Actualidad Entrevista

Devolver la subvención: una decisión precipitada hacia la ruina

Desde los años sesenta, el Consejo de Hermandades trabajó por la financiación sostenible de las cofradías. La transformación total se produjo durante la presidencia de Manuel Román, acompañado por Joaquín de la Peña, José Ramón Cuerda Retamero y Julio Cuesta. Lograron el mayor hito contemporáneo de la Semana Santa: que las hermandades tuvieran estabilidad financiera. Ahora el Consejo de Hermandades se enfrenta a la decisión más difícil de su historia: devolver el dinero de las sillas y palcos, lo que dejaría a las hermandades sin subvención y encaminadas hacia una situación ruinosa.

Calle Amargura. Un día de la primavera de dos mil trece. Media tarde. Calor y un silencio parecido a los de estos días aciagos inundaba los alrededores de Omnium Sanctorum que se revisten de la monumentalidad del tiempo. El bar de la esquina de la calle Relator ya no es el mismo de entonces. Las cosas, en realidad, no han cambiado demasiado. Sobre la mesa había una grabadora, una libreta Moleskine y un café.

 

– ¿Cuál es el concepto original de la subvención?

Es un dinero que las propias hermandades generan y que no está mal que revierta sobre ellas mismas, puesto que hacen grandes inversiones. De hecho, pienso que si no hubiera subvención, ya se intentaría buscar el dinero por otro lado. El caso de los Javieres es curioso, ya estuvo una vez a punto de la quiebra total, en los años setenta, y ahora se encuentra de nuevo en una situación difícil. No obstante, la pregunta filosófica de la subvención es: si no hubiera tanto dinero dentro de las hermandades, ¿éstas serían más auténticas o estarían a punto de extinguirse? Soy un convencido de que las hermandades deben autofinanciarse y la carrera oficial es una fuente de ingresos.

 

La respuesta parece que la dio ayer, lo que demuestra la vigencia del tema siete años después de la entrevista. La Semana Santa es un elefante que se mueve lentamente, pero que se mueve. Quien responde es Joaquín de la Peña, uno de esos hombres sinceros, discretos y grises de la Semana Santa. Solo destaca por su eficiencia y por su sinceridad, como buen empleado de banca. Nunca tuvo perfil político, por eso perdió las elecciones contra Adolfo Arenas en dos mil ocho. Por eso costó demasiado que accediera a aquella entrevista. Solo pidió rigurosidad. De la Peña tampoco tenía junto a él a un Andrés Martín que le abriera la puerta de cada hermandad, pero conocía la realidad de las hermandades como pocos. Junto con el entonces presidente del Consejo, Manuel Román, y con José Ramón Cuerda Retamero, primero, y Julio Cuesta, después, pilotaron la carrera de las hermandades hacia su autofinanciación. Generaron un modelo económico que permitía ofrecer estabilidad a las corporaciones y alejarlas de la inestabilidad de los tiempos.

 

 

– ¿Para qué había que darle tanto dinero a las hermandades?

El primer objetivo era mantener estable el culto interno y la salida procesional. El segundo era la dignificación del culto y el aumento y mejora del patrimonio. Esto generó la primera oleada patrimonial alrededor de los años ochenta, conocida como una gran época de producciones artísticas y artesanales. Pasada esta época, estando ya dentro del Consejo y las hermandades muy estabilizadas en el plano económico, nos percatamos de una cuestión: el cómputo general que las hermandades de penitencia invertían en caridad coincidían muy aproximadas con el dinero que el Consejo daba a las hermandades en concepto de subvención. Y ahí vino el tercer objetivo: el ejercicio de una caridad conjunta, focalizada, estable y bien entendida que, desde mi punto de vista, no se está llevando a cabo ahora.

 

En dos mil ocho, Joaquín de la Peña intentó ser presidente del Consejo de Cofradías. En su candidatura figuraba el actual vicepresidente, Roda Peña. Ahora, De la Peña se dedica a dirigir su Hermandad de Todos los Santos, que no es poca cosa. Curiosamente, Roda Peña se enfrenta ahora a una de las decisiones más difíciles del Consejo en toda su historia: devolver el dinero de las sillas y palcos, lo que dejaría a las hermandades sin subvención y a merced de una situación parecida a la de los años sesenta, tal como recoge Romero Mensaque en su libro sobre la historia del Consejo. Por aquel entonces, las hermandades tuvieron que instalar mesas petitorias en las calles para poder financiar las procesiones de Semana Santa. Román, De la Peña, Cuerda Retamero y Cuesta fueron los artífices de que aquellas imágenes no volvieran nunca más. Tiempo después, desde algunas tribunas y medios de comunicación parece que se desea volver a unas imágenes raquíticas, azuzando a tomar una decisión precipitada en mitad de la tempestad.

 

Por aquella época, en dos mil trece, Manuel Román había vuelto a ser el boticario de la Puerta Carmona, si es que eso era posible. Atendía detrás del mostrador y las entrevistas las concedía en el pequeño despacho de la trastienda, un cubículo en el que con dificultad caben dos personas. No había perdido ni un gramo de la determinación que le acompañó durante sus años de presidencia, aunque ahora dijese lo mismo revestido con una bata blanca.

 

– Si alguna vez escribiera sus memorias, acerca del Consejo una de las cosas que destacaría sería el beneficio que usted le ha dado a las hermandades con la autogestión de la carrera oficial.

Eso sí. Eso sí fue un trabajo importante. Yo lo vi desde el principio. Incluso a estos señores (los silleros) se lo comenté desde el principio, que no me parecía bien que el dinero de las hermandades pasara a bolsillos de privados. El dinero de las hermandades es un dinero que tenía que gestionarse por y para las hermandades. Y con ese criterio, cuando llegó el momento, decidimos cortar con ellos. Lógicamente eso supuso un trauma importante para esas familias.

 

Cuando Román fue tesorero, en tiempos de Antonio Ríos, tenía claro, como De la Peña, que había que buscar la autofinanciación de las hermandades. Cuando Román dio el salto a la presidencia del Consejo, uno de sus principales objetivos fue la mejora de la gestión de las sillas y palcos, de modo que las hermandades alcanzasen una mejora en sus ingresos. Más dinero, más estabilidad, más esplendor.

Manuel Roman, Presidente de las cofradias en el año 2004 acompañado de Gonzalo Crespo el por entonces concejal de Fiestas Y Juan Ramón Cuerda visitan los palcos de la plaza San Francisco Javier.
Foto: Javier Cuesta

– Lo que siempre han intentado ustedes desde la tesorería y la presidencia con este gran proyecto es aumentar el reparto de dividendos entre las hermandades.

Lógicamente es gestionar, gestionar mejor para dar más beneficio a las hermandades. O sea, que una mejor gestión conlleva un mayor aumento de los beneficios.

 

Como De la Peña, Román tenía claro que había que asegurar el culto y las procesiones, proteger el patrimonio y, en tercer lugar, promocionar la caridad dentro de las propias posibilidades.

 

– Manuel Román nos comentaba que él y otros componentes –entre ellos, usted- del Consejo tenían en mente otras reformas. ¿Había una hoja de ruta?

Por supuesto. Estábamos decididos a cambiar algunos aspectos que no entendíamos por qué seguían funcionando tan mal y formamos un equipo muy compenetrado que, desde mi punto de vista, obtuvo grandes resultados. No sólo la gestión de la carrera oficial, que fue algo muy importante, también las relaciones entre las hermandades y la autoridad eclesiástica, la formación y la caridad.

 

– ¿Cuáles fueron las particularidades del proceso que los llevó a la autogestión?

Partíamos de cero. No teníamos ni infraestructuras, ni sillas, ni conocíamos a los abonados a la carrera oficial. Quizá ese fuese el mayor escollo: que no controlábamos una base de datos de abonados desde el Consejo. Esto hizo que fuese necesario seguir contando con los antiguos silleros transformados en empresarios. Juan Ramón Cuerda Retamero fue el artífice empresarial de este proyecto y lo pone a rodar hasta el año 2004, cuando abandona el Consejo, siendo sustituido por Julio Cuesta: se pensó en el para incrementar los recursos de la propia institución, mejorar la situación económica de las hermandades de gloria y sacramentales. Digamos que Julio Cuesta era un “buen amigo”.

 

Curiosamente, el fallido pregonero de 2020 fue una pieza clave en las relaciones institucionales del Consejo. Toda la experiencia del sociólogo Cuesta, buque insignia de Cruzcampo en Sevilla, se puso al servicio de una transformación sin precedentes. Se trataba de hacer vales el peso de las hermandades dentro de la sociedad local. Quien fuera delegada de Fiestas Mayores, la socialista Rosamar Prieto-Castro lo reconoció mientras respondía a las preguntas en una entrevistas en el bar Europa, esquina Siete Revueltas con Alcaicería.

 

– ¿Es lícito que las hermandades consideren la subvención un derecho?

No es lícito. El dinero que se genera de la carrera oficial son ayudas para reconocer la labor importante que las hermandades realizan. Son ellas quienes canalizan y articulan la sociedad sevillana.

 

Derecho o reconocimiento, desde las hermandades o desde la administración local, todas las partes coincidían –y lo siguen haciendo- en que hay que apoyar a las hermandades económicamente para sostener sus actividades.

 

– ¿Por qué ha ayudado hasta el exceso a las hermandades?

Era una estrategia de competencias entre las distintas delegaciones municipales y que, de buen seguro, continuará existiendo ahora con el nuevo gobierno (se refería al mandato del ‘popular’ Juan Ignacio Zoido) aunque ellos lo nieguen. Es necesario insuflar dinero en las hermandades.

 

Joaquín de la Peña apostilla.

 

– ¿Tienen mucho poder las hermandades?

Es un poder, desde mi visión, incontrolable, especialmente porque hablamos de emociones, se sentimientos. El objeto masa de las hermandades es muy difícil de canalizar desde fuera. Asimismo, creo que existe una sobrevaloración de la importancia de las hermandades en el ambiente ciudadano.

 

Desde la política, las cosas se ven diferente.

 

Parecería cierto que el Consejo debe devolver el importe de las sillas y palcos. No se puede cobrar un servicio que no se ha ofrecido, pero tampoco es menos cierto que la decisión inoportuna y poco consensuada podría abrir un agujero negro en las economías de las hermandades que las devolvería a los años de carestía y calamidad.

 

Hay quien ha confundido el estado de bienestar local con el sistema económico organizado a partir de un evento festivo religioso multitudinario: la Semana Santa. Las hermandades forman parte del sistema de bienestar local desde que comenzaron a fundar hospitales en el siglo XVI, pero en rara ocasión han cruzado las líneas de asistencialismo. De la Peña ya lo advirtió en su día, desde el respeto, pero también desde la contundencia.

 

– ¿La caridad supone, actualmente, un lavado de cara con respecto a las grandes cifras dinerarias que manejan?

La caridad no puede ser un lavado de cara, entre otras cosas, porque no es algo fácil de ejercer y precisa gente formada, con capacidad. En este sentido, es cierto que los recursos de las hermandades son muy limitados y lo fácil es la caridad del cheque, que también, en algunos casos, es la más efectiva porque así no se producen duplicidades en la labor social y todos los medios se canalizan mediante instituciones ya asentadas en estas labores. Sí es cierto que la caridad se convierte en una justificación cuando ésta coincide con actos extraordinarios, como una coronación.

 

Las hermandades no deberían justificarse. Manuel Román advirtió que hay una pérdida de identidad que despista a muchos cofrades. Las hermandades nacieron para el culto y a ello se deben. Sin embargo, hay quien ha desviado ese foco hacia otras actividades.

Manuel Roman,  cuando fuese Presidente , en 2004, del Consejo de Cofradías acompañado de Gonzalo Crespo concejal de Fiestas Y Juan Ramón Cuerda visitan los palcos de la plaza San Francisco Javier.
Foto: Javier Cuesta

 

– ¿Qué papel desempeña la caridad en las hermandades?

La caridad es un segundo plano. Se está desvirtuando el sentido de las hermandades. Yo creo que la caridad hay que potenciarla, pero el fin que justifica la existencia de una hermandad no es la caridad. Es una idea que tengo muy clara. Esto está desembocando en uno de los problemas más importantes que tienen hoy día las hermandades, que es la falta de identidad propia. Esto no es ningún club de futbol, ni Cáritas, ni una ONG. Esto es una hermandad, para bien o para mal, y hay gente que está en ellas y lo hace porque dentro se realiza una importante labor social. Pero para eso ya están otras organizaciones. Hoy día todo lo queremos solucionar en la calle. No existe una vida comunitaria dentro de la Iglesia.

 

El reportaje vuelve al principio. Las hermandades se preparan para una situación complicada. El Consejo tendrá que devolver el dinero de la carrera oficial, pero también tendrá que articular una fórmula para rescatar la economía de las hermandades. Gobernar implica sacrificios, implica esfuerzos. También se debería esperar alguna respuesta desde el Ayuntamiento, que ha optado por el silencio prudencial. Afuera hay ruido. Las declaraciones son de dos mil trece, pero cualquiera diría que se produjeron ayer. Hay que tener memoria para todo.17

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Un comentario

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Joaquin 04/17/2020 at 12:20

Considero el artículo bastante tendencioso, ya que en el se habla de consecuencias economicas poco menos que catastróficas, pero, se omite lo más importante, es decir, los datos económicos reales: recaudación total, gastos imputables y, distribución por Hermandades, lo que dejaría bien claro el impacto económico real en cada caso.

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