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Son las procesiones, estúpido

Hay cosas que cuesta asumir. Es comprensible. En la campaña de 1992, Clinton se jugaba el tipo contra Bush padre, que venía de estar a full en popularidad. El progresista le ganó la partida al conservador con el famoso eslogan «the economy, stupid». Háganse al caso: economía y procesiones, como si fueran sinónimos en adelante.

Afirma el periodista Carlos Navarro Antolín que «el objetivo de las cofradías debe estar en las labores de caridad y en el mantenimiento de sus respectivas economías». Y no le falta razón. Limitada la expresión de la religiosidad popular y conociendo las enormes carencias de las hermandades en materia de formación, anuladas sus capacidades socializadoras -sin croqueteos ni combebencias-, salvar la economía y fortalecer la caridad, en tiempos de pandemia, parecerían las dos actividades principales. Ahora bien, ¿cómo se hace eso?

Sería fundamental asumir que las procesiones han sido la piedra angular de todo lo que hoy conocemos desde el inicio del boom de las cofradías y la imaginación deja poco espacio a soluciones inventivas. Fue la obligatoriedad de estar inscrito para salir en las procesiones lo que incrementó el número de hermanos. Ser hermano y estar al día en el pago de las cuotas, claro. Fueron las procesiones las que, debidamente encauzadas, orquestaron un negocio suculento. Sin procesiones, las hermandades dejan de percibir la subvención del Consejo, muchas de ellas pierden el ingreso por papeleta de sitio y, consecuentemente, el ingreso de cuota ordinaria obligatoria para poder procesionar. Pero es que, además, se quedan por el camino los donativos para flores, la venta de merchandising, las cervezas tiradas en la barra de la casa hermandad y el sablazo tinto mediante. Y lo peor: sin socialización posible, tómbolas, velás y barras de chapa correspondientes desaparecen, dejando las economías de las hermandades tiritando. Se habla de presupuestos reducidos a la mitad y con un temor en el horizonte: un posible aluvión de bajas ante la precariedad de las economías familiares sumada al débil del hermano capirotero con la hermandad. Y sin dinero, tampoco hay caridad, que nadie se lleve a engaño.

Someramente, ésta es la situación. Que sin procesiones, no hay dinero y sin dinero, la economía de las hermandades se limita. Su caridad, también. La economía es la base de este sistema y siempre se había creído que el dinero caía del cielo. Que el místico en su rincón, descrito por Núñez de Herrera, existe: esa persona que no tiene necesidad de ver procesiones para verse inscrita en la Semana Santa, esa persona que no tiene necesidad de ver cofradías para sentirse parte de una celebración trascendental y atemporal está ahí, en las hermandades, pero que es minoritaria. Una rara avis.

La mayoría de quienes pertenecen a una hermandad, lo hacen por una razón práctica: participar en la estación de penitencia. No lo hace por la caridad, ni por los cultos, ni por la formación, ni para mejorar su vida religiosa. Lo hacen por motivos seculares y variopintos : porque sus padres lo apuntaron siendo niño, porque es la cofradía familiar, porque es la hermandad de su barrio, porque le gustaba el Cristo o la Virgen, porque hace veinte años tuvo un momento místico en una esquina o porque su novio de entonces le obligó. Y eso, siento ser aguafiestas, suelen ser razones débiles para sostener la fidelidad. Solo se ama la tierra que se ara.

Si se tiene claro que es la economía, hay que decirlo son rotundidad: son las procesiones, estúpido. Sin procesiones, la Semana Santa que la gran mayoría de los cofrades han conocido, desaparece. Podrá venir otra, más reducida, limitada, con pocos estrenos, sin bandas en algunos casos, escasez de flores, eliminando pasos de los cortejos y con muchísimos menos nazarenos. Una Semana Santa más parecida a la de los años treinta que a la de los noventa.

Por tanto, el boom ha terminado, como afirmé hace unos días. Pero se puede caer más bajo: reclamar procesiones no es un antojo friki sino una necesidad religiosa, social, económica y patrimonial. Se puede jugar al puritanismo y esconderse detrás de la pandemia o se puede asumir que sin procesiones, todo lo que conocemos, entra en peligro de extinción. La verdad esta ahí fuera.

*Fotografía de portada: Agencia Magnum (Joseph Koudelka)

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