Para meditar

Tema en 'Hoja informativa' comenzado por SoberanoPoderRomano, 15 de Octubre de 2008.

  1. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    DIOS NUESTRO SALVADOR

    Dios nuestro Salvador. Bondad sobre bondad

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano.




    La primera carta de Pablo a Timoteo contiene una afirmación tan solemne y tan importante como consoladora sobre el problema más grave que tiene planteado toda persona:

    “¡Dios quiere que todos se salven” (1Tm 2,4)
    ¿Todos?... Luego ninguno queda excluido de la salvación, por enorme que sea su culpabilidad, ya que la sangre del Salvador es más poderosa que todas las culpas de la humanidad entera. El problema de la salvación es hoy muy actual. A muchos hombres y mujeres les falta esperanza, y esta esperanza sólo les puede venir por la seguridad que Dios les da de la salvación.
    ¿Hablamos hoy de esto, teniendo a Pablo por guía?

    En otra carta seria, aparentemente fría, le dice Pablo a su discípulo Tito con aire de emoción: “¡Dios nos salvó!” (Tt 3,4)
    Aunque Dios actuó con un acto libre del todo ─pues Dios no debe nada a nadie─, podemos decir sin embargo que Dios se vio obligado por Sí mismo a salvarnos. ¡Es tan bueno! ¡Ama tanto!...

    Y Dios no tuvo más remedio que ceder ante su propia bondad, ante su amor misericordioso tan inmenso…
    Ésta es precisamente la razón que da Pablo sobre la decisión de Dios, libre por una parte, y, por otra, obligado consigo mismo:
    “Nos salvó por su bondad…, por su misericordia” (Tt 3,4-5). “Pues Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó en Cristo, y así fuimos salvados”
    Pablo lo dice de este modo, a pesar de mantener su afirmación anterior:
    “Éramos todos hijos de ira”, estábamos irremisiblemente perdidos, destinados a la condenación (Ef 2,3-8)

    Desde el principio miramos la salvación como una iniciativa de Dios, que la manda al mundo por medio de Jesucristo.
    ¿Por qué quiso Dios que su Hijo hecho hombre se llamara precisamente JESUS, Yahvé Dios que salva?...
    Porque Dios quería salvar, no condenar.
    Y salvar por medio de Jesucristo.

    Todo lo que decimos de la salvación de Dios según San Pablo, eso mismo, lo vemos plenamente confirmado por San Juan, el otro gran apóstol, que escribe:
    “Así amó Dios al mundo, que le dio su propio Hijo…, y no para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17)

    Hay que espigar en las cartas de Pablo muchas ideas sobre la salvación, algunas de las cuales están ciertamente contra muchas opiniones modernas, según las cuales todos están salvados ya por Jesucristo, sin distinción de buenos y malos, y eso de la salvación no debe preocupar a nadie.

    Desde luego, que Pablo no admite semejante opinión.
    Para Pablo, Dios ha determinado nuestra salvación, y por parte de Dios la salvación es un hecho irreversible, porque las decisiones de Dios son irrevocables y Dios no se tira nunca atrás en sus promesas (Ro 11,29)

    Pero, lo que no falla de parte de Dios, puede fallar por parte del hombre. Por eso Pablo avisa: “Trabajen con sumo cuidado por su salvación”, no por temor a Dios, que no fallará, sino por temor a ustedes mismos, que le pueden fallar a Dios (Flp 2,12)
    En las cartas de Pablo tenemos el caso aleccionador de aquel escandaloso de Corinto. Pablo se vio en la precisión dolorosa de excomulgarlo para darle ocasión de arrepentirse, y daba la gran razón: “A fin de que su alma se pueda salvar en el Juicio del Señor” 1Co 5,5)

    Con esta prudencia ante los ojos -de que Dios nos salva, pero nosotros nos podemos perder-, Pablo es enormemente optimista cuando trata el problema de la salvación, como cuando proclama:
    “¡Ya estamos salvados en esperanza!” (Ro 8,24)
    ¿Por qué? Porque el Dios que nos eligió, ese mismo Dios nos ha hecho santos, nos ha entregado ya la herencia de la vida eterna, y, para tranquilidad y seguridad nuestra, nos ha dado como prenda el Espíritu Santo, que llevamos dentro de nosotros.

    Por otra parte, Dios toma tan en serio nuestra salvación, que, para conseguirla, se ha empeñado en dirigir todos los acontecimientos del mundo de tal modo que todos ellos van encaminados a la salvación de los elegidos (Ro 8,23-30)

    Y hasta nos podemos preguntar: ¿De qué salvación se trata? ¿Sólo de nuestra salvación eterna?...
    ¡No! Pablo tiene una mirada más amplia. Va a ser salvada la creación entera.
    ¡No puedes ser ─viene a decirse Pablo─, que el pecado, metido en el mundo por Satanás, eche a perder para siempre la obra maravillosa de Dios!

    El universo entero será una morada digna de los hijos de Dios que se habrán salvado.
    La creación entera, que ahora participa de la maldición del pecado cometido en el paraíso, participará un día de la gloria que Dios habrá devuelto a la humanidad, restaurada por Jesucristo (Ro 8, 18-22)
    El Apocalipsis nos dice lo mismo que Pablo, aunque algo poéticamente:
    “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra y el primer mar desaparecieron” (Ap 21,1)

    Según San Pablo, estamos ahora en un mundo provisional, mientras esperamos la salvación completa:
    “Ahora gemimos, nos angustiamos, esperando nuestra redención” (Ro 8,23)
    ¡Pero llegará, un día llegará la salvación total!...
    El pecado y todos los males que arrastra consigo, habrán quedado aniquilados.
    La fe se habrá convertido en visión de Dios cara a cara.
    Ya no tendremos que esperar nada, porque lo tendremos todo en la mano.
    Sólo restará un amor intenso y feliz en el gozo de Dios y de todos los salvados.

    ¡La salvación! Un problema tan serio lo sabemos mirar, como Pablo, con ojos ilusionados.
    Nuestra esperanza se apoya en el poder de Dios y en la intercesión de Jesucristo, garantizada por el Espíritu Santo que mora en nosotros.
    Y al mundo, a muchos hermanos que desesperan, sabemos decirles también como Pablo a los cristianos de Roma:
    -¡Venga! ¡Confíen! ¡Que nuestra salvación está más cerca de lo que creen! (Ro 13,11)
    La palabra de Dios es firme, no falla nunca, y si ha dicho que nos quiere salvar, ya verán cómo nos salva a todos los que nos damos a Él con corazón sincero...
     
  2. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    CON LO QUE DA Y CON LO QUE NIEGA

    Las Palabras del Angel: Con lo que da y con lo que niega

    168.1. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

    168.2. Una pequeña hoguera es menor que un gran incendio. Pero muchas hogueras pequeñas hacen más que un inmenso incendio. No puedes reemplazar las fogatas que arden en cada casa y dan suave calor a los habitantes de cada hogar con una conflagración espantosa que deja sin casa y sin hogar a una multitud.

    168.3. Dios sabe esto mejor que tú y que yo, y por eso el cambia el mundo temperando el rigor de lo que habría que hacer con las limitaciones de lo que puede recibir la debilidad humana. Y así el Dios infinito se deja sentir en suave tibieza y discreto murmullo, tan discreto, en verdad, que no faltan los que temen que simplemente no está.

    168.4. Dime, un sol que de pronto mandara bolas de fuego incandescente a la Tierra, ¿no sería un sol muy "torpe"? Y una nube que resultara enviando moles líquidas de toneladas de agua, ¿no sería una nube muy "tonta"? El sol que hace bien es aquel que tiene la paciencia de peinar cada espiga y acariciar cada racimo. La nube que hace bien es la que baña con delicadeza a las orquídeas y no destruye los frágiles nidos de los gorriones.

    168.5. Así, y mucho más y mucho mejor, obra Dios. Tú ya sabes que Dios provee; lo que te hace falta descubrir con plena conciencia es que su providencia sapientísima todo lo abarca: tus esperanzas, las luces de tu inteligencia, la gente con la que te encuentras, el dolor por tus faltas y el gozo por el bien en flor, en fin, todo, absolutamente todo lo tuyo y a ti mismo.

    168.6. Dios provee con lo que da y con lo que niega; con lo que dice y con lo que calla, con las preguntas que te acosan y las respuestas que aún no te satisfacen, con os ejemplos que te edifican y los escándalos que te desalientan, con el orden que de pronto descubres y el caos que, un momento después, te desconcierta; Dios provee con la paciencia de Él y la impaciencia tuya, con los mandatos que le desatiendes y los anhelos de servirle que de vez en cuando te sobrecogen.

    168.7. Jamás cesa su reino; jamás deja Él de reinar; aún más: la "calidad" de su gobierno no declina, aunque quizá sí decline la luz de los hombres para entender por qué él hace lo que hace y deja de hacer lo que deja de hacer.

    168.9. Ante semejante amor, ¿qué decir, qué hacer, sino bendecir a boca llena tanta bondad? Ves así con diáfana claridad que es más sabio empezar por amar agradecer y alabar, que empezar por tratar de analizar y entender. No es que el amor elimine la comprensión, sino que un querer tan lleno de bondad no puede entenderse sino participando de esa bondad.

    168.10. Deja que te invite a la alegría; Dios te ama, su amor es eterno.
     
  3. SoberanoPoderRomano

    SoberanoPoderRomano Nazareno del décimo sexto tramo

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    Desde "a decir..." no he entendido nada de su mensaje.
     
  4. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    UN SOLO MEDIADOR

    Un solo Mediador. Gozo, confianza y seguridad

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro garcía Misionero Claretiano



    En solo unas cuantas palabras ha encerrado San Pablo una verdadera arenga, íbamos a decir que llena de entusiasmo, pero, digamos mejor, llena de una sabiduría grande y de alcances muy largos.

    Le escribe a su querido discípulo Timoteo:
    -¡Hagan oración en las Iglesias!
    ¡Rueguen por las autoridades, para que tengamos paz!
    ¡Pidan a Dios, el cual quiere que todos los hombres se salven!
    ¡Y confíen, confíen, porque tenemos ante Dios un valedor poderoso!
    ¿Saben quién es? ¡Jesucristo! El único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús. Un Hombre como nosotros, que se entregó a Sí mismo en la Cruz como rescate por todos (1Tm 2,1-6)

    La clave de esta ardiente exhortación se encuentra en una sola palabra: “Mediador”.
    Jesucristo es el puente que une a los hombres con Dios. Un puente por el que Dios baja a los hombres y por el que los hombres suben a Dios. Puente firmísimo, que desafiará los siglos, por inundaciones que se echen sobre el mundo. En una orilla está Dios, en la otra, la Humanidad.

    ¿Y por qué Jesucristo es el único Mediador, capaz de unir a los hombres con Dios?
    Por esto precisamente: porque Jesucristo es Dios, y se mantiene firmísimo en una de las orillas; y porque es también Hombre, y se mantiene firmísimo igualmente en la orilla opuesta. Por Jesucristo Dios, Dios llega a los hombres; y por Jesucristo Hombre, los hombres llegamos a Dios.

    Parece que estamos jugando con las palabras, pero este es el sentido grandioso de esta afirmación de Pablo:
    “Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también”.

    Tal como lo vemos en todo el Antiguo Testamento, los judíos veían en Moisés al gran mediador entre Dios y el pueblo. Y lo fue ciertamente.

    Impresiona a este respecto el capítulo 19 del Éxodo, donde vemos intercambiarse a Dios y el pueblo mediante el caudillo Moisés, con este diálogo:
    Dice Dios: -Moisés, habla así a la casa de Jacob y anuncia esto a los hijos de Israel.
    Habla Moisés: -Pueblo de Israel, estas son las palabras que Yahvé te ha mandado.
    Contesta el pueblo: -Dile a Yahvé que haremos todo lo que nos ha ordenado.

    Pero Moisés fue mediador únicamente en símbolo, en figura, como una representación del Mediador que había de venir, Cristo Jesús. Llegado el momento culminante de la Historia, Jesús realizó con su Misterio Pascual, su muerte y su resurrección, todo lo que la Antigua Ley significaba.
    Jesucristo, Dios y Hombre a la vez, era inmensamente superior a Moisés.
    Como Hijo de Dios, era Dios igual que Dios su Padre. Como hombre, nos representaba plenamente a los hombres sus hermanos.

    Al ofrecerse a Sí mismo como sacrificio en la cruz, agradaba y glorificaba a Dios de una manera plena, total, porque Jesús era Dios.
    Y por eso Dios otorgaba a los hombres el perdón absoluto, con una amnistía completa, anulando la condenación que pesaba sobre la Humanidad por todas sus culpas.

    Mirando a Jesús, el que se ofrecía en sacrificio derramando su sangre, pasma la magnanimidad, la generosidad, el amor inmenso con que iba a la cruz este Hombre sin igual.
    Pablo lo pondera con estas palabras:
    -Comprendemos que haya alguien que se ofrezca a morir por un amigo, por un bienhechor, por un inocente, por una persona buena.
    Pero, ¿quién es el que se ofrece a morir por un criminal?
    Sin embargo, esto es precisamente lo que hizo Jesús, inocente del todo.
    Cargó con nuestros pecados, y murió para que nosotros, los criminales y pecadores, nos salváramos todos ante Dios (Ro 5,8)

    San Pablo, al considerar esto, saca muchas consecuencias de lo que por nosotros hizo Cristo el Señor.
    Es comprensible el gozo que nos llena a los hijos de la Nueva Alianza, a los cristianos.
    Sabemos que estábamos irremisiblemente perdidos, pero Cristo nuestro Mediador respondió por nosotros, ¿y qué ocurrió?

    Cuando nos hallábamos sin fuerzas para salvarnos, y éramos pecadores, inmundos delante de Dios, vino Cristo y murió por nosotros, los impíos...

    Ahora, ¡estamos santificados por la sangre de Jesús, y la ira de Dios ya no nos puede alcanzar!...

    Somos santos, y, por lo mismo, hijos de Dios, el único Santo, que nos ha admitido a un trato íntimo con Él al darnos un espíritu filial, no el de esclavos como antes, que nos hacía temblar ante el Dios justiciero.

    Pablo acaba este párrafo precioso con una confesión llena de orgullo santo:
    “¡Ahora nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido la reconciliación” (Ro 5,6-11)

    Juan en el Apocalipsis exclamará de la misma manera:
    “Al que nos ama y con su sangre nos ha lavado de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para Dios y Padre suyo, a él la gloria y el poder los siglos de los siglos” (Ap 1,5-6)

    Es un gozo contemplar a Jesús, en quien las figuras del Antiguo Testamento se hacen realidad.
    Pasan las sombras, y la luz aparece en todo su esplendor.
    Moisés, el mediador de entonces, simple hombre mortal, deja paso al Mediador verdadero y eterno.
    Jesucristo, el cordero pascual, es sustituido por Jesucristo, el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, y que renueva continuamente en su Iglesia por la Eucaristía el mismo sacrificio del Calvario.
    La Redención, ya no es la liberación de Egipto: sólo un pueblo, Israel, que queda libre, sino la de todos los pueblos, libres de la esclavitud del pecado y de una condenación eterna.
    Los bautizados, ya no son esclavos de una Ley opresora, sino hombres y mujeres libres, hijos e hijas de Dios, sin otra ley que la del Espíritu Santo que llevan en sus corazones.

    Hoy repetimos mucho la palabra de Pablo: “Hay un solo Dios, y un solo Mediador, Jesucristo el Hombre Dios”.

    ¡Qué feliz la sociedad que vive esta verdad grandiosa!
    Vamos a caminar hacia Dios, agarrados de un Hombre hermano nuestro, Jesucristo, que sabe muy bien la senda y que no nos suelta de su mano…
     
  5. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    SOLDADOS

    Soldados. En Pablo, ya se sabe…

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    “¡Aguanta y lucha conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús!” (2Tm 2,3). “¡Combate en noble batalla” (1Tm 1,18). Es un placer escuchar palabras como éstas en labios de Pablo.

    Cuando vemos que se están perdiendo los valores del espíritu por la molicie y flojedad que reinan en nuestra sociedad del bienestar, está bien que la palabra y el ejemplo de Pablo estimulen a la lucha, al heroísmo, a ser valientes en pro de la causa del Reino.

    ¡Y qué expresión tan bella que emplea el Apóstol: Buen soldado!...
    Palabra que hoy le cae tan bien a la mujer como al hombre, cuando vemos a la mujer lucir con tanto garbo como gracia el uniforme de policías por nuestras calles…

    Dejándonos de romanticismos militares, San Pablo nos dice sin más que la vida cristiana es de lucha, y lo declara abiertamente cuando asegura que estamos en guerra con enemigos peligrosos y fuertes, aunque no tenemos miedo, pues reconocemos nuestra superioridad sobre ellos, sometidos como están por Jesucristo.

    Esta lucha cristiana merece una observación previa.
    ¿No ha sido el demonio derrotado por la cruz?
    ¿No ha sido el pecado vencido por la gracia?
    ¿No ha quedado el bautizado convertido en una nueva criatura?
    ¿De dónde viene entonces ahora el luchar para mantenerse fieles a Dios, pues podemos fallar incluso en nuestra salvación?...

    Esto es un misterio, ciertamente. Pero miramos lo que Pablo dice a los de Corinto:
    “Dios es fiel, y no permitirá que sean tentados sobre sus fuerzas. Antes bien, con la tentación les dará el modo de poderla resistir con éxito” (1Co 10,13)

    ¿Y contra quién es la lucha? Pablo no lo duda un instante, y lo dice claramente cuando justifica su proceder:
    “Lo hice así por ustedes en presencia de Cristo, para no ser engañados por Satanás, pues no ignoramos sus propósitos” (2Co 2,10-11)

    Como los demonios, según la creencia popular, andaban sueltos por los aires, San Pablo especifica más claro su pensamiento:
    “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mudo tenebroso, contra los espíritus del mal que están por los aires” (Ef 6,12)

    Es decir, la lucha del cristiano es contra el diablo, que no es algo o alguien que nos hayamos inventado nosotros para dar miedo a los niños, sino un ser perverso y pervertidor, que sabe aliarse con todo lo que nos pueda apartar de Dios.

    Por eso nos previene San Pablo: “Revístanse de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del diablo” (Ef 6,11)

    Partimos, pues, del presupuesto de que la vida cristiana es lucha, combate, guerra declarada. Y Pablo, siguiendo la línea del mismo Jesús, se presenta como verdadero estratega y como un jefe experimentado para ayudarnos a vencer.

    Hacemos bien en poner a Jesús ante nuestros ojos como el primer tentado. La carta a los Hebreos nos dice sin más:
    “Jesús puede compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado” (Hb 4,15)

    Jesús no podía sucumbir a la tentación, pues él mismo dice: “el Príncipe de este mundo no tiene en mí ningún poder” (Jn 14,30), y harto lo sabía Satanás desde aquellas tres tentaciones famosas del desierto.

    Pero podemos sucumbir los suyos, y Jesús se nos presenta como el primer vencedor en las pruebas que sufrió, de manera que “es capaz de ayudar a los que están pasando las mismas que él” (Hb 2,18)

    Sería interesante mirar ahora las grandes tentaciones a las que está expuesto el cristiano de nuestros días y que ponen a prueba la fidelidad de su fe.

    Por ejemplo, la secularización que se está apoderando de grandes sectores de la sociedad, en la que Dios cuenta cada vez menos.

    Dios no interesa.

    La Verdad se convierte en relativismo, es decir, no depende de lo que ha dicho Dios, sino de lo que me parece a mí.
    El fin último está muy lejano, y lo interesante es lo que tengo en las manos para disfrutarlo a gusto antes de que se pierda. Y como el decir “soy ateo” da un poco de miedo, se sustituye por una forma más elegante: “soy agnóstico”, que es lo mismo que crearse un dios a la propia medida…

    ¿Qué dice entonces la oración? Nada.
    ¿Qué los Sacramentos, el culto a Dios? Nada.
    ¿Qué pinta Dios en la vida? Nada…

    La consecuencia de este alejamiento de Dios se complica con una conducta cuya descripción -hecha por Pablo en ese capítulo primero de los Romanos-, hace estremecer.

    ¿En qué situación se ve entonces el cristiano, para no contaminarse por el mundo ni ser vencido por Satanás?.. No queda otro remedio para los hijos de la Iglesia que prepararse para la lucha, a la que les invita Pablo:
    “Tomen en la mano las armas de Dios, para que puedan resistir, y mantenerse firmes después de haber vencido todo” (Ef 6,13)
    Con esto, Pablo no hace sino repetir el consejo de su compañero Pedro:
    “Vigilen. Porque su enemigo el diablo ronda, como león rugiente, buscando a quien devorar. Resístanle firmes en la fe” (1P 5,8-9)

    Y con estas palabras, tanto Pedro como Pablo ponen en las manos del cristiano el arma primera y más eficaz: la fe:
    “Revistamos la coraza de la fe”, “embrazando siempre el escudo de la fe” (1Ts 5; Ef 6)
    Hoy esta fe se manifiesta en la fidelidad inquebrantable a la Iglesia

    San Pablo es un jefe que arenga con gran optimismo y seguridad en el triunfo:
    “Las armas de nuestro combate no son carnales. ¡No! Nuestras armas, para la causa de Dios, son capaces de arrasar fortalezas” (2Co 10,4)
    Y sigue hablando impávido:
    “En todo esto salimos fácilmente vencedores gracias a aquel que nos amó” (Ro 8,37)

    Hoy se nos repite muchas veces que el Evangelio no es para gente apocada, sino para valientes.
    Pablo nos lo recuerda con aire militar.
    A cada uno, a cada una, le va repitiendo como a su querido Timoteo:
    ¡Venga, valiente! ¡Buen soldado… de Cristo Jesús!...
     
  6. rosasylirios

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    PABLO, EL HÉROE DE LA HUMILDAD

    Pablo, el héroe de la humildad. El menor que el más pequeño

    Fuente: Catholic.net
    Autor: P. Pedro García Cmf




    ¿Qué concepto, qué idea tenemos formada de San Pablo? Desde luego, para muchos, para todos quizá, Pablo es la figura más grande de la Iglesia y uno de los hombres más notables que ha producido la humanidad.
    ¡Qué vida tan legendaria! ¡Qué ideas y qué ideal! ¡Qué inteligencia! ¡Qué cartas! ¡Qué amor tan apasionado!... Su personalidad subyuga. Pasa con Pablo, proporcionalmente, lo mismo que con Jesús el divino Maestro. O con él o contra él, pero no se puede estar indiferente.

    Eso es Pablo para nosotros. Sin embargo, ¿quién era Pablo para Pablo?

    Podemos llamarlo: un héroe de la humildad.
    Basta ver cómo se llama a sí mismo en su carta a los de Éfeso, como anota acertadamente un célebre biblista y profundo conocedor del griego.

    No se llama “el más pequeño de los santos”, “el menor de los cristianos”, “el discípulo pequeñísimo”. Pablo se inventa una palabra, hace un comparativo de un superlativo, y dice de sí mismo: “yo, menor que el más pequeño de entre los santos” (Ef 3,8)

    Pablo es para Pablo el último en la Iglesia, y por eso se pone al servicio de todos, porque todos son más santos y más dignos que él.

    Y cuando no puede menos de reconocer lo que ha hecho por Jesucristo en la predicación del Evangelio -pues ha trabajado más que nadie, ha realizado más prodigios que ninguno, y ha sufrido más que cualquiera en aventuras mil-, añade para esquivar toda alabanza:

    El Señor Jesús se me apareció el último de todos a mí, que soy como un aborto. Pues yo soy el último de los apóstoles, indigno de llevar el nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios.

    Pero al no poder negar lo que ha hecho, le da toda la gloria a Dios:

    Sin embargo, por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí, pues he trabajado más que todos ellos; pero no he sido yo quien lo ha hecho, sino la gracia de Dios conmigo y por medio de mí (1Co 15,8-10)

    Estas palabras de Pablo, ¿son un arranque oratorio nada más? ¿Sentía de verdad lo que decía? ¿Era consciente de ser un cristiano tan indigno? Si se llamaba “pecador”, ¿sabía que lo era, o que lo había sido antes de su clamorosa conversión?

    No dudemos un momento que Pablo se sentía pequeño e indigno de verdad ante Dios y ante los hermanos. Unas palabras suyas, dirigidas a su discípulo más querido, nos lo atestiguan de manera emocionante:

    Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo” (1Tm 1,15)

    El que se firmaba siempre “Pablo, siervo de Jesucristo”, y era un volcán de amor, se confesaba con sinceridad que desconcierta y emociona, “el mayor de los pecadores”, el que rompía la fila e iba a la cabeza de todos como el pecador más grande…

    Tanto es así, que su mismo apostolado lo toma como un deber serio, y no como un privilegio, de modo que tiembla ante una posible infidelidad: “¡Hay de mí, si no evangelizare!”.

    Y Pablo sabe, además, que ha de esforzarse en ser un santo, un cristiano cabal, además de ser un apóstol entregado y decidido, pues añade:
    “Me venzo a mí mismo y me esclavizo; no sea que, habiendo predicado a los demás, venga a ser yo un réprobo que me pierda” (1Co 9, 16 y 27)

    No entendemos cómo cabe tanta humildad con santidad tan excelsa y con empresas tan deslumbrantes. Pero así era Pablo.

    En realidad, no es de extrañar esta humildad en Pablo si examinamos los principios en que se fundamentaba. Si recorremos sus cartas vemos lo que enseñaba a los demás, pero empezaba a practicarlo siempre por él mismo, pues vivía lo que predicaba.

    Si alguno de los cristianos tenía dones y gracias de las que pensaba presumir, se encontraba con la voz severa de Pablo:
    -¿De qué te glorías? “¿Tienes algo tuyo que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te engríes, si te lo han dado todo?” (1Co 4,7)

    Desde ser gallardo el hombre o bonita la mujer, todo es puro regalo de Dios. Porque “somos hechura de Dios” (Ef 2,10), nos advierte Pablo prudentemente, y, aunque el provecho sea nuestro, la gloria por la obra de arte es del inteligente Hacedor.

    Pablo se nos presenta como un modelo admirable de humildad, como cuando dice:
    “Yo, que fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente, alcancé misericordia de Dios”, y “no me glorío sino en mis propias enfermedades, para que se manifieste en mí la fuerza de Cristo, pues cuando me siento débil es cuando soy más fuerte” (1Tm 1,13; 2Co 12,9-10)

    El humilde Pablo tenía entonces autoridad para pedir a las Iglesias:
    “Al tanto con imaginarse alguien que es importante, porque ese tal se engaña miserablemente a sí mismo”. “Por eso, no se estimen más de lo que conviene…, y no aspiren a grandezas, sino vayan siempre detrás de los más humildes”, de modo “que nadie se engría sobreponiéndose a otro” (Gal 6,3; Ro 12,3 y 16; 1Co 4,6).

    Decían de Pablo sus detractores:
    “Tiene una presentación pobre y su hablar es despreciable” (2Co 10,10)
    ¿Es cierto eso de que Pablo no era buen orador? No nos engañemos. Los discursos de Antioquía de Pisidia y del Areópago en Atenas, dicen todo lo contrario.
    Pablo debió ser buen orador. Pero, con una humildad profunda, renunció a sus magníficas cualidades para que no se desvirtuase la Palabra y se atribuyese el triunfo a las dotes humanas de Pablo y no a la fuerza del Evangelio.

    Nuestro admirado y querido San Pablo no es sólo el aventurero audaz que traspasa las montañas del Tauro…; ni el que lleva el cuerpo surcado de llagas con tantas veces azotado por judíos o lictores romanos…; ni el indomable luchador contra los judaizantes…

    Pablo es más que nada el humilde “siervo de Jesucristo” y el que “se hace todo para todos”, con humildad sincera y entrañable, a fin de ganarlos a todos para el Señor.

    Pablo se llamó a sí mismo “menor que el más pequeño de los santos”.
    Pues, si Pablo era el más pequeño, ¿cómo será el más grande?...
    Puestos nosotros a hacer encuestas entre los cristianos, vemos que Pablo se colocó en el último lugar.
    ¿Quién es, entonces, el que ocupa el primero?
    No lo sabemos, pues sólo Dios lo sabe. Pero a nosotros nos cuesta colocar a Pablo en el segundo puesto, contra todo lo que él mismo diga…
     
  7. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    TRAS EL JEFE Y EL GUÍA

    Tras el Jefe y el Guía. ¡A perseverar!

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    La epístola tan extensa de Pablo a los de Corinto, cargada de consejos, llega hacia su fin con unas palabras que son todo un programa enardecedor:

    “¡Manténgase firmes, inconmovibles! ¡Avancen siempre en la obra del Señor! Y sepan que su trabajo no es inútil en el Señor” (1Co 15,58). Porque el Señor Jesús es un espléndido pagador, y nadie quedará sin una magnífica recompensa.

    Considerando estas proposiciones de Pablo se adivina que el cristianismo -como se ha dicho muchas veces modernamente-, no es para pusilánimes.

    ¡Firmes! ¿Por qué?... Porque los embates que vienen del enemigo son fuertes.
    ¡Inconmovibles! ¿Por qué?... Porque no hay que dejarse arrastrar por la corriente ni permitir que nadie nos zarandee.
    ¡En marcha! ¿Por qué?... Porque eso de detenerse es condenarse a ir para atrás.
    ¡Que vale la pena! ¿Por qué?... Porque el premio que aguarda supera todo lo que se puede soñar.

    San Pablo, a lo largo de todas sus cartas, da la razón de todas estas afirmaciones, y asegura la firmeza de sus proposiciones.

    Firmes de tal manera -sigue diciendo a los de Corinto-, que “han de mantenerse en la fe bien seguros, actuando como hombres, con energía” (1Co 16,13)

    Inconmovibles -dirá a los de Éfeso-, de modo “que no nos dejemos llevar a la deriva, zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error” (Ef 4,14)

    Progresando siempre, porque hay que llegar “a un desarrollo perfecto, a la plena madurez en Cristo”, asegura Pablo a los mismos efesios (Ef 4,13)

    Y se debe avanzar con una gran esperanza, porque -como expresa Pablo a los de Roma-, “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Ro 8,18)

    Este programa de vida cristiana no es para echar hacia atrás a ninguno; al revés, resulta un estímulo grande el saber que Jesucristo tiene confianza en los suyos.

    El redactor de la carta a los Hebreos pone al mismo Jesucristo delante como Jefe y Guía en un párrafo que entusiasma.
    Ha presentado antes una lista larga de los grandes de Israel en el Antiguo Testamento, los cuales, siguiendo la estrella de la fe, realizaron hazañas sin cuento, y dice de ellos que fueron hombres y mujeres “de los que no era digno el mundo” (Hb 11,4-39)

    Después añadirá, aunque sin poner nombres, a los que ya habían muerto entre los apóstoles y los primeros cristianos: “Acuérdense de sus guías, que les anunciaron la palabra de Dios, y, considerando el desenlace de su vida, imiten su fe” (Hb 13,7)

    Pero, sobre todo, clava ese discípulo de Pablo su mirada en Jesucristo, como no podía ser menos. Lo ve al frente de los suyos en marcha hacia la eternidad, como iniciador y consumador de la fe, y asegura de Él algo que resulta insólito:
    “Jesús, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado en el trono a la derecha de Dios” (Hb 12,2)

    ¿Qué quieren decir estas palabras algo misteriosas? Por una palabrita que usa la Biblia, los estudiosos adivinan un doble sentido.

    Primero, puede interpretarse así. Ante los ojos de Jesús, se presentó el gozo, la alegría, la gloria. Y Él se dice valiente:
    -¿Qué escojo? ¡Me quedo con la cruz!

    Segundo. Pero hay otra interpretación. Jesús tenía miedo a la muerte, es natural, y más una muerte en la cruz. Pero vio la gloria que le venía detrás. Y Jesús no dudó:
    - Es muy duro lo que me espera. Pero vale la pena seguir adelante. Después de la cruz y el sepulcro, vendrá la gloria. ¡Adelante!

    De las dos maneras, y las dos legítimas, se puede interpretar esa afirmación de Hebreos. Una y otra son preciosas.
    Como Jesús en el Tabor, donde habla con Moisés y Elías de lo que le aguarda, el cristiano tiene delante la lucha. Pero no duda en absoluto
    - ¿Jesús va delante? Pues, ¡adelante yo también!

    La verdad es que el mundo de hoy necesita mensajes como éste.
    Nuestro mundo -como lo dice cualquier observador independiente-, en medio de los avances de la ciencia y de la técnica, vive en la angustia que causa la incertidumbre.

    El llamado Primer Mundo lo tiene todo, y, sin embargo, esa ansiedad e insatisfacción tan lamentadas y tan evidentes las sufre sin encontrar solución.

    Al revés, el llamado Tercer Mundo no sabe hacia dónde volverse para hallar remedio a sus injustos males, que los hombres poderosos se empeñan en no resolver.

    Ante ambos mundos, caben las consabidas preguntas: ¿Sabe mucha gente hacia dónde camina? ¿No necesita más fe? ¿No necesita, sobre todo, más esperanza?...
    Los grandes sufrimientos modernos han de encontrar una solución, la cual no le puede venir sino de Dios.
    Y el camino seguro de Dios y hacia Dios es solamente Jesucristo.

    En nuestra Latinoamérica han surgido líderes durante las últimas décadas que pudieron deslumbrar de momento.
    Arrastraron a muchos, pero eran también muchos los que volvían, lamentando:
    -¡Qué fracaso! ¡Cómo nos hemos equivocado!

    El único que no falla, ni en sus proposiciones, ni en sus promesas, ni en sus logros, es Jesucristo, del que nuestra carta a los Hebreos dice “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por los siglos” (Hb 13,8)

    Lo cual es como si dijera: todos los que surgen como maestros, jefes y guías son ocasionales, los cuales aciertan o no aciertan.
    El que no se equivoca, no engaña y no defrauda nunca, porque es seguro siempre, es Jesucristo.

    Firmes, inconmovibles, esperanzados.
    Tres palabras que son un lúcido “santo y seña” que Pablo hace resonar en nuestros oídos y pone también en nuestros labios.
    Son la mejor respuesta que le damos a aquel Jesucristo que dijo con serenidad pasmosa poco antes de ir a la muerte: -¡Síganme, y confíen! Porque al mundo lo tengo yo vencido.
     
  8. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    TIMOTEO, ¡VEN!...

    Timoteo, ¡ven!... Un testamento de Pablo

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    Tenemos en la mano la última carta de Pablo, un grito de angustia y un testamento espiritual a su hijo más querido: Timoteo, a quien había dejado en Éfeso.

    Está por acabar el año 66, pues leemos en las últimas líneas:
    -Timoteo, ¡ven!... Junto con los libros de las Escrituras, especialmente los pergaminos, tráeme el abrigo que dejé en Tróade, y date prisa en llegar antes de que se eche encima el invierno (4,13 y 21)

    ¿Qué ha ocurrido entre las cartas anteriores a Timoteo y Tito y esta última?... Pablo podía estar por Oriente, quizá en Tróade, cuando le detuvo sin más la policía romana:
    -¡Éste es el jefe cristiano que estamos buscando!...
    Ya no dicen “judío”, sino “cristiano”, porque los pretorianos saben distinguir bien desde la persecución desatada por Nerón.

    Si Pablo cayó en manos de la policía por el Oriente, fue llevado prisionero de nuevo a Roma después de una breve prisión en Éfeso, capital de la provincia de Asia..
    Pero también pudo viajar a Roma por su cuenta a finales del año 66, y trabajar de nuevo en la Urbe, con mucha prudencia aunque se viera libre.

    Quizá a este tiempo se refiere el recuerdo de su casa en la orilla izquierda del Tíber, por la Arénula, junto a la Régola.
    Es muy incierto cuanto se refiere a este último año.
    Pero, preso en Oriente y traído a Roma, o detenido en la misma Urbe, Pablo fue internado en la cárcel del Tulliano, llamada después popularmente la Mamertina.

    Durante la primera prisión, Pablo estaba en custodia libre, en casa propia alquilada, con un soldado que lo guardaba, pero con libertad de movimientos.
    Ahora, no. Ahora se hallaba atado con cadenas a una columna, sin poderse mover casi, condenado a una inacción completa.
    No tiene consigo más que a Lucas, el querido y fiel Lucas, que le visita todo lo que puede. Pablo le va dictando a ratos esta carta, que para nosotros es un tesoro inapreciable, cargada de hondos sentimientos, y con enseñanzas inolvidables..

    La carta comienza con desahogos muy naturales.
    -¡Timoteo, mi hijo querido! Tengo deseos de verte, para que me llenes de alegría.
    Ahora me tienes aquí, soportando estos sufrimientos, pero no me avergüenzo, porque estoy seguro de que Jesucristo guarda íntegra mi fe hasta aquel último día de su manifestación gloriosa (1,12)
    Haz tú lo mismo. ¡Conserva la fe mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros!

    Onesíforo ha sido igual que tú. Me reconfortó muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas. Además de los servicios que me prestó en Éfeso y que tú sabes, apenas llegó a Roma me buscó hasta dar conmigo. ¡Dios lo bendiga! (1,13-18)

    Ante esta amistad cariñosa y la fe tan bien conservada de Timoteo, Pablo sabe lo que es el desamor, la traición de amigos y hasta la apostasía de la fe. Aquí se queja amargamente:
    -Ya sabes tú que todos de Asia me han abandonado, y entre ellos Figelo y Hermógenes. Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal.

    Después de estos desahogos primeros, aparece el Pablo de siempre, el luchador incansable, ahora agotado pero no rendido:
    -Timoteo, soporta las fatigas conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús. Porque yo he peleado el buen combate. He sido el soldado de Cristo que debía ser. Él es mi jefe, y sólo a Él quiero agradarle; por eso, no me enredo en negocios de este mundo. Jesucristo, su Evangelio…, y lo demás no da conmigo. (2,3-4; 4,7)

    Pasa después a otra comparación muy suya:
    -Lo mismo que el atleta ─que no recibe la corona si no se ha portado según el reglamento─, yo he cubierto siempre fielmente la carrera hacia la meta. Y ahora no me queda sino la corona que me entregará el Señor como justo Juez (2,5 y 4,7-8)

    Otra comparación también muy querida:
    -El labrador que trabaja es el primero que tiene derecho a percibir los frutos. Si cada uno recibirá su salario según su trabajo, yo lo espero, porque somos colaboradores de Dios en ese su campo que son los creyentes. He arado y he trillado con esperanza de recibir mi parte, que me toca ya ahora (2,6; 1Co 3,8-9 y 9,10)
    ¿Verdad, Timoteo, que me entiendes?... (2,7)

    Y vienen después esas palabras de Pablo que tantas veces se nos repiten:
    -Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos; por él estoy yo sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada (2,8-9)
    ¡Qué riqueza la de este consejo y la de esta afirmación!
    Con Jesucristo el resucitado siempre en la mente, ¡qué poco se tiembla en la vida!...

    A continuación, un recuerdo familiar de Pablo para Timoteo, con otra exhortación que se nos repite sin cesar y que tenemos siempre en los labios:
    -Tú, hijo mío, persevera en la fe, teniendo presentes a las que te lo enseñaron, tu abuela Loide y tu madre Eunice, pues desde niño conoces las sagradas Escrituras, las cuales te dan la sabiduría que te lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús (3,14-15)

    Es imponderable este elogio de la abuelita, de la madre y de Timoteo, el hijo y nieto.
    Timoteo fue Timoteo porque la abuela Loide y la madre Eunice formaron a su nieto e hijo en la piedad más honda con el amor a las Sagradas Escrituras.

    Pablo aprovecha eso de las Escrituras para escribir a continuación otras palabras inolvidables:
    -Toda Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia o santidad; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena (4,16-17)
    Entre el ejemplo de Loide y Eunice, el discípulo aprovechado Timoteo, y el maestro incomparable Pablo, se nos mete bien adentro el amor a la sagrada Biblia, tesoro singular del cristiano…

    Pablo, detenido en la cárcel y enfrentado a la muerte, no se abate, y canta resignado y triunfante a la vez:
    -Estoy a punto de ser inmolado en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. (4,6-7)
    Sentimos envidia del valiente y estamos orgullosos de nuestro héroe.

    Esto es Pablo. El testamento que escribió a Timoteo nos lo legó a todos nosotros.
    Vale la pena ser cristiano. Vale la pena luchar por Jesucristo.
    La vida entonces tiene sentido, ya que está toda entera al servicio de un ideal.
    E ideal más alto que Jesucristo no existe, porque no puede existir…
     
  9. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    HE TERMINADO MI CARRERA

    He terminado mi carrera. Pablo en el final

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano



    ¿Qué hace Pablo cuando se ve libre de las cadenas? Hacía ya cinco años que había escrito precisamente a los de Roma:
    “Espero verlos de paso a mi viaje hacia España y confío que me ayudarán a proseguir este viaje, después de gozar algo de su compañía.
    “Cuando haya concluido este asunto de la colecta que he de llevar a Jerusalén, me dirigiré a España pasando por ustedes”
    (Ro 15,24-28)

    Éste era el plan de Pablo allá por el año 58, pero vino la prisión en Cesarea y después la de Roma.
    Libre ya del todo, ¿pudo realizar su sueño de ir a España, ahora que estaba a un paso de ella? ¿Y qué hizo hasta mediados del 67, año en que se puede fijar su muerte?

    Lucas nos ha dejado en suspenso, y nosotros llenamos el vacío de estos cuatro años con citas de las cartas de Pablo escritas en estos días y con documentos cristianos y civiles que nos orientan de manera segura.

    ¿Pudo Pablo ir hasta el fin del mundo occidental entonces conocido?...
    Históricamente no se puede negar. Tenemos dos testimonios de primer orden.

    El primero, el de San Clemente Papa, tercer sucesor de Pedro, que escribiendo a los de Corinto les dice que Pablo se fue al Cielo “después de haber ido hasta los términos de Occidente”. El extremo Occidente para un romano era únicamente España.

    Está además el autorizadísimo “canon” de Muratori, en el siglo II, dice también que “Lucas cuenta lo que sucedió en su presencia, como lo prueba su silencio acerca del viaje de San Pablo de Roma a España”.

    De haber ido a España, ¿dónde evangelizó?
    Lo más probable en Tarragona, a donde podía ir por barco o por tierra atravesando el sureste de Francia. La España tarraconense era una parte muy selecta del Imperio Romano.

    ¿Y qué hace Pablo después? Sólo él nos podría contestar. Pero seguro que nos diría:

    * ¿Después?... Tuve que volver a Oriente, a visitar aquellas Iglesias que llevaba tan adentro de mi corazón.
    Estuve en Éfeso, donde dejé a mi querido Timoteo, y en Macedonia pude visitar Tesalónica y Filipos, Corinto, Mileto, de tantos recuerdos para mí. Todo eran visitas rápidas, pero que me llenaban el alma.
    Fui a evangelizar la isla de Creta, y allí dejé a mi discípulo y compañero Tito.
    Visité la ejemplar Iglesia de Colosas, como había prometido a Filemón, que me hospedó en su casa.
    Al fin me encontré en Tróade, donde caí en manos de los agentes de la Guardia Imperial, de donde me conducirían otra vez prisionero a Roma.
    Porque es bien sabido lo que ocurrió en la Urbe.
    Desatada por Nerón la persecución de los cristianos, yo era buscado en todas partes por la Guardia Imperial, pues conocían mi actividad como anunciador de la Buena Nueva de Jesús.*

    Esto nos respondería Pablo, y nosotros seguiríamos haciéndole más y más preguntas.
    -Pues, ¿qué pasó?..., le preguntamos nosotros a Pablo. Y él sigue contando:

    * Pues, lo que tenía que pasar. Nerón hubo de buscar un responsable del incendio de Roma, y sabemos lo que se gritó en Roma:
    -¡Los cristianos! ¡Los cristianos!...
    Y sobre ellos recayó la venganza popular…

    Nerón desató una persecución sin igual.
    Murieron los cristianos a montones entre los más atroces suplicios.

    Me cuentan que algunos, vestidos con pieles de fieras, fueron echados a los perros para ser despedazados; otros, crucificados; muchos, quemados en la hoguera; otros, embadurnados de betún, colgados como teas encendida para que sirviesen como antorchas nocturnas.
    Nerón brindó sus jardines para el espectáculo, y vestido él mismo de auriga, celebraba los juegos del circo en medio de la muchedumbre, guiando su carro (Tácito)

    Yo era buscado como nadie, pues los judíos no me olvidaban, y en el Pretorio me recordaban muy bien.
    Si ante el populacho los cristianos eran los culpables, ¡qué culpa no tendría este evangelizador de Cristo!... *

    -¿Y qué te ha ocurrido después, Pablo?
    -Capturado por fin, se me abrió un primer proceso. De los amigos de antes, no hubo nadie que me asistiera, pues me abandonaron todos.
    Encima, hubo quienes me hicieron mucho mal, como Alejandro el herrero.

    -Y ahora, preso otra vez en Roma, ¿qué esperas?
    -Esperar, nada.
    Como no sé lo que va a durar la prisión, he escrito a Timoteo que me traiga de Tróade lo que allí dejé y no pude traer: mi capa, pues en esta cárcel hace a veces frío y está encima el invierno; tráeme también los libros sagrados, en especial los pergaminos.
    Tendré tiempo para leer, pues estoy solo.
    Conmigo está únicamente Lucas, el querido y fidelísimo Lucas (2Tm 4,11-13)

    -¿Y sabes algo de Pedro?
    -Dicen que ya ha glorificado a Dios con una muerte digna de un discípulo del Señor. Me cuentan que lo crucificaron en la colina del Vaticano, junto al circo de Nerón, y que lo sepultaron allí mismo, en la necrópolis adjunta.

    -¿Y qué esperas tú? ¿Saldrás libre como en aquel proceso de hace cuatro años?
    -No. Acabo de escribir a mi querido Timoteo: “Ha llegado la hora del sacrificio y el momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe”.

    -Y ya no te queda sino la corona, ¿verdad? (2Tm 4,7)
    -Así lo espero. Como soy ciudadano romano, a mí no me pueden crucificar. A mí me cortarán la cabeza, después de haberme azotado. Antes que el filo de la espada probaré por última vez lo que son las varas de los lictores, ya que no dejarán de azotarme previamente.

    Esto nos cuenta Pablo a finales del año 66 ó principios del 67, y así se cumplió todo.
    Una segunda audiencia, y fue condenado a muerte.
    Lo sacaron de la cárcel Tulliano, la Mamertina, lo llevaron hasta Aguas Salvias, hoy Tre Fontane, donde rodó su cabeza por el suelo.

    Recogido el cadáver por manos cariñosas de hermanos en la fe, lo enterraron en la Via Ostiense, donde todavía hoy tenemos su sepulcro bajo la Basílica de San Pablo Extramuros, ese templo grandioso que es la admiración de todos.
    Pablo reposando en esta Basílica, con Pedro en el Vaticano, son las dos glorias más grandes de la Roma Eterna.
     
  10. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    DINOS, PABLO, ¿TÚ, QUIÉN ERES?...

    Dinos, Pablo, ¿tú, quién eres?... Estamos de despedida

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano




    Bajo el altar de la imponente Basílica de San Pablo Extramuros en Roma se halla un sarcófago que encierra los restos del Apóstol. Un puñado de huesos, polvo, y nada más.

    Pero, ¿y su espíritu?...

    Nadie lo ha expresado mejor que San Juan Crisóstomo, el admirador y entusiasta perdido de Pablo:
    “Quisiera ver las cenizas de su corazón, del cual podría afirmarse que es el corazón del mundo. El corazón de Pablo es el corazón de Cristo y la tabla en que el Espíritu Santo escribió el libro de la gracia; el corazón que logró amar a Cristo como no le amó ningún otro”.

    “El corazón del mundo”, esta es la verdad.
    Convencido de que “ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, sino que todos son uno en Cristo Jesús”, y sintiéndose “deudor de civilizados y de bárbaros, de sabios e ignorantes”, Pablo no conoció fronteras en su vida legendaria.

    Vivía obsesionado por una sola idea: ¡Todo el mundo ha de ser conocedor y esclavo del Evangelio de Cristo!
    Y como lo sentía, así se empeñó en conseguirlo, hasta poder decir con satisfacción no contenida:
    - Desde el Oriente conocido hasta el extremo Occidente al que pronto llegaré, “en virtud del Espíritu de Dios, todo lo he llenado del Evangelio de Cristo”.

    ¿Cómo pudo realizar esto? Sólo haciendo que su propio corazón fuera el mismo corazón de Cristo.
    Lo cual no es sólo una frase atinada y bella del Crisóstomo, sino la expresión de lo que el mismo Pablo había dicho de si:
    -“Mi vivir es Cristo”. Porque no tengo otro pensar, otro querer, otro respirar sino Cristo, el cual ha suplantado mi persona entera, “de modo que ya no soy yo quien vive, sino que Cristo es quien vive en mí”.

    Sintiéndose portador de la salvación, y con un amor de Cristo que le urgía, que le empujaba, que no le dejaba quieto ni un momento, llegó a hacer de su vida la vida más increíble que admira la Iglesia entre todos sus hijos, y una de las más inexplicables también que ha contemplado el mundo.

    Si todos admiramos a Pablo, Pablo es el único que no se admira a sí mismo.
    “¿Yo?”…, sigue preguntándose Pablo. “Si soy el menor de los apóstoles; si soy indigno del nombre de apóstol por haber perseguido a la Iglesia de Dios”…

    En esta su propia indignidad descubrió Pablo el porqué Dios lo escogió de manera tan singular:
    “Conseguí misericordia a fin de que Jesucristo mostrase en mí el primero su paciencia, para ejemplo de los que han de creer en él y conseguir la salvación”.

    ¡Y claro está! Como Pablo conocía lo que fue para él la Sangre redentora de Cristo, pudo clamar entonces, y sigue hoy clamando a voz en grito:
    -Mundo entero, ¡no te creas perdido! ¡Sépanlo todos bien!...: “Que Cristo Jesús ha venido para salvar a los pecadores, el primero de los cuales soy yo”.

    Cuando Pablo daba un testimonio brillante de Cristo ante la asamblea de Cesarea, hubo de oír de labios de aquel digno Procurador romano un reproche cordial:
    -Pablo, las muchas letras te han trastornado los sesos.
    A lo cual respondía el prisionero:
    -No, Excelentísimo Festo, no estoy loco, sino que proclamo cosas verdaderas y plenamente sensatas.

    Harto sabía Pablo que en su boca no había mentira, desde que fue el mismo Jesucristo quien le había adoctrinado con una ciencia altísima.
    El rayo que le tumbó de la cabalgadura y el resplandor que le cegó los ojos, no fueron sino los símbolos con que Jesucristo le mostró a Pablo lo que iba a ser su vida entera:
    -Atravesarás el mundo de punta a punta como un rayo, esparciendo la luz de mi verdad a la que nadie podrá resistir.

    La historia de Pablo es capaz de suscitar hoy los hombres y mujeres que nuestro mundo necesita.
    Si hoy volviera Pablo, lo veríamos volar de Jerusalén a Nueva York, de Roma a Río Janeiro, de Shangai a Nairobi en el corazón del África, de Sydney a Moscú…

    Y hablaría en las iglesias, en los estadios, en las universidades, en los almacenes de los puertos, a doctores y a campesinos, a las amas de casa y a los niños de las escuelas…
    En todas partes y para todos tendría su mensaje, que se resumiría siempre en lo mismo:

    -¡Crean en Jesucristo! ¡Entréguense a Jesucristo! ¡Sigan a Jesucristo!
    Cuando todos les digan que no hay nada que hacer, porque todo está perdido, ¡no hagan caso!
    Yo me levanté sobre un mundo totalmente pagano, sobre la esclavitud institucionalizada y sobre todos los vicios divinizados.
    Ustedes no digan que no se pueden alzar sobre la incredulidad, la injusticia, la droga, la inmoralidad reinante…
    ¡Jesucristo puede más que todo y que todos!
    Jesucristo es el Salvador, y se luce salvando en las situaciones más desesperadas…
    El mundo al que Jesucristo me mandó a mí no era mejor que el de ustedes.
    Y por mí llevó Jesucristo la salvación a innumerables almas en aquellos días primeros.

    Pablo es un líder que apasiona y cuestiona a cualquiera que lo mira:
    -¿Amar yo a Jesucristo? Como Pablo por lo menos…
    -¿Trabajar por Jesucristo? Como Pablo y un poco más…
    Pablo es una figura señera en la Iglesia, y de ella no se puede prescindir.

    El arranque de todo está en aquella ruidosa caída, obra del Señor y de nadie más.
    La conversión de Pablo ─el mayor enemigo, trocado en el apóstol más grande y más genial─, es un hecho trascendental de la Historia, no ya de la Iglesia sino de la Historia universal.
    Si la historia del mundo dio un giro de 180 grados con una Cruz en el Calvario y un Sepulcro vacío, la historia de la Iglesia recibió su orientación y el impulso definitivo a partir de las puertas de Damasco.

    ¡Pablo! ¡Nuestro admirado y querido Pablo! Dinos, ¿tú, quién eres?... Hemos recorrido tu vida, hemos leído tus cartas, pero ¿sabemos quién eres tú?...
    No acabamos de entenderte, y nos limitamos a decir con profundo convencimiento:
    ¡Gracias sean dadas a Dios por haber dado a su Iglesia al apóstol Pablo! ¡Gracias por siempre!...
     
  11. rosasylirios

    rosasylirios Nazareno del décimo sexto tramo

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    Con la festividad de San Pedro y San Pablo, hoy concluye la celebración del Año Paulino.
     
  12. Anonymous

    Anonymous Guest

    Re: ALMAS SIN CADENAS


    Esta es la reflexión más bonita y la verdad más grande que he leido en mucho tiempo, dentro y fuera de internet.
     
  13. perales1862

    perales1862 Nazareno del décimo tercer tramo

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    Festividad de todos los Santos​

    Primera lectura: Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14

    Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.» Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
    Y gritaban con voz potente:«¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!»
    Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: «Amén.
    La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.»Y uno de los ancianos me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»
    Él me respondió: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.»
     
    Última modificación: 20 de Noviembre de 2016
  14. perales1862

    perales1862 Nazareno del décimo tercer tramo

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    25 de Junio de 2016
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    Hoy, en la festividad de Cristo Rey del universo, el Jubileo de la Misericordia llega a su fin con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro al comienzo de la Misa solemne que presidió el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro.

    Durante la homilía, el Pontífice hizo un breve balance de lo que ha supuesto el Año Santo para la Iglesia y aseguró que “aunque se cierra la Puerta Santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la Misericordia, que es el Corazón de Cristo”

    Para homenajear la Misericordia que Dios nos concede a través de Su Hijo, hay una pieza que me gustaría sirviera como broche de oro al año jubilar, que creo ilustra bastante bien el alcance el alcance y significado del sacrificio de Jesucristo y su Pasión:



    "La introducción es tensa y refleja la escena de Jesús ante Pilatos: Al comienzo, se oye el murmullo incesante de la gente con cierto aire de tensión. De pronto, la voz de Poncio Pilato irrumpe a través de las trompetas preguntando al pueblo a quién quieren liberar: a Barrabás o a Jesús; a lo que el pueblo responde con contundencia que liberen a Barrabás. Pilato vuelve a hablar diciendo que no encuentra culpa alguna en Jesús, pero el pueblo vuelve a replicar que quieren a Barrabás, y, en un frenético crescendo aumenta el bullicio gritando y acusando a Jesús: “¡¡Crucifícalo, crucifícalo!!”
    Estos gritos aumentan y se cortan de forma seca para dar paso al siguiente tema: el Camino hacia el Calvario. La carga dramática de la introducción se convierte aquí en solemnidad y recogimiento.
    Una vez concluido, pasamos al sustento y consuelo que Juan le otorga a María. Se trata de una música plena, llena de esperanza y emoción.

    Pero volvemos de nuevo al tema del Camino del Calvario para modular y desembocar en el trío.

    El trío final es especialmente dulce y traza un canto de alabanza a María, de gran delicadeza y emotividad . Cuando acaba enlaza directamente con la introducción, y tras retomar brevemente el motivo inicial rememorando la primera escena, al llegar al crescendo, aparece Jesús victorioso y venciendo a la muerte, recapitulando de nuevo el trío en una expresión garbosa y triunfal, y vislumbrando el Triunfo y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, como símbolo de la gloria de Cristo y de su triunfo sobre la muerte."


    "Cristo ya lo anunció, es promesa cierta: quien me come tiene vida eterna. Jesús triunfó en el calvario, venció a la muerte, nos dio vigor. En el Sagrario se ha convertido en buen manjar y en fuente de luz ¡Gloria al Dios del Amor!"
     
    Última modificación: 20 de Noviembre de 2016

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