De la riqueza a la eternidad

Mucho se está hablando gracias a la serie La Peste de la Sevilla del siglo XVI. Una Sevilla rica y próspera que capitalizaba el monopolio del comercio con las américas. Por aquel entonces, con unos 150.000 habitantes, Sevilla era la ciudad mas poblada y relevante que juntaba a la mas sofisticada alta alcurnia con los mas picaros y pillastres. Marco ideal para la inspiración de los mejores escritores y pintores de la época. Tristemente, todo es efímero en esta vida, en el siglo XVII fuimos perdiendo esa posición privilegiada ante una pujante Madrid que reunía a la Corte y crecía en población a pasos agigantados. Poco a poco todos los nobles fueron levantando allí sus palacios y llevándose consigo sus grandes mecenazgos y riqueza. A mitad de siglo, en 1652 Sevilla sufre de la falta de alimentos y una alta inflación haciendo que los sevillanos se sublevaran al grito de “Viva el Rey y muera el mal gobierno y el cornudo de Don García de Porras”. Aunque la situación mejoró en la década siguiente, Sevilla dejó de ser definitivamente el centro del mundo cuando perdió lo último que le quedaba al respecto con el traslado del mando de las flotas a Cádiz por parte de Carlos II.

Pero si bien perdimos la riqueza ganamos la eternidad. La escuela sevillana que conformaban entre otros Juan Bautista El Viejo, Jerónimo Hernández, Gaspar Núñez del Prado y Andrés de Ocampo vieron como tomaron el relevo un grupo de imagineros que conformaron el grueso de la Semana Santa de Sevilla que aun perdura hoy en su máximo esplendor. Juan Martínez Montañés, Francisco de Ocampo, Juan de Mesa, el flamenco José Aertz (de Arce), Pedro Roldán y su hija Luisa y Ruiz Gijón. Su secreto fue llevar a su máxima expresión el barroco con la influencia de la escuela flamenca, no precisamente de farolillos y volantes, sino de realismo, naturalidad, luz… Un gran ejemplo lo podemos ver en el Señor de la Oración en el Huerto, de Pedro Roldán, en el que a la misma vez que a través de la hematidrosis, el sudor de sangre, se expresa el patetismo del momento por el que pasó el Señor por la tensión, el estrés y el sufrimiento de lo que se le venía encima, barroco puro, se recoge la luz de la luna reflejada en sus pupilas, las manos abiertas con los brazos en forma asimétrica y la mirada arriba en clara transmisión del rezo con Dios Padre. Otros dos grandes ejemplos en los que se puede observar de forma clara es una con José de Arce en el Cristo de las Penas, de la Hermandad de la Estrella, sentado en un peñasco mirando al cielo rezando con las manos entrelazadas en un pose asimétrica y el otro El Cachorro que representa la luz en la muerte en la última expiración de nuestro Señor consiguiendo reflejar el dar vida en la misma muerte. Tan natural y tan real que cuenta la leyenda que Ruíz Gijón representó tal cual el rostro de un gitano que murió en sus brazos tras una reyerta. Lo mismo podríamos decir de Juan de Mesa con Jesús del Gran Poder y con el Crucificado de la Conversión del Buen Ladrón. Esa mirada de sufrimiento y desesperación que a la misma vez consigue calmar y colmar a quien consigue cruzar su mirada. La Muerte dulce de los crucificados de Ocampo o el Nazareno del Silencio llevando la Cruz al revés, la mirada baja y apesadumbrada de Jesús de la Pasión que reconforta y transmite tranquilidad completan junto a los crucificados del Amor y Estudiantes, los titulares cristíferos del Valle, el gran misterio de Sevilla, el de la Quinta Angustia, el Señor del Silencio y una lista alargada de imágenes como Humildad y Paciencia, Penas de San Vicente, Salud de San Bernardo, el jorobaito de Triana… ¿Quién no ha visto al Señor de las Misericordias de Santa Cruz y se le han venido inmediatamente las palabras “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. Barroco y Flandes.

Y si de la madre de Dios, y de todos nosotros, hablamos, no podemos dejar de pasar por alto la Virgen de la Amargura mirando hacía el lado levemente, Estrella y Rosario con esa tierna mirada hacía abajo y cabeza inclinada, o la enigmática mirada de la Esperanza Macarena que no se sabe todavía si sonríe o llora. Barroco y escuela flamenca presente, una vez mas, en la escuela sevillana, con esa tristeza de una madre perfectamente representada y a la misma vez una luz que transmite a través de la dulzura, así es la Virgen de la Victoria de las Cigarreras. Algunos consideran precursora de este estilo a la Virgen del Rosario, que podría ser del S. XVI de Roque Balduque o su círculo, con su rostro nacarado mas flamenco que barroco con la Virgen del Valle con un rostro mas crudo, mas barroca que flamenca. El no poder nada mas que llegar a atribuciones mas o menos fundadas es una de esas preguntas que vuela siempre por el pensamiento del cofrade sevillano, que crea mas enigma y nos impide poder atinar mas.


Nada mas y nada menos que 46 imágenes titulares que vieron su nacimiento en esta época procesionan por las calles de Sevilla cada Semana Santa, si bien es verdad que algunas de ellas ya muy retocadas, pero lo cierto es que tenemos la gran suerte que después de muchos siglos podemos seguir conservando este tesoro en su máximo esplendor si bien todavía hoy algunos, como el Hermano Mayor de la Hermandad del Amor, nos causan estupor con unas declaraciones que manifiestan una actitud irresponsable con la conservación de una de las mejores obras que guarda Sevilla. Es nuestro deber conservar nuestras imágenes no solo en buen estado sino tal y como fueron concebidas para llegar a nuestros corazones, todo lo que no sea tal cosa es distorsionar nuestra herencia cuidada de generación en generación, siglo tras siglo. Afortunadamente la tónica general es la contraria y hoy día vivimos una gran época en cuanto a la conciencia de la conservación y restauración tras épocas pasadas llenas de atrocidades.

El barroco que es de un realismo exagerado, patético, lleno de dolor y sangre con un profundo dinamismo y gran expresión creando una gran tensión, tal y como se ve en las obras castellanas principalmente, se ven mucho mas serenas y naturales con mucho mas contenido espiritual gracias a la influencia flamenca en Sevilla. De ahí el resultado mágico y la gran unción y devoción que transmiten.

En cuanto a la escuela sevillana no murió en el siglo XVII, todavía tuvo continuidad un siglo mas con algunos autores de la talla de Montes de Oca, Pedro Duque y Cornejo, Hita del Castillo, Astorga, Susillo, Joaquín Bilbao… Quizás durante el siglo XVII perdimos la riqueza pero ganamos para la eternidad el mayor tesoro que podríamos soñar los cofrades, las emociones que cada día nos proporcionan estas imágenes de Dios y su madre que nos conmueven el alma según nuestro estado de ánimo y con las que compartimos nuestros gozos y nuestras sombras.

By | 2018-02-12T10:20:42+00:00 12 febrero, 2018|Categories: Sin categoría|0 Comments

About the Author:

Sebastián Guerrero
Jurista. Cofrade del barrio la Feria. Antes opinaba del Sevilla FC en Orgullo de Nervion.

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