Opinión

Martes Santo: jaque mate

Afirma Jared Diamond que «las sociedades que no innovan, las que no son capaces, por una u otra razón, de responder adecuadamente a las transformaciones que experimentan ellas mismas o su entorno, simplemente acaban colapsando». 

Algo así es lo que le viene ocurriendo a la Semana Santa sevillana, secuestrada por el mantra de la seguridad, enjaulada por una prensa con excesivos deseos de influir sobre ella, postrada al rendimiento económico y, a veces, ninguneada por la Autoridad Eclesiástica. La fiesta mayor de Sevilla ha ido derivando en una suerte de espectáculo donde los actores se reparten la pecunia de las sillas y las cuestiones logísticas condicionan el negocio de la cosa cofradiera. El Martes Santo ha terminado por convertirse en el mejor de los ejemplos aunque sería extensivo al resto de los días.

Después de un all-in a que se repetirá la versión de 2018 y un doble o nada por la misma apuesta, cuando había quienes ya habían dado por válida la propuesta presentada por el Consejo a las hermandades del Martes Santo, la sorpresa ha sido mayúscula ante las referencias dominicales al tema. Hay quien aconseja prudencia y dejar pasar este año, y hay quien, directamente, culpa a las cofradías rebeldes de no transigir con soluciones que devuelvan la jornada a su sentido original. Lo cierto es que, y a modo de adelanto, sería posible confirmar que los hermanos mayores del Martes Santo no tienen ninguna intención de someterse a los planes del Consejo, por más concienzudo que hayan querido presentarlo. Dicha propuesta no deja de ser una mera improvisación sobre el trabajo de 2018 –aunque a la inversa-, dejando al aire las vergüenzas en la Puerta Jerez y en los horarios de determinados recorridos. Se cumplen algunas garantías pero no todas las cofradías salen bien paradas.

 

Si los hermanos mayores del Martes Santo aceptan como viable una propuesta que en el pasado fue desechada, no solo habrán perdido el valor de su independencia para autogobernarse sino que estarían escenificando el mayor bluf de los últimos tiempos. Después de tanto trabajo, de tanto consenso, de tanta generosidad, de tanto diálogo y de tanto sacrificio para garantizar la seguridad, el orden y mejorar la calidad de las procesiones, después de todo eso, si resulta que cualquier propuesta salida de una manga puede ser aceptada, como quien se guarda un as hasta el final de la partida, ¿a qué han venido los hermanos mayores en semejante pugna?

 

El valor de invertir el Martes Santo fue triple, algo que aún nadie le ha agradecido a Joaquín Sainz de la Maza: el primero, el valor de reconocer que la Semana Santa sevillana está viva y un cuerpo vivo siempre es susceptible de cambiar a lo largo del tiempo. ¿No salen igual los Cristos y las Vírgenes, no se les reza igual, no forman los nazarenos de la misma manera, suenan las mismas marchas y se escuchan las mismas saetas? El segundo valor es el de señalar, contundentemente, que la carrera oficial es un mero instrumento para generar dinero, un capital necesario que facilita a las hermandades su sostenimiento en cuestiones de caridad, patrimonio, inversiones, etc. Un hecho circunstancial pero no fundamental para el desarrollo de las estaciones de penitencia. Y el tercer valor de este cambio es el de hacer sentir a las hermandades que ellas pueden decidir por sí mismas, que tienen capacidad para proponer soluciones a sus propias problemáticas y que éstas no siempre dependen de entidades superiores. El Martes Santo ha puesto en valor la capacidad que tienen las hermandades para arreglar sus propios asuntos sin la injerencia ni dependencia de otros organismos, asumiendo una mayoría de edad que parecía perdida.

 

Ahora solo queda dejar que pase el tiempo. No responder. No volver a hablar. Asumir que todo se ha producido por la vía de los hechos consumados: con una negativa verbal es más que suficiente. El recurrente «ya no da tiempo» que se hace presente encogiendo los hombros y mirando hacia otro lado. Porque es lo que toca para que nadie quede en evidencia, que tampoco es plan de dejar a nadie en mal lugar. Eso o afirmar con naturalidad que somos una sociedad al borde del colapso porque no existe la capacidad de responder adecuadamente a las transformaciones que se experimentan.

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