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Coronavirus cofradiero

Las situaciones excepcionales siempre son de gran utilidad. Por decirlo suavemente, evidencian que el rey está desnudo. Solo hay que verlo en la bravuconería del alcalde, Juan Espadas, y en el látigo de la opinión publicada, diciéndole a la ciudadanía lo que debe pensar. El socialista de derechas que rige Sevilla se atreve a echarle un pulso a la Organización Mundial de la Salud: «la OMS tendrá que convencerme para que la Semana Santa se suspenda». Lo cual evidencia lo que pocos afirmamos sotto voce: que los verdaderos propietarios de la Semana Santa son las administraciones públicas y los empresarios.

Espadas contra la OMS, por encima de la Junta de Andalucía y el Gobierno de España, comportándose como un galo irreductible, imperturbable a la romanización, mientras que los palmeros de turno y agradaores de saldo congratulándose por las palabras de su manijero. Terrible e irresponsable. Al otro lado, el presidente de los empresarios sevillanos, Miguel Rus, bastante más sereno y con más prudencia, ha afirmado que el empresariado está prevenido para todo. Al mismo tiempo, desde la Junta de Andalucía ya se hacen cábalas para colocar entre los andaluces la noticia de la suspensión de todas las concentraciones masivas sin que esto suponga una tragedia emocional. Frente al infantilismo de Espadas y su corte, hay quienes no descartan ningún escenario.

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El Alcalde Juan Espadas en el Foro Joly donde dijo no ver peligrar la Semana Santa. Foto Diario de Sevilla

Después está la opinión publicada, que se dedica a espetar que quienes prefieren guardar prudencia con respecto a la conveniencia de celebrar la Semana Santa con procesiones en la calle son malos cofrades, cuando no, enemigos de la fiesta. Toma ya. Incluso se esboza la idea de que esto del coronavirus y la pertinente cancelación de las cofradías por prevención de salud pública es una conjura contra el catolicismo y un ataque a los sentimientos religiosos. De traca.

En Valencia, la Generalitat ha cancelado las Fallas dos días antes de su inicio. Los estragos que supone cancelar eventos de este tipo son, principalmente, económicos y sentimentales. Las fiestas de primavera acumulan el cuatro por ciento del PIB sevillano, una cifra nada despreciable en términos de impacto económico. Sin embargo, me niego a reducir la celebración de la Semana Santa a una cifra económica: Dios no murió para salvar al turismo y engordar la cuenta corriente de los empresarios hosteleros.

Frente a tanto despropósito, lo único que se puede hacer de momento es esperar, observar y obedecer. La celebración de la Semana Santa con pasos en la calle dependerá de la evolución de la epidemia en la próxima quincena, en la variación del número de contagios y en la gravedad de los mismos. Como cualquiera puede entender, si la situación no remite en los próximos días, permitir concentraciones masivas de personas sería irresponsable. A los cofrades les toca actuar con responsabilidad y serenidad, sin dramatismos exacerbados y desde una posición firme, en absoluto fanática. Para eso ya tenemos a los políticos.

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