Actualidad Opinión

La fiebre amarilla y la Semana Santa

Julio Gómez del Trigo

Tras el interés suscitado por el artículo de la gripe española, toca analizar como afecto la pandemia de la fiebre amarilla a la Semana Santa de Sevilla.

Los hechos que voy a contar están ampliamente estudiados en “Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla. El poder de las cofradías (1777-1808)” de la profesora universitaria e investigadora Rocío Plaza Orellana, cuya lectura encarecidamente recomiendo para quien le interese una visión global sobre las cofradías y su contexto social durante la transición del antiguo al Nuevo Régimen previa a la invasión napoleónica; pocos libros más trabajados y bien documentados sería posible encontrar sobre la materia.

Aquel Domingo de Ramos fue seis de abril, pero la pandemia no llegó hasta finales de verano así que se desarrolló dentro de la normalidad de la época pese a la sequía que azotaba los campos. Con todo salieron doce cofradías, dos más que el año anterior, desarrollándose las procesiones entre Miércoles y Viernes Santos. Once fueron a la Catedral y otra más, La O, realizó estación a la parroquia de Santa Ana. Hay que añadir a la suma, la procesión del Resucitado que organizaba la Carretería, pero se consideraba de gloria y no realizaba la estación de penitencia. En palabras del escritor Blanco White las procesiones de la época “tienen poco que atraiga la vista o impresione la imaginación” y los testimonios de viajeros ingleses o franceses que pasaban por la ciudad en estos días destacan más el esplendor de los cultos celebrados en la Catedral con su magnífico Monumento de Florentín y el canto del Miserere, antes que todo lo relacionado con las hermandades y sus procesiones.

La pandemia se adentró en Triana a finales de julio y en la primera quincena de agosto comenzó a causar estragos al otro lado del puente de barcas. Escalofríos, dolores musculares y fiebres muy altas comenzaron a generalizarse. De nada sirvieron los confinamientos selectivos sobre zonas concretas de la ciudad como Triana, epicentro de la pandemia: el virus se extendió por los cuatro costados. Se calcula que más de un 90% de la población se contagió, alcanzándose una mortalidad -Estimada por agregación de cifras de libros parroquiales- de unas 15.000 personas de las aproximadamente 80.000 que vivían en la ciudad, que ya no recuperaría su población hasta un cuarto de siglo más tarde. Sin duda a nuestros tatarabuelos les tocó afrontar una enfermedad mucho más letal que el Covid-19.

No se podía esperar -como actualmente- ninguna vacuna o tratamiento médico para combatir la enfermedad así que los sevillanos se encomendaron a sus devociones celebrando gran cantidad de rogativas.

Desde el 31 de agosto al 22 de septiembre salieron según los anales de Félix González de León nada menos que 23 procesiones, que congregaron a numeroso público que seguramente no guardase ningún distanciamiento social e igualmente se multiplicaron los cultos en la mayoría de los templos de la ciudad. Algunas de estas procesiones sacaron incluso nazarenos como en Semana Santa, como Los Panaderos o Humildad y Paciencia y en otras salieron en sus pasos imágenes de gran devoción como el Gran Poder, el Cachorro, el Nazareno de la O o la Virgen del Amparo de la Magdalena realizando algunas de ellas estación a la Catedral. La última en salir fue la del Santo Crucifijo de San Agustín. Ya no tenía la devoción de un siglo atrás pues su Hermandad estaba casi desaparecida y hacía más de 80 años que no salía en Semana Santa.

En diciembre, cuatro meses después de iniciarse, remitió la pandemia, seguramente por haberse alcanzado la inmunidad de grupo y la ciudad volvió a una amarga normalidad en la que pocas familias no habían perdido a alguno de sus miembros. Algunas cofradías como la Quinta Angustia o la Soledad se resintieron de la pandemia por la muerte de muchos de sus cofrades y pasaron un período de cierto letargo pero la mayoría de ellas, una vez pasado el peligro retomaron paulatinamente su actividad previa a la tragedia. 

La Semana Santa continuó celebrándose con procesiones en la calle si bien en los dos años siguientes -1801 y 1802- fueron tan pocas que se organizaron todas entre Jueves y Viernes Santos. Ya en 1803 procesionaron catorce hermandades, una más que en el año que nos ocupa, 1800. Los siguientes años previos a la invasión fueron relativamente buenos e incluso hubo estrenos importantes en algunas cofradías como el Amor o el Valle.

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