Actualidad Opinión

Inocentes

 

Muchas veces, me lo he preguntado a mí mismo: ¿merece la pena? Me refiero a tanta divagación para dejar a retortero lo que solo es un juego de niños. La Semana Santa se va al carajo cuando nos la tomamos en serio y esto lo digo con la seriedad que llevan implícitas las cosas que lo son de verdad.

Serio es ver a los niños costaleros del paso del Niño Jesús de la Hermandad del Valle, donde se iguala sin dejar a nadie fuera, y no la matraca friki por despedir a un capataz. Sí, despedir aunque no medie salario ni finiquito. Serio es que el Gran Poder se proponga volver a las misiones, igual de serio es calmar el hambre en la Navidad eterna que viven miles de familias en esta ciudad de la guasa. No, la Semana Santa nunca puede ser algo serio porque la Semana Santa se sueña, se recrea, hermosea invenciones como si fueran el Evangelio apócrifo dictado por el magisterio del pueblo. La Semana Santa son esas espinacas con garbanzos que van en la cuchara voladora para que el niño se las trague como si fuese un juego, porque, de otro modo, la Semana Santa se convierte en el pestiño indigesto de los corifeos y sus castrati que buscan la santificación de la fiesta por la gracia de sus mayores enemigos: el cardenal y el gobernador. En esta vaina de mohines adustos, donde todos quieren ser rancios o malajes según el evangelista de turno, lo único que nos queda es el potosí de jugar a la Semana Santa, de sentirla como un niño, con ojos de niño y alma de niño. Porque los niños, a Dios gracias, no saben ni conocen la nostalgia, no necesitan regresar a un pasado inexistente porque ellos viven en un presente eterno, inventando cada día las reglas de sus juegos.

 

A la Semana Santa le sobran –le sobramos- divagadores y pensadores a tiempo completo que la relatan en una versión doblada donde pierde toda su autenticidad. Le sobra, especialmente, el relato periodístico inexacto de crónica almibarada, la ojana empalagosa, los pregones que no dicen nada, le sobran las presencias inquietantes de quienes abusan de ella y le sobra, también especialmente, todo aquello que pretende encorsetar su autenticidad en un relato meapilas. La Semana Santa está sitiada de pejigueras que la incomodan y la ponen en un brete, borracha de cálices amargos.

 

Volver a la inocencia podría ser un agradable reto para el año que llega. Jugar a la Semana Santa, sin paños calientes. Ver con ojos menos inquisitivos lo que ahora se consideran tropelías, romper el cordón sanitario que aleja la fiesta de la naturalidad y la espontaneidad. Acabar, definitivamente, con la Semana Santa esterilizada y aséptica que la devuelve suavonamente a los infelices años cuarenta. Volver a ser niños, a jugar con lo que ahora se considera sagrado y que nunca lo fue. Humanizar la Semana Santa.

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