Los Miembros

He dejado pasar un tiempo, reflexionando, sobre unas declaraciones que trascendieron hace días a raíz de un mensaje de un ex hermano mayor que, en el contexto de unas elecciones en la hermandad que presidió, solicitaba el voto para una de la candidaturas afirmando que esta, “representaba los auténticos valores cristianos que siempre habían defendido”. Y para más sinrazón, afirmaba que los sagrados titulares premiarían a quienes los votasen.

Declarada y sorprendente soberbia de arrogarse el conocimiento sobre a quién premia, y por consiguiente castiga u olvida Dios, en tanto en cuanto, sea el voto de un hermano en una hermandad.

Pero ya en el principio el hombre fue expulsado del paraíso por querer convertirse en Dios y decidir él mismo a quién condenar y premiar con el engaño de la serpiente, demonio que parece seguir muy vivo en nuestras cofradías, a pesar de que el dragón esté abatido en el Triunfo de la Santa Cruz del paso de “la canina”.

 

“Miren, los seres humanos se han vuelto como nosotros, con conocimiento del bien y del mal. ¿Y qué ocurrirá si toman el fruto del árbol de la vida y lo comen? ¡Entonces vivirán para siempre!”

No quiero ponerme iluminado, pero tampoco viene mal al hablar de cofradías recurrir a La Palabra, que parece faltar tanto en la formación de nuestras hermandades. No puedo evitar acordarme, cuando alguien hace referencia a los valores cristianos que dicen tener unos y otros no, a los ejemplares cristianos que se sitúan como reflejo al que mirar, narcisistas ellos y jueces de la moralidad y la vida ejemplar, a una de las cartas de San pablo a los Corintios.

 

En la referida, San pablo exhorta a unirse a Dios como un solo cuerpo, da igual el miembro que seas, como un cuerpo de hombre donde cada miembro cumple una función concreta, mantiene una labor para todo el cuerpo dando igual donde se sitúe, que valor le demos o que protección o exposición le demos.

Los miembros no pueden estar desunidos, mientras algunos abogan por condenar y elegir a sus élites, las hermandades deben dar pasos a unir y crear cuerpos dentro de ellas con sus miembros.

Que no existan manos sueltas, como esos cofrades que basan su labor en la tarea de hacer solo por hacer, olvidando que también deben avanzar. Con pies, pies de esos otros cofrades que tan solo prometen mejorar y andar y avanzar con promesas de futuro y crecimiento pero no saben dónde ir. Para eso hacen falta ojos, que miren busquen y encuentren el camino de la hermandad y hacen falta esos cofrades que ponen los oídos que oyen y escuchan a todos los miembros y sus inquietudes.

“Y si todos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo? Sin embargo, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo.  Y el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito”

¿Cómo puede decir un hermano a otro que no lo necesita, que sus valores no son los de su hermandad, que no posee valores cristianos? ¿Qué antítesis del sentido de hermandad puede ser mayor que querer desalojar a los miembros de un gran cuerpo que debe ser una hermandad?

No dejamos de hablar, con nuestras bocas, con esa oratoria poderosa y fuerte que enamora en entrevistas y charlas, que se coloca en barras de bar o en hoteles en presentaciones de candidaturas y emboba con su palabrería. Pero ¿qué sería de esos labios sin su miembro más delicado? Ese miembro débil, blando, protegido por las costillas, que bombea y bombea para que tu voz se lance. ¿Qué sería de esos hermanos que destacan por su boca sin los hermanos que le mueven su hermandad con su bombeo  diario y que son, a pesar de estar más ocultos, el corazón de su hermandad?

¿Cómo puedes decir que los valores cristianos son solo de unos miembros y no de otros? ¿Qué tipo de Dios puede creerse un cofrade que cree que recibirán un premio unos miembros y no otros?

“Mas así formó Dios el cuerpo, dando mayor honra a la parte que carecía de ella,  a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros”

Cuando un miembro enferma, otros lo arropan, porque el dolor se irradia y llega a todos, todo el cuerpo trabaja por sanarlo.

Que los hermanos de una hermandad puedan decir, que todos sonriamos juntos; todos nos sintamos uno; todos en el mismo barco, con los gozos y fracasos… mi alegría; tu amargura, mi amargura; tu pobreza, mi pobreza; tu riqueza, mi riqueza; tu camino, mi camino; tu destino mi destino, Tu hermandad mi hermandad.

¿Qué miembro le sobra a mi cuerpo? ¿Qué miembro le sobra a mi hermandad?

Ojalá aprendamos alguna vez los cofrades, y sus pastores, que tanto observamos a nuestros titulares, que los vestimos, arreglamos, adornamos, ponemos flores, dedicamos poemas y piezas de música, llevamos en carteras y en cuadros de salón, colgamos del coche o del puesto, fotografiamos y pintamos.

Ojalá aprendamos que el cuerpo que hay que venerar es el de la hermandad, con todos sus hermanos sintiéndose uno, pues si no, de poco servirá lo demás…

2017-12-01T23:41:54+00:00 1 diciembre, 2017|Opinión|

About the Author:

Carlos Cabrera Díaz

Con estudios en Historia por la Universidad de Sevilla, siempre llevando información cofrade y reportajes en diversos medios de comunicación, ahora habla de ellas en El Programa de Ondaluz y Golgota de Sevilla F.C Radio.

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