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Actualidad Opinión

Nietzsche es de Santa Cruz. Contracrónica del Martes Santo.

Las guerras se libran para ganarlas. Preparo el petate para la trinchera marciana de un día nuevo. Filetes empanados con outfit de bordillo, pinganillo de radio y la vigilancia precisa para viajar al corazón de la ciudad desconocida. «¿Para la calle Aragón?». Se agolpa el gentío en la glorieta del Bizco Amate y ya todo es Enramadilla cuando fue proclamada la república independiente del Cerroláguila al son de una música que pide tierra y libertad. Por repetido, no deja de ser verdad que hay vida más allá de la Puertaosario.

La Semana Santa es una batalla de todos contra todos, unos juegos del hambre donde el desafío le da bocaos a la tradición y la periferia invade el centro a golpe de cofradías, una suerte de existencialismo coral a base de capirotes que se ha propuesto venir en romería desde el Tamarguillo. Ni un santo sin sus flores gritan desde el Matadero. Del derecho o del revés, el Martes Santo no deja de ser la mejor Semana Santa por ser la más contradictoria, enfrentando la cola y la capa, el barrio y el centro, la música y el silencio, lo popular y lo selecto, San Lorenzo y la calle Feria, San Esteban o Santa Cruz, el hieratismo de Juan de Mesa o el barroquismo de Ocampo. Un elenco de tópicos para decir que Dios se está muriendo al mismo tiempo en Omnium Sanctorum y en la calle San Fernando. Karl Marx se esconde bajo el antifaz proletario pero Nietzsche manda:

– Papá, ¿Dios ha muerto? -pregunta el niño impertinente bajo el sol de media tarde.

– Todavía, no, hijo. Viene suspirando por Mateos Gago.

 

El materialismo histórico de la Semana Santa tiene su epicentro en este Martes Santo que es el santo Marte, dios de la guerra abierta en una Sevilla que se levanta romana por la Calzá hacia calle Oriente para mirarse en el espejo de sí misma. Curro Huesa, autor de Historia de Sevilla para niños, sentencia: «Martes Santo, cuando la felicidad hace el recorrido al revés». Por el camino más corto, este santo Marte abre zanjas entre la Sevilla de antier por la mañana y un futuro que le va comiendo los pies de un gigante de barro. Este santo Marte es el fénix que rompe en dos el cielo de la urbe y pone las cosas en su sitio: resucitar o morir. Y en esa especie de milagro en el que ocho hermanos mayores se ponen de acuerdo, le dan la vuelta como a un calcetín para seguir contando lo mismo. «Yo es que soy mú de San Esteban» dice una señora apostada en la ojiva de la iglesia mientras espera el parto imposible de la Virgen Asunta de la Puertacarmona. Esa es la única verdad de fe. Esa y el menú Happy Meal que se zampa un nazarenito del Cerro en el bordillo del McDonal’s de Viapol. Dios está en los pucheros.

El relato oficial de este Martes Santo es la peculiaridad que se convierte en noticia. ¡Cómo son nuestras cofradías, que travisten en historia un cambio de calles! Hay que reivindicar más a La Esmeralda. Era de esperar que ardiera la revolución en el día rojo de la Semana Santa. Si alguien tiene derecho a hacer historia, esas son las cofradías mencheviques de este Martes Santo que, aplicando el socialismo fabiano, han evidenciado las palabras de El Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual.  En sevillano lo explica un hermano de San Esteban: «para mejorar es bueno cambiar». Tenía que ser en este día rojo sin trincheras ni bajas por heridos, más que el orgullo de quien se resiste a la victoria palmaria de los alabarderos de San Benito que ya están desfilando por la Cuesta del Rosario.

– ¿Será para siempre, presidente? -pregunta el periodista.

Lo que deja claro es que «no puede haber una Semana Santa a la carta». El cardenal y el gobernador, de rodillas ante las cofradías pero manteniendo el negocio de las élites: la carrera oficial no se toca. Vivir para ver. A los incrédulos les queda como último recurso la pataleta de la guasa y el desprecio a base de comentario ácido. Novelería y desdén.

La revolución tiene lugar por la vía de los hechos consumados. A la hora convenida, comienza el Martes Santo oficial en el palquillo de la Puerta de Palos. No hay nada histórico. Incluso podría ser la norma. «No hay que ser inmovilistas», confirma el presidente del Consejo. Calle abajo, un cofrade de a pie se reafirma: «es la prueba de fuego». Y Costanilla arriba, otro cofrade sentencia: «es lo lógico». Ya lo dijo Núñez de Herrera, la Semana Santa es incapaz de someterse al imperativo cartesiano.

 

Por lo general, día tranquilo sin novedades en el frente. La tiranía de los horarios se cumple para disfrute -o martirio- de quienes se sientan en un cojín. Muy celebrado por algunos medios de comunicación el parón en calle Francos, algo casi personal. En las trincheras tiene lugar la otra fiesta, la que molesta a los cronistas de régimen y paseo ligero: sillas plegables, bocadillos, pipas en el suelo, empujones y el colorido baile de atuendos imposibles de una celebración cada vez más heterogénea que se resiste a abandonar las costuras de un traje a medida pasado de moda. Martes Santo de normalidad, de mujeres en la presidencia del palio de los Estudiantes, de caramelos con piñones en las filas blancas de la gracia sevillana bajo palio –cuestión de orgullo bofetero- y botellones de niños pijos en la calle Otumba. El universo en orden.

 

El Martes Santo vive, la lucha sigue. La de 2019 será otra Semana Santa o no será porque la Semana Santa no tiene historia ni antecedentes penales.

 

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