Actualidad Opinión

Ni empresas, ni ONGs

Por Francisco Javier Segura Márquez

He recibido en estos días una reflexión del Papa Francisco en torno a la Jornada de las Misiones del año 2013, cuando su pontificado apenas traspasaba esa barrera de los primeros «cien días» que sirven para establecer las líneas de actuación de cualquier persona o equipo responsable de una institución cualquiera.

El Papa Francisco, ya entonces, dejaba claro algo que ha seguido manifestando, verbal o gestualmente, durante los últimos siete años. «La Iglesia no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo».

Puede que a muchas personas estas palabras no les digan nada. A otras, probablemente, les llamará la atención que el Papa niegue a la Iglesia su vocación caritativa, lo que habrá que desmentir y citarles para una relectura atenta. Otras pocas, seguramente, sentirán herida su propia gestión de la parcela de la Iglesia de la que forman parte (o cuya gestión tienen encomendada) por dos razones completamente antónimas: aquellos que defienden que la caridad es lo más importante y aquellos para los cuales la ganancia, el sostenimiento y la recta administración son su objetivo principal.

Que el Papa tuviera que decir que la Iglesia no es una empresa ni una ONG nos ayuda a comprender cuál es el panorama al que todavía nos enfrentamos, mucho más ahora en este tiempo de pandemia que ha sacado lo mejor de nosotros mismos en cuanto a solidaridad, atención y cuidado. Sin embargo, esa vocación al auxilio mutuo no debe abstraernos de lo fundamental.

La propia Teresa de Calcuta afirmaba: «En 1973, cuando empezamos nuestra Hora Santa diaria, nuestra comunidad comenzó a crecer y florecer. … En nuestra congregación solíamos tener adoración una vez a la semana durante una hora; luego en 1973 decidimos dedicar una hora diaria a la adoración. El trabajo que nos espera es enorme. Los hogares que tenemos para los indigentes enfermos y moribundos están totalmente llenos en todas partes. Pero desde el momento que empezamos a tener una hora de adoración cada día, el amor a Jesús se hizo más íntimo en nuestro corazón, el cariño entre nosotras fue más comprensivo y el amor a los pobres se nos llenó de compasión, y así se nos ha duplicado el número de vocaciones. Dios nos ha bendecido con muchas vocaciones maravillosas. La hora que dedicamos a nuestra audiencia diaria con Dios es la parte más valiosa de todo el día.»

Nadie podrá afirmar que Teresa de Calcuta es una santa alejada del modelo ideal de hombre o mujer comprometidos con ser Iglesia. Su entrega total a los más pobres, enfermos, desvalidos y alejados no deja lugar a dudas. Sin embargo, siempre me atrajeron estas palabras suyas sobre la adoración eucarística, fundamental para sostener cualquier tipo de acción caritativa, más o menos heroica.

Ustedes me van a permitir que traslade el mensaje del Papa y el testimonio de Santa Teresa de Calcuta al mundo cofrade. Las hermandades, en efecto, no son una empresa ni una ONG, no pueden sostenerse solamente en la ayuda mutua ni en la acción caritativa, sino que precisan, tan urgentemente como siempre, revalorizar el culto, la oración, la formación y el apostolado como herramientas fundamentales de su actividad diaria.

Una hermandad, por muy grande que sea, por muchos hermanos que tenga, por muchos empleados que pueda llegar a tener a su servicio no puede distraerse de aquello que es su fin fundamental: el culto honorable a Dios, a la Virgen y a los Santos, manteniendo su instituto fundacional, su carisma originario, el cual en algunos casos supera los cinco siglos de antigüedad pero en otros no llega casi a la década. Debemos estar de acuerdo en que ninguna hermandad se fundó exclusivamente para asistir a los más necesitados, sino que siempre su labor caritativa fue un reflejo de su fin principal, que no es otro que el culto. Y no olvidemos que, porque ese culto mueve el corazón de quienes lo celebran a la penitencia y a la misericordia, es por lo que las hermandades y cofradías sacan sus imágenes a la calle y por lo que salen al auxilio de todos los que lo necesitan.

La imagen de una hermandad, el márketing de una hermandad no puede estar solamente basado en labores de caridad, lo mismo que no puede estar fundamentado en «qué bonito va el paso, cómo lo mueven, qué marchas más bonitas le van tocando». Tan externo y carente de fundamento -mal que nos pese- pueden llegar a ser una cosa y otra si detrás de ellas no está el culto, que une en comunidad a los hermanos y los hace estar atentos a lo que entre ellos necesitan, en ese espíritu de los primeros discípulos que tan «guay» suena para aquellos que quieren prescindir de la riquísima tradición litúrgica y celebrativa que la Iglesia ha ido acrisolando a lo largo de los siglos.

Primero el culto a Dios, unidos en comunidad, mirando por aquellos que el Señor ha puesto en nuestro camino. Primero el bienestar, la salud, la alegría y el sustento de todos aquellos que, de nuestra mano, nos darán fuerzas y harán posible que lo que hagamos como Hermandad, de puertas para afuera, sea digno reflejo del culto que celebramos, de la plegaria y la acción de gracias que presentamos al Señor, de la devoción a la Virgen fundamentada en muchas cosas entre las cuales no soy capaz de hallar ninguna que sea accesoria. Y porque el culto es una ofrenda digna al Señor, reunamos kilos y kilos de comida para repartirlo a los pobres, y demos a conocer nuestra labor caritativa y llevemos a cabo cuantas iniciativas permitan, con un beneficio justo, sostener todo aquello que necesitamos, sin alharacas ni innovaciones que nos alejen del espíritu de lo que somos.

Caridad, sí: toda la que podamos. Pero como fruto y consecuencia de la acción del Espíritu Santo, que no visitó a los apóstoles en soledad llevando cada uno un plan por su cuenta, sino unidos en oración junto a la Virgen. Que Ella nos sostenga y aliente en la aventura de ser cada día (buenos, malos o regulares) discípulos de Cristo y testigos de su Evangelio.

Por Francisco Javier Segura Márquez

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