Actualidad Opinión

La sombra del nazareno

Dice Carlos Ruíz Zafón en la La sombra del viento, que una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Y es ahí donde comienza el devenir de cualquier nazareno, en la más tierna infancia.

 

Si no, ¿se han preguntado ustedes qué significado tiene salir en la hermandad que más te gusta, qué más te hace sentir y qué más devoción te inspira? Ninguna. Ves todas las hermandades, y resulta, que la tuya te la pierdes. No la ves porque estás con una túnica dando vueltas por las calles cirio en mano, cruz en hombro, palermo en vuelo, insignia alzada en el aire o llevando a tu hijo o nieta por medio de la cofradía repartiendo caramelos, estampitas y sonrisas de felicidad. Y no dejes de salir un año, porque ese año, cuando la cofradía pase sin ti, y los últimos tambores del paso de palio suenen a la lejanía, sentirás el vacío existencial más fuerte que existe y tal vez pierdas esa ilusión inocente por ser partícipe del todo y solo te quede disfrutar desde fuera como si de cualquier otra hermandad se tratase y ya no vuelvas.

Leía unos domingos atrás a un reputado periodista escribir bajo seudónimo, en un importante periódico de la ciudad, ironizando,  salir de nazareno es como una misa, no son un salón recreativo; tirar de sarcasmo, no creo que quien salga de nazareno vaya con la intención de ocupar una suite del Alfonso XIII; o la irreverente sentencia de las teorías sobre la comodidad de los nazarenos dan risa. Probablemente estas palabras abrirán muchas puertas al hombre detrás del seudónimo en la Sevilla más casta, más aparente y más pobre. Detrás quedarán las horas de píe, hacinados en cualquier habitáculo, esperando que tras varías prórrogas su hermandad pueda salir a realizar Estación de Penitencia. Detrás quedarán horas al sol. Detrás quedarán horas de camino descalzos. Detrás quedarán empujones y parones sin entender qué está pasando. Detrás quedarán caminos de vuelta con la túnica mojada. Detrás quedarán carreritas en la noche llenas de pánico y angustia. Detrás quedarán sollozos anónimos por faltar alguno de los tuyos a tu lado. Detrás quedarán los ahorros y desvelos para gastar cientos de euros en una túnica. ¿Suite del Alfonso XIII?, ¿salón recreativo?, ¿comodidad?, ¿reírse de esta forma de los nazarenos?

Fotografía de Esther Lobato (El Mundo)

Recuerdo vestirme de nazareno en mi casa cuando era chico. Una locura, bendita locura de cuatro hermanos vistiéndonos. Y todo lo preparado por mi madre con mimo y esmero durante semanas echado por tierra en los cinco minutos siguientes a levantarnos de la mesa de comer para vestirnos. Era felicidad, me sentía importante, guay. Iba con mis hermanos por la calle Feria y todos nos miraban, se acercaban ya a pedir caramelos, a preguntarnos la hora de salida… y mis hermanos me tenían bien enseñado el gesto con la mano de no poder contestar, como si de nazarenos de ruán nos tratásemos. Recuerdo, la preparación en un compás abarrotado que no cabía ni un alfiler. Recuerdo el sol apretando con justicia y rezando todos juntos antes de salir. Recuerdo el sonido de las bandas llegar y entrarme los nervios más grandes jamás sentidos con los pelos de punta, el ponerme el capirote el primero, el entrar en la Capilla y ser el único minuto, infinito eso sí, que en principio iba a ver a mis titulares. Recuerdo salir y mirar para todos lados buscando a mi madre y mis hermanas. Recuerdo la llegada a Carrera Oficial y quedarme solo. Recuerdo entrar en la Catedral y vivir lo que es la intimidad por primera vez  en mi vida, en la inmensidad del silencio, todos yendo de un lado a otro mientras sonaba por megafonía: Y de la Calle Feria viene la Pontificia, Real, Ilustre[…] el Señor representa el pasaje de la Oración en el Huerto, […] y arrodillado oraba diciendo: Padre, si quieres aparta de mí este cáliz… mientras que alguien con voz enfadada gritaba en la puerta de los baños, segundo tramo fuera, y yo siendo del primero corría asustado comprobando año tras año la pequeña mentirijilla. Recuerdo la Cuesta del Bacalao llena de gente, y pensar lo que tendría que ser ver subir al misterio tal cuesta, recuerdo los parones que hacían interminable el Salvador y recuerdo como mi madre me compraba en la Encarnación para comer un bocadillo mientras esperábamos al Señor, para luego irnos rápido al balcón de mi abuela a ver la Macarena. Recuerdo llegar a casa de mi abuela como el héroe de la noche con todo el mundo esperándome y preguntándome. Recuerdo como algún año después pude hacer el recorrido entero y ver los pasos entrar. Recuerdo ver la espectacularidad de la entrada del Señor encadenando marchas con las sombras en las paredes del su perfil y el olivo. Y recuerdo los tintineos de los Rosarios mezclarse con el sonido de las zapatillas de los costaleros contra la rampa entrando el palio. Puedo decir, que soy quien soy por quien fui.

Fotografía de Ángel Gómez Beades

Recuerdos cada uno de su hermandad, de su historia, de cada año diferente al siguiente, de los amigos que haces, de las vivencias que acumulas año tras año. Recuerdos de la Semana Santa. Recuerdos de todo un año. Recuerdos forjados en la niñez que se van colando entre rezos y reflexiones cada Jueves Santo.

¿Numerus Clausus? Solo una sociedad que desprecia los sentimientos, que desprecia la niñez, que desprecia vivir, que desprecia su propia historia personal, puede ni siquiera plantearlo. Fue duro que vinieran de la Sexta hace años a mofarse de nosotros con aquellos nazarenos en descapotables o con gafas por fuera del antifaz, fue duro la competición creada por redes sociales para cazar al nazarenos mas indecoroso como si de pokemon se tratase, pero mas duro es que desde la prensa morada y los propios cofrades intentemos poner diques a los nazarenos, los verdaderos portadores de las historias de la Semana Santa. Citando de nuevo al escritor español mas leído, tras Cervantes, hay épocas y lugares en los que no ser nadie es mas honorable que se alguien. Hoy día, es bastante más honorable ser un nazareno anónimo que cualquiera con nombres y apellidos que se cree dueño y señor de la esencia sevillana sin tan ni siquiera respetar sus valores más básicos.

 

 

 

Foto de portada: Jesús Morón (El Mundo)

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