El poder religioso, ni rastro de los pastores (II parte “Los retos de los poderes con la Semana Santa”)

Pero los muertos vivientes acechan, son sacerdotes que encargados de altas esferas se han empeñado en normativizar, negar la realidad cofrade, negar su propia historia y dejar de lado el olor a ovejas que se les debe exigir

Hablábamos en un artículo pasado sobre la influencia y retos del poder civil, sobre nuestra Semana Santa, que en este 2018 va a necesitar afrontar nuevas realidades o, por fin, mostrar intenciones con la fiesta de la ciudad y el papel de las hermandades en la misma.

En esta segunda entrega de poderes, afrontamos la relación de las hermandades y cofradías con los poderes eclesiásticos, representados en los órganos eclesiales, como la delegación de hermandades y cofradías, la delegación de asuntos jurídicos de las mismas y por supuesto la figura del Señor Arzobispo.

La Semana Santa sevillana es una gran reliquia de una religiosidad pretérita,  que responde a épocas de fuerte crisis para la fe y la moral cristiana que hicieron cuestionarse más que nunca la relación espiritual de los hombres y para la propia Iglesia, que fueron la Baja Edad Media (siglos XIV y XV) y, dos siglos después, la Reforma católica.

Pero ¿Cómo se hace perdurar? Hoy sería difícil encontrar cristianos que participaran del sentido y la necesidad de la penitencia, del sentimiento de culpa y de reconocerse pecadores y temerosos de Dios que fue lo que impulsó a las primeras cofradías de penitencia, producto de las grandes desgracias incomprensibles que supusieron las tremendas catástrofes medievales como la peste o las posteriores guerras y cismas.

La Iglesia de hoy, más preocupada de la Misión en el primer mundo, de la labor pastoral y caritativa, de la imagen de humildad y cercanía, no parece en absoluto interesada en promover una imagen triunfante de sí misma (aunque algunos sacerdotes se empeñen en lo contrario) y aniquiladora de sus enemigos, como hiciera durante el Barroco. Sin embargo el auge de estos movimientos es innegable, y las hermandades siguen representando gran parte de la participación en la vida religiosa de la ciudad.

¿Por qué entonces la puesta continua en duda de la religiosidad popular desde dentro de los estamentos eclesiales frente a otros movimientos que son preferidos, mejor valorados, más apoyados y puestos de ejemplo continuamente frente a la realidad cofrade?

¿Por qué esa falsa complacencia desde la Plaza de la Virgen de los Reyes y desde muchos estamentos sacerdotales hacía ellas con una actitud realmente de distancia, despótica y de padres de rectas normas más que de acompañamiento y esfuerzo pastoral?

Desde los estamentos eclesiales, desde el señor Arzobispo hasta algún asalaridado capiller, pasando por los delegados, párrocos y directores la actitud hacía ellas sigue siendo de control burocrático y paternalista, tratando a las mismas como niños maleducados que necesitan tan solo de ellos normas, reprimendas, castigos y control.

El estamento eclesial no se da cuenta de la riqueza que proporcionan a la religiosidad nuestras hermandades,  con un amplísimo conjunto de oportunidades de vivencia y experiencia religiosa, desde las más sencillas a las más intensas y sinceras, desde las ocasionales de un día determinado a las más comprometidas y permanentes. No entienden que cualquier creyente sea su fe profunda o muy cuestionada, pueden encontrar con facilidad un lugar donde profundizar a través de la religiosidad de las hermandades, según interés, momento y circunstancia.

Pero claro, para ello debían cambiarse el mono de príncipes, nobles, patrones y funcionarios por el de pastores.

En las cofradías, la llegada de Juan José Asenjo supuso el mismo grado de intervencionismo déspota, con una cara menos amable pero, quizás, más sincera que la de Carlos Amigo, algo que le ha granjeado no pocas sensaciones de lejanía, muecas torcidas, errores y sensación de desapego con respecto a su antecesor (Igualmente nefasto en su tarea pastoral o de formación pero con mejores dotes de gente y mano izquierda)

En una ciudad donde la apariencia importa tanto, no se ha perdonado al que aún hoy no es capaz de conocer el nombre de la hermandad que visita, pero su error va más allá de su poca preocupación por quedar bien. Su error ha sido focalizar en las hermandades los errores de una sociedad laicista donde estas pueden suponer un freno, desaprovechando y dejando de trabajar su potencial fuente de oportunidades pastorales. No se ha parado a realizar autocrítica, tan solo acusaciones sin planes para frenar los errores ni reconocimientos de los suyos propios (recordadas son las de falta de eclesialidad o las continuas sobre la aportación económica) ¿No podría ser la falta de eclesialidad en las hermandades el resultado de su nulo interés y puesta en valor de las mismas? y claro, las hermandades se han acomodado a ello contribuyendo a la pescadilla que se muerde la cola.

Frente al ajado gesto del Arzobispo se encuentra el amable de su delegado de hermandades. Un sacerdote cercano, campechano y, a diferencia de los rostros de muertos vivientes de sus compañeros, luce un rostro vivo, está al día de nuestras cofradías y de sus problemas,  es cercano al cofrade y de sonrisa sencilla, hechos que hacen que conecte en el trato con los cofrades. Su problema es que su papel no parece pasar más que por el de un representante amable y dicharachero que ponga buena imagen a lo que es una total despreocupación eclesial por la realidad religiosa de las hermandades. Un ministro sin cartera para rellenar en actos de pompa y vara dorada con la agenda de una infanta de monarquía parlamentaria. Da la sensación de que las medidas, y las actuaciones últimas no pasan por su mano. Una pena, quizás nos fuese mejor.

Pero los muertos vivientes acechan, son sacerdotes que encargados de altas esferas se han empeñado en normativizar, negar la realidad cofrade, negar su propia historia y dejar de lado el olor a ovejas que se les debe exigir. Los directores espirituales en las hermandades son meros observadores, con pocos o ningún plan pastoral para las mismas, más dedicados a cuitas terrenales que espirituales. Los delegados de asuntos jurídicos se muestras distantes, fríos. Aterradoras manos sancionadoras alejadas de la empatía, de la mediación e incapaces de resolver un conflicto.

Todos lamentablemente sí que observan con presteza el potencial económico, de masas y mediático que ofrecen las hermandades. Se suman con ligereza a sus éxitos mientras señalan con inquisidores dedos sus déficits. Quieren controlar la caída de la religiosidad en la sociedad con las hermandades mientras precisamente las despojan de su sentido social y desaprovechan y ningunean sus espacios y posibilidades de crecimiento en la fe.

La realidad del nuevo año de 2018, dejará nuevos retos para nuestros ¿pastores?  La pata de la formación que ninguna hermandad es capaz de afrontar con verdadero éxito debe ser el reto que se marquen desde los poderes eclesiales.

La labor de palacio debe olvidar el afán por las normas sin fundamento terrenales sin explicación pastoral como esa ridiculez de las feligresías que ni ellos mismos saben explicar, las condiciones numéricas a salidas extraordinarias como si de álgebra se tratase el sentimiento o los porcentajes recaudatorios, que ponen excusas de pertenencia y solidaridad a lo que es un simple ejercicio recaudatorio.

Debe virar a un verdadero plan de acción pastoral en las hermandades, los grupos de fieles más numerosos de la ciudad donde entre tantas piedras puede crecer algún brote de hierba.

Pero hace falta que alguno se digne a sembrar….

2018-01-17T02:27:45+00:00 17 enero, 2018|Actualidad, Opinión|

About the Author:

Carlos Cabrera Díaz
Con estudios en Historia por la Universidad de Sevilla, siempre llevando información cofrade y reportajes en diversos medios de comunicación, ahora habla de ellas en El Programa de Ondaluz y Golgota de Sevilla F.C Radio.

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