     
  20. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    DIOS NUESTRO SALVADOR

    Dios nuestro Salvador. Bondad sobre bondad

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano.




    La primera carta de Pablo a Timoteo contiene una afirmación tan solemne y tan importante como consoladora sobre el problema más grave que tiene planteado toda persona:

    “¡Dios quiere que todos se salven” (1Tm 2,4)
    ¿Todos?... Luego ninguno queda excluido de la salvación, por enorme que sea su culpabilidad, ya que la sangre del Salvador es más poderosa que todas las culpas de la humanidad entera. El problema de la salvación es hoy muy actual. A muchos hombres y mujeres les falta esperanza, y esta esperanza sólo les puede venir por la seguridad que Dios les da de la salvación.
    ¿Hablamos hoy de esto, teniendo a Pablo por guía?

    En otra carta seria, aparentemente fría, le dice Pablo a su discípulo Tito con aire de emoción: “¡Dios nos salvó!” (Tt 3,4)
    Aunque Dios actuó con un acto libre del todo ─pues Dios no debe nada a nadie─, podemos decir sin embargo que Dios se vio obligado por Sí mismo a salvarnos. ¡Es tan bueno! ¡Ama tanto!...

    Y Dios no tuvo más remedio que ceder ante su propia bondad, ante su amor misericordioso tan inmenso…
    Ésta es precisamente la razón que da Pablo sobre la decisión de Dios, libre por una parte, y, por otra, obligado consigo mismo:
    “Nos salvó por su bondad…, por su misericordia” (Tt 3,4-5). “Pues Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó en Cristo, y así fuimos salvados”
    Pablo lo dice de este modo, a pesar de mantener su afirmación anterior:
    “Éramos todos hijos de ira”, estábamos irremisiblemente perdidos, destinados a la condenación (Ef 2,3-8)

    Desde el principio miramos la salvación como una iniciativa de Dios, que la manda al mundo por medio de Jesucristo.
    ¿Por qué quiso Dios que su Hijo hecho hombre se llamara precisamente JESUS, Yahvé Dios que salva?...
    Porque Dios quería salvar, no condenar.
    Y salvar por medio de Jesucristo.

    Todo lo que decimos de la salvación de Dios según San Pablo, eso mismo, lo vemos plenamente confirmado por San Juan, el otro gran apóstol, que escribe:
    “Así amó Dios al mundo, que le dio su propio Hijo…, y no para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17)

    Hay que espigar en las cartas de Pablo muchas ideas sobre la salvación, algunas de las cuales están ciertamente contra muchas opiniones modernas, según las cuales todos están salvados ya por Jesucristo, sin distinción de buenos y malos, y eso de la salvación no debe preocupar a nadie.

    Desde luego, que Pablo no admite semejante opinión.
    Para Pablo, Dios ha determinado nuestra salvación, y por parte de Dios la salvación es un hecho irreversible, porque las decisiones de Dios son irrevocables y Dios no se tira nunca atrás en sus promesas (Ro 11,29)

    Pero, lo que no falla de parte de Dios, puede fallar por parte del hombre. Por eso Pablo avisa: “Trabajen con sumo cuidado por su salvación”, no por temor a Dios, que no fallará, sino por temor a ustedes mismos, que le pueden fallar a Dios (Flp 2,12)
    En las cartas de Pablo tenemos el caso aleccionador de aquel escandaloso de Corinto. Pablo se vio en la precisión dolorosa de excomulgarlo para darle ocasión de arrepentirse, y daba la gran razón: “A fin de que su alma se pueda salvar en el Juicio del Señor” 1Co 5,5)

    Con esta prudencia ante los ojos -de que Dios nos salva, pero nosotros nos podemos perder-, Pablo es enormemente optimista cuando trata el problema de la salvación, como cuando proclama:
    “¡Ya estamos salvados en esperanza!” (Ro 8,24)
    ¿Por qué? Porque el Dios que nos eligió, ese mismo Dios nos ha hecho santos, nos ha entregado ya la herencia de la vida eterna, y, para tranquilidad y seguridad nuestra, nos ha dado como prenda el Espíritu Santo, que llevamos dentro de nosotros.

    Por otra parte, Dios toma tan en serio nuestra salvación, que, para conseguirla, se ha empeñado en dirigir todos los acontecimientos del mundo de tal modo que todos ellos van encaminados a la salvación de los elegidos (Ro 8,23-30)

    Y hasta nos podemos preguntar: ¿De qué salvación se trata? ¿Sólo de nuestra salvación eterna?...
    ¡No! Pablo tiene una mirada más amplia. Va a ser salvada la creación entera.
    ¡No puedes ser ─viene a decirse Pablo─, que el pecado, metido en el mundo por Satanás, eche a perder para siempre la obra maravillosa de Dios!

    El universo entero será una morada digna de los hijos de Dios que se habrán salvado.
    La creación entera, que ahora participa de la maldición del pecado cometido en el paraíso, participará un día de la gloria que Dios habrá devuelto a la humanidad, restaurada por Jesucristo (Ro 8, 18-22)
    El Apocalipsis nos dice lo mismo que Pablo, aunque algo poéticamente:
    “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra y el primer mar desaparecieron” (Ap 21,1)

    Según San Pablo, estamos ahora en un mundo provisional, mientras esperamos la salvación completa:
    “Ahora gemimos, nos angustiamos, esperando nuestra redención” (Ro 8,23)
    ¡Pero llegará, un día llegará la salvación total!...
    El pecado y todos los males que arrastra consigo, habrán quedado aniquilados.
    La fe se habrá convertido en visión de Dios cara a cara.
    Ya no tendremos que esperar nada, porque lo tendremos todo en la mano.
    Sólo restará un amor intenso y feliz en el gozo de Dios y de todos los salvados.

    ¡La salvación! Un problema tan serio lo sabemos mirar, como Pablo, con ojos ilusionados.
    Nuestra esperanza se apoya en el poder de Dios y en la intercesión de Jesucristo, garantizada por el Espíritu Santo que mora en nosotros.
    Y al mundo, a muchos hermanos que desesperan, sabemos decirles también como Pablo a los cristianos de Roma:
    -¡Venga! ¡Confíen! ¡Que nuestra salvación está más cerca de lo que creen! (Ro 13,11)
    La palabra de Dios es firme, no falla nunca, y si ha dicho que nos quiere salvar, ya verán cómo nos salva a todos los que nos damos a Él con corazón sincero...
     

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