Actualidad Pasión en Sevilla

Triana le saca colores a la antigua estampa del compás de San Jacinto

En Triana se vive de la nostalgia, del mito de lo que fue y ya se perdió. De los corrales que hoy son apartamentos turísticos. De la Cava de los Gitanos y la de los Civiles y de los vecinos que llevaban en la sangre la esencia del arrabal. Aquellos trianeros del éxodo regresan cada Viernes Santo y miércoles de romería, cuando salen las carretas. Si la Esperanza abandera la idiosincrasia arrebatadora del barrio y la O es la cofradía de la pureza trianera, la hermandad del Rocío es la que mantiene el sello estético y costumbrista. Ayer, algunos trianeros viejos rejuvenecieron casi 40 años cuando el Simpecado cruzó el dintel y se posó en el compás de San Jacinto, allí donde las campanas repicaban al aire por sevillanas. Allí, donde Paco Astolfi lanzaba los vivas en lo alto de la carreta y donde escribió bajo un retablo cerámico en los muros de la parroquia la frase que dictó sentencia para la historia: «Soy la Virgen del Rocío, Madre de Dios soberana. Aquí nació mi romería, para gloria de Triana».

La hermandad volvió a salir del convento de los dominicos 37 años después. Triana le sacó los colores a la estampa antigua. La misma imagen, medio siglo después y nada ha cambiado, sólo han pasado el tiempo y las personas. Por eso, ayer, en el origen de la devoción rociera en Sevilla no cabía un alfiler. Por eso lloraba el peregrino de la medalla gastada cuando el coro cantaba aquello de «Yo sueño con San Jacinto el jueves por la mañana… déjame soñar». Por eso Francisco Javier Rodríguez Sánchez, el párroco que ha vuelto a abrir las puertas que nunca debieron haberse cerrado, fue quien sacó el Simpecado al compás. Antes, les dijo: «Estáis en vuestra casa, que esto no sea noticia». Y, por eso, el nuevo hermano mayor, Federico Flores, le dio las gracias a la comunidad de dominicos «porque nos sentimos como en casa» y añadió que, «como decía Juan XXIII, éste sea el hogar donde vengamos a a saciar nuestra sed de fe». Terminó recordando a «todos los hermanos nuestros que vivieron en este templo con el Rocío de Triana». Se reencontró el Simpecado con el Señor de las Penas y la Virgen de la Estrella, que fueron vecinos en aquella casa.

Hacía 37 años que el @rociodetriana no salía de San Jacinto. Hoy ha vuelto a suceder #ElRocío19 #MiRocioenABC pic.twitter.com/9SSRaEzb7R

— Manuel Jesús Rodríguez Rechi (@manueljrrechi) 5 de junio de 2019

La carreta de plata llevaba gladiolos rojos como en 1982, el año que salió por última vez de la que fue su casa. El tiempo se paró tanto, que no emprendió la marcha la hermandad hasta pasadas las nueve y media de la mañana. Era tanta la cantidad de público que apenas podía avanzar el Simpecado. Y luego, subiendo el Altozano, un caballo resbaló y tiró al suelo al jinete, que quedó atrapado sin consecuencias. Ambos se levantaron y continuaron el camino.

Por la calle Castilla el viejo barrio sigue vivo entre las casas de siempre. Está en los balcones de la Peña Trianera y en los anexos a la torre de la O, repletos todos de mantones de manila donde le tiraron pétalos a la carreta. Una trianera curtida en las arenas se agarraba al lomo del buey que tira del Simpecado. Los más antiguos de la hermandad ponían el compás de Triana tras la caballería. Ahí está la verdad del arrabal y del Rocío de siempre, mucho más allá del postureo, que también existe y viste pañuelo y medalla al cuello, aunque cuando llega a Chapina se acaba su camino. En Triana hay de todo, está el figurón y el famoseo y está la devoción más pura, la que nació tal día como hoy, 6 de junio, hace 206 años en el seno de la familia Almagro, en el número 11 de Castilla.

La Macarena, por delante

Mientras las 36 carretas de Triana ponían la paleta de colores al barrio de las estampas en blanco y negro, la hermandad de la Macarena tomaba ventaja por el Cachorro después de visitar a la otra Esperanza, la que vive en San Gil, y al Gran Poder en San Lorenzo. No pueden tener mejor despedida de Sevilla los romeros de a la vera del Arco. Muy temprano, durante el lubricán del amanecer, ya llegaban los romeros de la Macarena, una hermandad que cumple 30 años, motivo por el que ha recibido la Medalla de la Ciudad. Por eso, el alcalde, Juan Espadas, presidió el cortejo en la salida.

En la tierra de la Esperanza, esta corporación ha logrado extender la semilla rociera. Crece y crece, hasta el punto de que este año saca siete carretas de bueyes, gracias a que un grupo de hermanos se ha movido por su cuenta y riesgo para lograr darle la mejor compañía al Simpecado por las arenas.

Cuando despuntaba el día, cruzaba la puerta de la muralla y, fugazmente, llegaba a la altura del 134 de la calle Feria, donde cada año el coro le canta en los balcones y lanza pétalos a la Virgen. Visitaba al Señor y, por San Vicente, Alfonso XII y Chapina, abandonaba Sevilla.

Y ahora queda el camino. Hoy cruzarán el Quema a la hora del Ángelus. Allí se mojarán de nuevo las medallas, como reza la sevillana macarena.

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