Actualidad Opinión

Lo pagaremos caro

Así de contundente hay que decirlo cuando asistimos al derribo de la verdadera identidad de las hermandades. El cardenal, el gobernador y la nueva ortodoxia se han confabulado para extirpar de las hermandades lo que ellos consideran una desviación y que, bajo la excusa de la Covid-19, se aplicará de facto ahora y en adelante. Con claridad han afirmado que se hace necesario desterrar las procesiones por folclóricas, por festivas, por alegres y porque, en la teoría de estos que ahora atacan sin pudor la principal actividad de las hermandades, alejan a los fieles de la verdadera espiritualidad de la Iglesia. La debilidad de las hermandades como asociaciones, sobrevenida precisamente por la masificación que las mismas han experimentado en las últimas tres décadas, habría sido la principal aliada de estas fuerzas reaccionarias que están arrebatando a los fieles y al pueblo mismo lo que les pertenece desde tiempo inmemorial. Lo que ahora contemplamos no es más que el culmen de una maniobra que siempre ha estado ahí, que se ha pergeñado ante nuestros ojos y que todos hemos consentido con la connivencia de nuestros complejos y de nuestra debilidad espiritual.

La Iglesia, tan compleja y tan poliédrica en sus sensibilidades, ha olvidado la necesidad de las procesiones, del pueblo de Dios que camina física y realmente en mitad de los ataques, del relativismo social, de la incredulidad y de la desesperanza. Porque más allá de esas deformaciones a los ojos de la ortodoxia castellana, las cofradías son la celebración de la alegría de la fe. Con palmas, con cantos, con música, con color y con sensualidad. Con el atractivo propio de quien es capaz de convertir al ateo, de enamorar al agnóstico y de arrancar una oración a quienes apenas conocen el Padrenuestro. Las cofradías han obrado más milagros de conversión que los propios sacerdotes. Una procesión toca el alma, reanima la fe muerta, calienta los recuerdos de la infancia y cohesiona al pueblo de Dios huérfano y errante en una sociedad hipercomunicada que avanza hacia la más absoluta de las soledades. Si como bien se ha afirmado en otras ocasiones, las hermandades son la fuerza que mantienen vivo el humus cristiano en nuestra sociedad, que nadie olvide que las cofradías son el maná que alimenta esta tierra.

Las procesiones nunca han sido un antojo de las hermandades. Al contrario, una necesidad de hacerse presentes de manera colectiva, la demostración de una ascética propia, no mediante la negación de la sociedad sino en medio de ella. Estando en el mundo sin ser del mundo. Sirviendo como instrumento que conecta al pueblo desconfiado de la Iglesia jerárquica con la verdadera conversión a la fe. Las hermandades son la infantería de la Iglesia y las procesiones, legiones de soldados que confirman su sí cada vez que salen a la calle. Sin cofradías, las hermandades quedarán recluidas en sus cuarteles de invierno, mermando su capacidad de acción y propiciando un vaciamiento paulatino que pudiera tener efectos irreversibles. Las hermandades no son movimientos de vida cristiana, no son caminos posbautismales, no son prelaturas ni tampoco compiten en el perfeccionamiento de la fe. Más al contrario, son pescadores de almas en ríos de alquitrán. Cada cofradía es una barca que tira sus redes y lleva hasta los pies mismo del sagrario a quienes andan buscando paz y descanso. ¿Cómo harán eso las hermandades sin sus procesiones, que son sus redes? ¿Cómo pescarán? Obviar este asunto es demostrar un desconocimiento absoluto sobre la realidad de la religiosidad popular. La verdadera vocación de las hermandades, porque así se ha dado en el tiempo, es la de estar presentes en la sociedad. Sus fines han ido desde la ayuda mutua a la acción social. Pero la demostración religiosa única y singular, propia de las hermandades, son las procesiones. Como lo es la celebración de la liturgia de la Palabra en el Camino Neocatecumanal, por ejemplo. Sin las procesiones, las hermandades perderían su singularidad y se verían obligadas a reconvertirse en algo que verdaderamente no son.

Los caminos que ahora se abren infundados por el temor y el exceso de prudencia, por el desafecto que muchos intitulados cofrades realmente profesan hacia las hermandades, son inciertos y preocupantes. Ante la desesperanza del mundo, se está demostrando la incapacidad para hacernos presentes en mitad de la tragedia. No se trata de poner en riesgo la vida de nadie, pero esto no pudiera ser nunca una excusa para desertar de la obligación que las hermandades tienen para salir a la calle, de una manera u otra, «inventando recursos piadosos» si fuere necesario, pero sin abdicar de la vocación callejera y popular que es propia de las hermandades.

*Fotografía de portada: Raúl Castizo

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Un comentario

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Juan 10/26/2020 at 15:29

Lamentable. Con lo que está cayendo, con los sacrificios de todos, con los muertos y enfermos por contagio pretender que es esencial mostrar los pasos es alucinante. Claro que debemos de dar ejemplo pero día a día no solo en una procesión.Y ni creyentes, ni iglesia, ni ayuntamiento quieren borrarlas del mapa como sugiere esta teoría conspiratoria,más bien evitar más dolor a la gente. Y ya hemos demostrado que salvo que nos impongan somos poco responsables.

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