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Mi día grande

Decir Martes Santo es decir el día grande del año en mi casa. Es el día de mi familia. Es la herencia que me dejan mis mayores. Es lo que trato de inculcar a mis hijos. Hablar de Martes Santo en mi casa es llenarlo todo con su Dulce Nombre. A veces cuesta trabajo trasladar al papel tantas sensaciones. Más complicado aún es trasladar tantísimos sentimientos. Y más aún si, como este año, esos sentimientos están tan enfrentados.

Por un lado está el sentido de la responsabilidad. El saber y ser consciente y coherente con la situación que vivimos. Sabiendo que esta es nuestra penitencia este año, el quedarnos en casa para vencer al “bicho”. Pero, como decía, es día de sentimientos encontrados porque, a la vez, es muy doloroso tener que afrontar un Martes Santo como el que se nos presenta. Sin miles de visitas, por internet, a ver qué tal estará el tiempo. Sin esa visita a la plaza de los sueños cuando ya va tocando a su fin el Lunes Santo y el reloj recorre las primeras horas del día señalado en rojo en el calendario de mi casa.

Despierta Sevilla en un nuevo, distinto y triste Martes Santo. Porque no hay que tener miedo, por la situación que nos rodea como sociedad, a decir que la Semana Santa nos está llevando a un nivel de tristeza que es perfectamente compatible con el sentido de la responsabilidad en nuestra lucha contra el Covid-19.

Pero no podemos dejar pasar que es Martes Santo. Hoy no hay ropas de monaguillos en el salón de casa. He buscado mi faja y mi costal pero resulta que no era un mal sueño. Que están guardados, antes de tiempo, en esa caja donde descansan mis ilusiones todo un año. No están esos nervios que no dejan dormir. No hay un abrir de persianas para buscar el azul dominante en el cielo. No hay un “venga arriba, chicos, que ya es Martes Santo”.

La misa de Hermandad, que no preparatoria para la estación de penitencia, toca vivirla desde casa. Hoy hay poco consuelo. Pero lo hay. Porque en este Martes Santo tan diferente que nos toca vivir, Ellos estarán más presentes que nunca. Ellos. El Señor y la Virgen. Los que nunca salen de la memoria, y hoy con más motivo. Hay consuelo en esas historias que se le cuentan a los hijos para que sepan quienes son y de donde vienen.

Hoy, es un Martes Santo de contar batallitas. De recordar, como siempre, a los que ya no están y nos inculcaron el amor por nuestra hermandad de la Bofetá. Es un Martes Santo de televisión donde recordar otras vivencias donde van esas batallitas que quieres transmitir a tus hijos. Es Martes Santo de cumplir rituales habituales en casa. Es Martes Santo de llamadas con la familia para ver cómo se lleva el día y animarnos en la medida de lo posible.

Pero hoy es más Martes Santo que nunca. En esos sentimientos enfrentados, gana aquél que me hace buscar a mis grandes devociones: Jesús ante Anás y Dulce Nombre. Y los busco en la intimidad de mi casa para rezarles y ofrecerles mi sufrimiento como sacrificio en la búsqueda de que todo se solucione cuanto antes. Hoy es más Martes Santo que nunca porque sé que en el rezo de toda Sevilla va un único pensamiento. Hoy es más Martes Santo que nunca porque, si cabe, siento a mi Hermandad más cerca. Hoy es Martes Santo y, aún en estas condiciones, siempre será el día más bonito del año en mi casa.

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