Justo venía a compartirlo. Nunca he estado en ese bar, y por lo que representa la foto tiene pinta de que no lo voy a pisar. ¿Tan bueno es, o solo es nombre?
Yo si he estado, de hecho con los colaboradores de Golgota solíamos hacer una quedada post Semana Santa y acabábamos ahí. Bar típico sevillano. La comida estaba bastante bien, su especialidad siempre fueron las espinacas y las pavias de bacalao. Después del covid no he vuelto a pisarlo.
La única opción razonable para ir es reservar mesa, en el restaurante que está arriba. Algunos años lo hago el día de Corpus, asegurándome una mesa junto a uno de los balcones ya sabéis bien por qué.
Cómo se llamaba el camarero desagradable del Carne? Eduardo? Recuerdo que al final era eso, entrañable. Enviado desde mi 25010PN30G mediante Tapatalk
https://www.diariodesevilla.es/sevilla/bar-jota-90-anos-detras_0_2006768504.html Bar Jota, 90 años detrás de una barra con alma de barrio El histórico establecimiento de Nervión cumple nueve décadas convertido en refugio de parroquianos, moteros y cofrades El Bar Jota cumple 90 años de historia / Juan Carlos Muñoz Hay bares donde uno entra para tomarse una cerveza rápida y otros que encierran la historia de una ciudad cambiante en pequeños detalles. El Bar Jota pertenece a esa segunda categoría. Basta cruzar la puerta para comprender que allí dentro el tiempo funciona con otras reglas. El techo alto sostiene fluorescentes antiguos que parecen suspendidos desde otra época. En sus paredes confluyen varias Sevillas. Las fotografías del Cristo de la Salud, de la Sagrada Presentación y de la Virgen de los Reyes se mezclan con un par de espejos con forma de abanico, con varios lienzos taurinos y con cartelería de Cruzcampo. Mientras suena Nos sobran los motivos de Joaquín Sabina, Alejandro Martín despacha cervezas detrás de una barra que conserva intacta buena parte de su estructura original. "La instalación sigue siendo la misma", explica con orgullo y apunta que todavía "se conserva el motor, el tanque y el grifo". Un sistema cuyas tuberías estaban conectadas directamente con la fábrica hispalense de cerveza. Al menos esta era la tradicional leyenda de la que Martín se ríe cuando es mencionada. El Bar Jota cumple 90 años convertido en uno de esos establecimientos que sobreviven a las modas, a las franquicias y a la velocidad que nos atropella. Abrió en 1936 de la mano de su abuelo, del que hay un retrato coronando la barra. Después pasó a su tía Mercedes Martín Falcón y ahora él está al frente de una barra como parte de la tercera generación de una familia que ha hecho de la hostelería una forma de vida. En 2018, los hermanos Giráldez se hicieron con el negocio cuya esencia tienen claro que desean mantener. La herencia de una barra Alejandro empezó a trabajar en el bar en 1989, cuando tenía 25 años. Todo un chavalín. Hasta esa fecha había trabajado en los astilleros y en otros establecimientos, pero “mi tía quería que cogiera esto". El pidió que le mejoraran las condiciones y así lo hicieron. El resto es historia. "Me dio estabilidad y nunca he estado en paro", recuerda. Desde entonces, su vida ha quedado ligada a esta barra estrecha y a este local donde La Calzada se sienta cada día como si fuese el salón de casa. "Es una satisfacción muy grande", reconoce y valora que el negocio "lo fundó mi abuelo y sigue casi igual". De hecho, los cambios han sido mínimos. "En 1991 nos obligaron a poner el baño de señoras", dice entre risas, como quien enumera una rareza arquitectónica más que una reforma. Nani y Alejandro Martín están al frente de la barra del Bar Jota. / Juan Carlos Muñoz Habla del bar con el tono de quien describe a un viejo amigo. Sabe distinguir perfectamente entre "clientes" y "parroquianos". Los primeros pasan y los segundos forman parte del lugar. "Parroquianos tengo muchos", asegura aunque también admite que el paso del tiempo se nota especialmente en ellos. En las paredes del local quedan restos visibles de esas generaciones que han ido ocupando las mesas. Hay fotos de vírgenes con lágrimas de cristal, estampas taurinas, antiguos teléfonos, recuerdos moteros y decenas de pegatinas pegadas sobre un frigorífico metálico. Todo parece convivir sin orden aparente y, sin embargo, nada desentona. El Bar Jota posee esa estética imposible de reproducir artificialmente: la que solo se consigue después de décadas acumulando memoria. El templo del tanque Pero si existe un rey indiscutible en el Bar Jota ese es "el tanque". Así lo indica Nani, camarera de un establecimiento al que llegó hace cinco años y ha terminado encontrando una familia. "Estoy muy cómoda aquí", cuenta mientras saluda a todo el que va llegando. "Creo que me sé unos 300 nombres", recuerda. Una cifra que en negocios con la solera del Jota equivale a aprender biografías, árboles genealógicos, anécdotas y hazañas de tiempos pasados. Nani describe el ambiente con una mezcla de orgullo y cariño. "Bares como este quedan pocos. Tiene un encanto especial y una energía que llama mucho la atención". Quizá por eso hay clientes que llegan poco después del mediodía y siguen allí hasta bien entrada la tarde, enlazando cervezas, tapas de mojama o bacalao y conversaciones interminables. Varios parroquianos disfrutan de un gélido tanque a mediodía. / Juan Carlos Muñoz Los jueves fueron durante años territorio de moteros. Todavía permanecen las pegatinas de clubes y concentraciones repartidas por el frigorífico, como cicatrices felices de aquellas tardes abarrotadas. Alejandro sonríe cuando habla de ello y se define sin rodeos: "Soy torero, motero y sevillista". Una mezcla que resume bastante bien el alma del local. De hecho, hay algo taurino en su manera de entender la hostelería. "Hay que tener paciencia infinita y un capote como el de Curro Romero para sortear las situaciones adversas", explica. Y cuando habla de "situaciones adversas". Alma de Nervión El Bar Jota no se entiende sin su entorno. El barrio ha cambiado muchísimo desde que abrió el negocio. “Más que el Centro”, asegura Alejandro. Han cambiado las calles, las infraestructuras y hasta el nombre de la propia vía en la que se enclava. “Para mí seguirá siendo la calle Oriente", apostilla. Eso sí, el turismo también ha comenzado a colarse en esta barra de barrio. Desde la apertura de un hotel cercano, cada vez aparecen más extranjeros buscando bares auténticos, alejados de los circuitos rápidos del centro histórico. Sin ir más lejos, "el miércoles unos alemanes se llevaron dos vasos de tanque serigrafiados del 90 aniversario", comenta Nani. Tal vez sea eso lo que convierte al Bar Jota en un lugar especial. Su capacidad para seguir siendo exactamente lo que siempre fue mientras todo cambia alrededor. No pretende reinventarse ni convertirse en un decorado para turistas. Sigue funcionando con la misma lógica sencilla de hace décadas: cerveza fría, conversación larga y una barra donde siempre hay alguien dispuesto a escuchar. Sabina continúa sonando mientras Alejandro seca vasos y observa el ir y venir de los parroquianos. Fuera, Sevilla acelera entre obras, hoteles y nuevas modas. Dentro del Bar Jota, en cambio, todavía parece posible detener el reloj durante el tiempo exacto que dura una cerveza bien tirada. Esto último, el secreto mejor guardado.
¿Nadie echa de menos al Eugenio en los aledaños de Muro de los Navarros? Lugar con mucho sabor, tienda de ultramarinos y bar, al estilo Casa Palacios. Qué nostalgia.
No llegué a probarlos. Para mí uno de los mejores boquerones en vinagre los ponían en un bar de Farmaceútico Murillo Herrera del que no recuerdo el nombre. Los hacían con boquerones frescos y dejaron de hacerlos cuando les obligaron por ley a usar boquerones congelados. Decían que si no podían ofrecer la máxima calidad usando producto fresco, los quitaban de su carta.
Nada grave, sino que sus hijos no querian continuar el negocio, como ha pasado con otros comercios o empresas sevillanas. Cambia la formación y las expectativas de los herederos. Por cierto, hace pocos días almorze en la Trastienda. Como siempre producto maravilloso, buena atención, tal vez el mejor marisco de Sevilla y precio pues bastante alto.
Ahí ahí con Jaylu, pero éste último es prohibitivo. Me gusta la Trastienda, pero también hay que tener ojo con la cuenta.
Así es. Otros ejemplos Confitería Las Palomas o Calentería Velarde y Borromeo, curiosamente situados a menos de 100 metros de distancia en Triana. El Lolo en El Turruñuelo también tenía un marisco excepcional pero cerró hace varios años.