Actualidad Opinión

La verdad de la Semana Santa

En el debate sobre qué debería hacerse respecto a la Semana Santa de 2021 o cómo debería celebrarse, en el caso de que finalmente tuviera lugar considerando las condiciones ambientales que actualmente afectan a la salud pública, parece orillarse por parte de una gran mayoría un asunto que, personalmente, considero fundamental. No se trata, ni más ni menos, que de la definición real de las hermandades. Porque estamos muy familiarizados con las definiciones pastorales o jurídicas que se hacen de ellas, pero se considera escasamente la definición sociológica que, en esta ocasión, adquiere una importancia nada casual. Y es que el sentido pastoral y jurídico no consiguen, en su totalidad, definir la realidad de las hermandades más que en los términos hacia los que se orientan: como agentes para la transmisión de la fe y en el ejercicio de la evangelización o como sujetos de derecho ajustados a un marco legal que debe ser regulado. En definitiva, sacerdotes y juristas han dedicado grandes esfuerzos en limitar qué deberían ser las hermandades, sin atender a lo que verdaderamente son y que puede ser observado a través de sus propios actos.

Esta definición sociológica de las hermandades implica una observación pormenorizada de sus actividades a lo largo del tiempo, sin incurrir en la trampa de ofrecer explicaciones basadas en las intenciones pastorales y jurídicas que las han sustentado. Es decir, una cosa es lo que el cardenal y el gobernador hayan querido hacer de ellas y otra cosa será lo que verdaderamente han sido. Teniendo en cuenta este asunto, se observa que desde el siglo XVI hasta nuestros días en las hermandades se habrían observado un conjunto de rasgos y actividades que han sido constantes en el tiempo.

El primero de estos rasgos es el asociacionismo. Dependiendo del momento histórico, el hecho de agruparse o unirse en colectivos determinados alrededor de una advocación religiosa de Cristo y la Virgen podría haberse motivado por razón de sexo (hermandades de hombres y mujeres), de raza (hermandad de negros), económica (hermandades gremiales), clase social (hermandades de nobles o esclavos), territorial (hermandades de barrio) etc. Las razones para agruparse están perfectamente descritas en la literatura científica de la psicología social, la antropología y la sociología, viniendo a decir que las personas se agrupan para compartir ideas, sueños, necesidades o una mera socialización alrededor de algo que los una; para reafirmar la propia identidad personal reconociéndose en otros; y para reivindicar intereses colectivos. Las hermandades, por tanto, no son la suma de individualidades como hoy puede observarse, en la medida en que las personas establecen relaciones unitarias con la advocación de turno, sino su razón de ser se fundamenta en la expresión cor unum et anima una.

El segundo de los rasgos es el para qué se crearon las hermandades. A este respecto, en el mismo intervalo de tiempo señalado, las hermandades han dedicado sus actividades a tres asuntos esenciales: las procesiones, la creación de redes de ayuda mutua y la defensa de los intereses de grupo.

Actualmente se habla de culto público como eufemismo para evitar la expresión procesiones, absolutamente descalificadas con apelativos como ‘jugar a los pasitos’. Nada más lejos de la realidad, procesionar ha sido siempre la actividad más importante de cualquier hermandad porque era lo que permitía visibilizarlas como colectivo en mitad de la sociedad. La procesión era vista como una demostración de fuerza y hoy día, en cierto modo, lo sigue siendo. Esta devaluación de las procesiones, como algo secundario, accesorio o sin excesiva relevancia, no podría deberse más que a los complejos de determinada clase cofradiera influenciada por algunas ideas del Concilio Vaticano II en la búsqueda de la pureza y la mal entendida ortodoxia espiritual. La procesión -especialmente, la de Semana Santa- fue y sigue siendo el momento fundamental de cualquier hermandad -por más que se repita de los 365 días del año-, donde la asociación de personas se hace tangible, puede verse e identificarse, relacionarla con la advocación a la que se venera y delimitar su espacio geográfico de acción a través del recorrido que realiza. Además, la procesión, por los rasgos estéticos que presenta, define a la propia hermandad como asociación. La música o el silencio, el color, la cera, el patrimonio, la vestimenta de quienes participan, la decoración de las calles y otros detalles estarían determinando la identidad o la personalidad de esa agrupación de personas.

Lo que hoy se llama caridad, históricamente eran verdaderas redes de ayuda mutua: las personas que ingresaban en una hermandad lo hacían, entre otros motivos, para procurarse una especie de protección social ante las dificultades sobrevenidas. Desde asegurarse un enterramiento a poner un plato en su mesa. La caridad que tradicionalmente han ejercido las hermandades habría sido de puertas hacia dentro, para sus propios miembros. La actividad caritativa que hoy realizan las hermandades estaría más enfocada hacia la sociedad, lo cual no es más que una novedad actual como consecuencia de la resignificación a la que las hermandades se han visto sometidas. Poco a poco, las redes de ayuda mutua dejaron paso a la acción social como fuerza de transformación en los entornos urbanos en los que las hermandades se desarrollan. Evidentemente, son dos formas distintas de entender la caridad e igualmente válidas. Sin embargo, sí habría que señalar que en la transición que las hermandades realizan de la ayuda mutua a la acción social se produce un vacío temporal que hace que esta actividad tuviera un carácter eminentemente secundario, especialmente, desde el siglo XVIII hasta casi el final del siglo XX.

Si bien las dos primeras actividades siempre han sido especialmente resaltadas en los estudios sobre las hermandades por el carácter evangélico que implican, la tercera actividad de las hermandades siempre ha sido denostada por focalizarse sobre asuntos que nada tienen que ver con la religión, pero que forman parte del asociacionismo en términos generales. La defensa de los intereses de grupo es consustancial a las hermandades y ha sido tan despreciada como real. La búsqueda de protagonismo o el trampolín social son algunos de los calificativos despectivos que pueden escucharse en el entorno de las hermandades para desbancar esta actividad que aún hoy se lleva a cabo. Lo cierto es que, históricamente, las personas se agrupaban alrededor de advocaciones religiosas para defender sus derechos de clase (hermandades nobiliarias), para mejorar sus condiciones sociales (hermandades de esclavos), a modo de sindicato profesional (hermandades gremiales) o con intereses económicos o comerciales, como las supuestas dispuestas entre las hermandades del Silencio y el Gran Poder por el control del comercio en Sevilla que algunos sus miembros destacados pretendían. También como aval social, proceso de limpieza de sangre o por reconocimiento o prestigio personal asociado a la propia hermandad. Hoy las hermandades ya no defienden intereses colectivos de una gran parte de sus miembros, entre otras razones, por esa relación individual entre la persona y la imagen devocional. Sin embargo, en algunos casos, las hermandades sí representan los intereses o la imagen de determinados colectivos -especialmente territoriales- cuando se erigen en representantes de barrios completos o de colectivos vulnerables.

Teniendo en cuenta estos tres aspectos que definirían a las hermandades como lo que realmente son, podría decirse que las hermandades son asociaciones de personas agrupadas en colectivos específicos y diferenciados que se unen para la producción de eventos festivos religiosos (procesiones), que proyectan acciones sociales de transformación dirigidas hacia grupos sociales concretos (acción social) y que, en determinados casos, representan los intereses de determinados grupos o territorios, configurando su identidad (defensa de intereses de grupo).

Después habrá más detalles, sin duda, otros aspectos particulares a tener en cuenta. Pero en esencia y en su conjunto, las hermandades serían esto. Sabiéndolo, ¿cabe alguna duda de que no debería de ser una opción plausible la cancelación de la Semana Santa de 2021? Porque la Semana Santa, como se entiende y se vive en Sevilla, es con procesiones. Nunca he visto templos abarrotados en los oficios habiendo procesiones en la calle. Tomando conciencia de lo aquí descrito, ¿no parecería evidente de que es necesario aceptar y asumir con naturalidad que las procesiones son consustanciales a las hermandades?

Como apunte final: durante semanas se ha publicado en prensa, por parte de periodistas, hermanos mayores y cofrades en general, que si la Semana Santa de 2021 no se celebra como siempre, mejor que no se celebre. Ante esta impostura, no puedo más que rebelarme trayendo hasta estas palabras la célebre memoria del antropólogo Isidoro Moreno sobre su mixtificación de la Semana Santa sevillana. Cuando unos muchos invocan ese como siempre, están rememorando la negativa a las hermanas nazarenas, están imponiendo su desprecio a las hermandades de vísperas, están haciendo valer su criterio sobre la música procesional (hubo un tiempo en que la marcha Campanilleros estuvo prohibida), asquean de los hermanos costaleros como ocurriera en los primeros años de aquellas cuadrillas y encapsulan a la Semana Santa en una invención que solo existe en sus mentes.

Sobre todas las cosas, la Semana Santa es un fenómeno vivo que ha sobrevivido hasta nuestros días porque ha sabido adaptarse a todas las circunstancias imprevistas de la historia y superarlas con arrojo y serenidad. Ha podido con guerras, epidemias, imposiciones, cambios políticos y sociales, a veces perdiendo mucho en el camino, pero siempre de frente. Me sorprende, por tanto, el inmovilismo actual, la actitud retrógrada de tantos cofrades que se arriostran a una posición infantiloide y sensiblera en la que la Semana Santa solo podrá ser si es como la que ellos atesoran en su memoria y en sus gustos. Esta situación novedosa va a demostrar a las claras dónde se encuentra cada quien, si en el capricho individual y egoísta o en la generosidad de vivir cada tiempo según sus propias circunstancias. Solo una situación de extrema gravedad o riesgo para la salud pública justificarían la no celebración de las procesiones. En las circunstancias actuales, cuando vemos la concurrencia en los bares, la celebración de manifestaciones políticas y sociales o la asistencia obligatoria de los menores a los colegios e institutos, no hay nada que justifique la no celebración de eventos festivos religiosos en los mismos términos de salud pública que para otros asuntos se promueven.

*Ilustración de portada: Manuel León.

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