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La anorexia de la música procesional: Las marchas kosher.

La música procesional está viviendo un momento dulce, pues hay muchos y muy buenos compositores que están poniendo sus conocimientos al servicio de este género musical. Sin embargo, hay un público que padece una anorexia; la musical, que les impide sentir placer con obras más nutritivas intelectualmente.

La anorexia es, tal y como define la RAE, un “síndrome de rechazo de la alimentación por un estado mental de miedo a engordar”. Esta patología genera un trastorno de la percepción de su imagen, aunque manteniendo el juicio de la realidad conservado. Un enfermo de anorexia nunca llega a verse estéticamente bien del todo; ni siquiera cuando su delgadez es extrema, llegando a un estado donde es necesaria la intervención de los servicios de salud para forzar a éstos a nutrirse, aunque sea en contra de su propia voluntad.

Los anoréxicos de la música procesional van más allá de su propia definición, pues entran en contradicciones; son aquellos que siempre piden “papas” fritas con huevo, vayan donde vayan, porque no saben leer el menú. Jamás irán a un chino, ni a un hindú… ni si quiera se comerán un triste kebab. Comerán durante semanas los boquerones en adobo del Blanco Cerrillo y las puntas de solomillo de Las Golondrinas, porque la comida extranjera les engorda. Hubo un día que ir a comer al Ventorrillo Canario requería pasaporte para ellos.

El anoréxico nunca debe confundirse con el rancio; ese cofrade de bien que le gusta lo añejo y que no critica lo nuevo, simplemente prefiere aquello que le recuerda a la Semana Santa de su infancia, y su deseo es dejarla como una instantánea inmóvil para que su tradición construida en su cabeza jamás cambie.

Que esté o no de acuerdo con el rancio es harina de otro costal, pero para que aprendan a identificar esta Semana Santa a un anoréxico musical, lo que más destaca de ellos es, simplemente, que no tienen ni idea de nada.

Este ser es el nuevo hatter cofrade que ve cool decir que todo lo nuevo no vale, pero en realidad no es capaz de discernir entre Soleá Dame la Mano y el sonido del reventón de un globo en la calle Pureza. Su enfermedad le bloquea mentalmente, arrastrándole a auto engañarse. Porfía encontrarse en posesión de la verdad más absoluta cuando asevera que una marcha debe seguir unos “cánones” para poderse denominar de tal forma –sin trieto no hay gloria–.

Su miedo a enfrentarse a su ignorancia musical les hace censurar todo aquello que pueda engordar su formación musical, percibiendo como si de una auténtica carmela con crema o una napolitana de chocolate se tratara, todo lo que pueda sonar a Wagner, Dvorak o Falla.

Estos anoréxicos forman grupos de autoafirmación, tanto en redes sociales como en foros y tertulias cofrades. Se jactan de su ayuno cultural e instan a toda la comunidad cofrade a que sigan sus pasos. Que a nadie se le ocurra tomarse ni un pastelito “chiquetito” de la Confitería Lola denominados por ellos “Bandas Sonoras”, no vaya a ser que le engorde la sesera. Ahora todos son pastelitos del Lola.

Podríamos decir que estos anoréxicos certifican su repostería musical con la etiqueta de Kosher; aquella que es realmente “pura” y apta para el consumo anoréxico procesional.

En este mundo aparecen en escena los pasteleros kosher, que lo más que saben de confitería es lo que han aprendido en un par de vídeos del Youtube. Los pasteleros kosher aseguran a estos enfermos musicales que les van a brindar pasteles sin azúcar, y si es necesario, sin gluten, a ver si así convencen a más público –te meto un raun y un agudo tó guapo y la liamos “sosio”– Ya tenemos nuestra marcha Kosher.

Y es aquí donde se cierra el círculo; anoréxicos alimentados por chef kosher que emplatan aire (para que no alimente), mientras su ego sigue creciendo por el vitoreo de anoréxicos que aplauden a un plato reluciente; impoluto y exento de mancha alguna producida por ninguna nata o crema… ni por el jugo de una pequeña monda de una naranja. La nada; el vacío… eso es lo que más sacia su sed anoréxica.

En los tiempos del Zapping y el Sálvame, el anoréxico musical se siente con la suficiente autoridad moral, copa de balón en la mano, para enjuiciar una obra musical o a un compositor, malinterpretando su opinión personal con “la verdad”, certificándola con la barra del bar y contando como notario al tirador de la Cruzcampo, “¡eso es asín porque te lo digo yo… Pare!”.

Al enfermo hay que enfrentarlo a su realidad. Hacerle ver que esto no puede seguir así, y que o cambia, o si hace falta se le mete una sonda nasogástrica para que se alimente. Su muerte, es la muerte de todos, y no nos lo podemos permitir por pura ética profesional.

Querido paciente cofrade; vas a comer, quieras o no; y si fueras capaz de ver en el espejo cómo veo yo una marcha kosher te daría vergüenza. Pero no te culpo, eres un enfermo musical. Eres incapaz de ver la realidad, pero tranquilo, no te preocupes; aquí me tienes para ayudarte.

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