EL Poder del Gran Poder

Todo un mensaje de teología, que ha labrado la fe de la ciudad y de sus hombres a lo largo de la Historia, desde el Siglo XVII hasta el hombre moderno de hoy, que guarda mucho más que la belleza artística y que se regaló a la ciudad para ser a través de los sentidos catequesis y enseñanza de Dios. 

Hace unas semanas rememorábamos el primer aniversario de un hecho histórico para la ciudad en general, además de la iglesia y las cofradías en particular. Un año después aun estamos asimilando y recordando lo que supuso la salida del Señor del Gran Poder.

Tras ella, floreció, la lírica y el sentimiento en muchos compañeros que han descrito el encuentro de Sevilla con su más fiel devoción, pero… un año después toca preguntarse…

¿Qué tiene el Gran Poder para haber logrado eso?

Muchos podrán hablar de la importante Belleza estética, qué duda cabe de la genialidad del artista al gubiar la madera y al trazar la pertinente encarnadura, tan importante en el resultado final. Pero para entender el fenómeno del Gran Poder no podemos quedarnos en la belleza formal sino hacer una lectura adecuada de la imagen penetrando en su significado. Poniendo y realzando su valor que reside no solo en sus formas sino también en la profundidad de su mensaje.

Para ello no hay más remedio que viajar en el tiempo al barroco, una época donde la ciudad vive una de sus más profundas crisis, que marca para siempre la historia de esta urbe, quizás la mayor y de la que aún hoy podemos no haber salido. El Siglo XVII con el declive del puerto, la riqueza volando hacía el extranjero, una monarquía y clase política cada vez más endeudada y menos potente y la muerte en cada esquina a manos de grandes epidemias asestan a Sevilla una herida mortal abierta y sangrante de la que jamás se recuperaría.

En esa época llega el Gran Poder a la ciudad, en una época de crisis que huye con la consciencia del necesario cambio. ¿Y cómo manifestamos ese cambio necesario? Con el dinamismo, el movimiento, el giro, el horror al vacío y al orden racional y sereno, pues lo establecido es patético y necesita de una metamorfosis brusca y brutal que remueva y desarme. Juan de Mesa entiende que el espectador debe sentir el deleite, la impresión, el impacto de la emoción para conmover, pues, en esta desmesura de las formas y la imagen, está el primer mensaje del Gran Poder. En el desorden flota intangible y desemboca la idea final del Orden infinito, la idea de Dios que se mantiene perenne.

El Gran Poder se convierte en enseñanza a través de conmover al que lo observa, el símbolo de la huida del caos hacía el orden divino, el símbolo de la huida del hombre de un mundo que lo aplasta hacía la idea de la salvación.

Foto. Tomás Quifes

El dramatismo es vital para ello, el rostro profundamente varonil sin amaneramientos, los pómulos resaltados, la piel llena de sudor y sangre que se acentúa, por qué no decirlo, con las deficiencias en la conservación de su policromía, coronado por una tosca corona de espinas que enfatiza el sufrimiento del rostro.

La corona de espinas, una serpiente que se muerde la cola como en la naturaleza hace el reptil. Vencida la muerte y el mal, guarda junto al rostro el segundo mensaje, el sufrimiento del pecado con el que carga en su sien el Señor del Gran Poder, el pecado de los hombres que demacra su rostro pero que sobre su cabeza reposa ya muerto.

 

El nazareno posee una mirada absorta, como alejado de lo que le rodea, no es la mirada de otras imágenes que te sigue, sino que absorto el Señor eres tú el que la encuentras. Es una especie de cansancio y sensación de curtirse de insultos y traiciones donde sin embargo su figura parece superar todas ellas con esa poderosa zancada de atleta que lo conduce glorioso a su martirio como si la cruz no pesase.

Tercer mensaje, no es casual que los nazarenos sean las imágenes más devotas y tampoco lo es que lo sea el Gran Poder en Sevilla,

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, según el Evangelio de San Marcos.

Es un reflejo de la vida del hombre, cargado con sus cruces, sus pecados, sus miedos, sus huidas, sus mundanidades, sus vicios y sus fobias, todas en una cruz que trazando una gran diagonal se contrapone bruscamente a la zancada poderosa que lanza el mensaje de la superación y la esperanza, la misericordia con las cruces de los hombres. Avanzar hacia la salvación y la felicidad en el sentido contrario a nuestras cruces.

Y por si fuera poco, el anuncio de la existencia de Dios hecho hombre, en su cuarto mensaje, que, como Santo Tomás, nos presenta a Dios desde la razón.

Desde el movimiento potente del señor, el motor que todo lo mueve, pues es el único que avanza al observarse en la calle, sobre las cabezas de los fieles el movimiento de sus costaleros parecen hacerlo andar sobre los hombres, el primer motor.

“In manu ejus potestas et imperium”.  En tu mano están el poder y el imperio. El lema de la Hermandad que se manifiesta en la Epifanía, reflejado también en sus potencias que coronan al hombre del Poder de salvar a todos sus iguales como Dios mismo que también es.

Todo un mensaje de teología, que ha labrado la fe de la ciudad y de sus hombres a lo largo de la Historia, desde el Siglo XVII hasta el hombre moderno de hoy, que guarda mucho más que la belleza artística y que se regaló a la ciudad para ser a través de los sentidos catequesis y enseñanza de Dios.

Padre Nuestro que estás en Sevilla…

2017-11-15T21:07:06+00:00 15 noviembre, 2017|Reportajes|

About the Author:

Carlos Cabrera Díaz

Con estudios en Historia por la Universidad de Sevilla, siempre llevando información cofrade y reportajes en diversos medios de comunicación, ahora habla de ellas en El Programa de Ondaluz y Golgota de Sevilla F.C Radio.

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