Actualidad Opinión

De cuando nació la Semana Santa

Daniel Marín nos cuenta hoy como nació la Semana Santa para él. ¿Fue así? ¿El paso del tiempo modifica su recuerdo?

Nací a las cofradías en una tarde luminosa de Viernes Santo. Por aquel entonces, yo no sabía qué era la Semana Santa ni conocía el Viernes Santo pero allí estaba, de pie sobre el techo de un vehículo estacionado en el Paseo Colón, a la altura de donde se encontraba aquel taller de guardia para pinchazos y averías. Donde antes cambiaban tornillos, ahora sirven copas largas.

Estaba allí con mis padres, por su voluntad y seguramente contra la mía propia. Mi madre, de quien siempre he tenido una imagen de mujer piadosa y tradicional, de fray Leopoldo en la mesita de noche y de feria de día, me enfundó en unas ropas que eran ajenas a mi piel hasta ese momento. Recuerdo de aquellos instantes, aburrimiento y cansancio. Nunca entendí por qué estábamos allí aparcados mientras un afluente de personas no dejaba de caminar hacia lo que después descubrí –años mucho más tarde- como la calle Reyes Católicos, quizá la vía más parisina de Sevilla.

Personas en un trasiego constante desde todos los flancos que me rodeaban, veía desde mi particular podio chaquetas grises y algún descamisado, cigarros negros en los labios, corbatas azabaches, bullicio, algún policía, mujeres endomingadas de luto y un estruendo de fondo que no dejaba de inquietarme aportaba el color a una tarde que se estaba muriendo desde aquel mismo mediodía en la Cava de los civiles. Eso también lo descubriría mucho tiempo después en la sevillana de un tal Pascual González a quien Sevilla le debe un pregón para su voz rota de haberla amado tanto.

Después del agotamiento, la recompensa por tan esmerado esfuerzo fue el recuerdo que me acompaña hasta este momento y que guardo con especial cariño, probablemente uno de los regalos inmateriales que los padres sevillanos entregan a su prole sin conocimiento de causa. A contraluz, pude conocer el perfil recortado en el horizonte de un Dios –por entonces, tampoco sabía quién era Dios aunque ya nos habían presentado- que cargaba con la cruz.

No pude distinguir ni el color de sus ropajes ni percibir el olor de las flores que decoraban sus pies. No recuerdo cómo era el paso ni las túnicas de los penitentes. No sabría decir de dónde salía la música que sonaba. Solo retengo aquel negativo bajo un sol de primavera de la que, también mucho después, resultaría ser la primera de las cofradías trianeras en venir a la ciudad.

Todo esto lo recuerdo así y lo guardo en mi memoria como si fuese un aquilatado tesoro que nadie me arrebate. Pero reconozco, con permiso, que no tengo la exactitud de si aquello sucedió tal como he relatado o solo es el efecto de la disonancia cognitiva de un niño que sueña con Dios en la ciudad. Porque hemos fantaseado tanto la Semana Santa, que no queda demasiado claro cuál es la verdad y cuál es la mentira.

Seguiré teniendo éste como el día que nací a la Semana Santa sabiendo que conmigo también nació ella.

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