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Música para el recuerdo: marchas dedicadas a la memoria de los que ya no están para el mes de difuntos (Bandas de Música – parte II)

Continuamos con la segunda parte de este “especial” por el mes de noviembre.

Una última muestra de amor:
Si hay algo comparable al amor que se siente hacia unos padres y a la tristeza por su pérdida quizás sea la pérdida de un ser amado. Quién que no haya padecido una ruptura amorosa, el saber que ya no estarás con una persona amada y pueda decir lo que se sufre, podría no imaginar el sentimiento de tristeza que produciría perder para siempre a esa persona y no solo su amor. La música también ha sido vehículo para plasmar ese desconsuelo, y también la música procesional. El amor eterno hecho memoria musical que, si los ejemplos vistos hablamos de marchas con gran sensibilidad y carga emotiva por su dedicatoria, cuando la música quiere transmitir la pérdida de un amor se transforma en marchas de una belleza y dulzura indescriptibles a pesar del sentimiento de tristeza y dolor que transmiten. Quizás el amor más puro cuando se hace música.

“A la memoria de mi querida esposa” dedicaba Ricardo Dorado su marcha fúnebre Getsemaní (1960). A mi gusto personal una de las marchas más sobrecogedoras de las que estamos viendo en estos ejemplos, con un poder de transmisión increíble para ser, como en el caso de Mater Mea (con la que comparte características), una marcha sencilla donde el tratamiento de armonía se basta para hacer de ella una gran marcha sin necesidad de excesos. Se suele decir que los títulos de Ricardo Dorado eran genéricos pero en este caso que el compositor titule como el momento de más duda e incertidumbre de la Pasión de Cristo la marcha que dedica a la pérdida de su esposa parece una clara muestra de intenciones: el dolor, la zozobra, las dudas, la angustia que generan la pérdida del ser amado y que nos llenan de cuestiones encuentran su paralelismo en la intensa agonía que el Señor padeció orando en Getsemaní.

Bajo el precioso título de Te veré en el Cielo (2004) dedica Pedro Morales (en el vídeo dirigiendo su estreno) esta marcha fúnebre a la memoria de su esposa, fallecida tras una larga enfermedad. A diferencia de la marcha Juan Jesús que veremos más adelante, Te veré en el Cielo no es una pieza tan desgarradora, sino que, en su tristeza, transmite más bien un sentimiento de resignación, dolor contenido, debido quizás a las diferentes circunstancias que propiciaron una y otra composición. Aun así, obra maravillosa e inspiradísima de uno de los últimos grandes maestros que quedaba de una gran época de la música procesional y que desgraciadamente también nos dejó hará algunos años. Solo deseamos que esta promesa en forma de marcha que hizo a su esposa se haya cumplido.

Un amor de juventud, en cambio, parece ser la inspiración de Memoria Eterna, marcha del jerezano Germán Álvarez Beigbeder. Una de las primeras marchas de este, otro de los grandes compositores de música procesional andaluces, quien la realizó con unos 25 años, por lo que se podría pensar que, a saber, si un suceso reciente, esa pérdida de ese amor de juventud, motivaron la creación de esta obra, instrumentada, según reza en su guion, por Camilo Pérez Montllor que fuera maestro de composición y armonía del compositor que nos ocupa. Emotiva y dramática, muy romántica en ese aspecto como corresponde al tipo de marcha fúnebre de inicios de siglo que viene de la herencia romántica decimonónica.

La pérdida más dolorosa:
Ya que hablamos de una marcha dedicada a una pérdida de una persona en temprana edad, son casos en los que los sentimientos de dolor y tristeza se instensifican, máxime si la pérdida se produce en circunstancias trágicas, y ello por no hablar cuando la pérdida es de un propio hijo.


A una prima fallecida con solo 15 años dedicó Manuel Borrego su marcha El lirio tronchado, compuesta en 1929, siendo de las primeras obras de Borrego, y como tal, una obra de juventud en la que el compositor no demuestra su verdadero potencial y características. Es curioso como la marcha, aun en su aire nostálgico, no es un arquetipo de marcha fúnebre sino que denota una dulzura, incluso grácil (sobre todo el trío de la misma), con la que quizás Borrego quisiera describir musicalmente más los momentos en vida de una niña y no quedarse en la tristeza de su muerte.


Ya la habíamos adelantado antes y en este caso es el mejor ejemplo que podríamos incluir en este apartado. Juan Jesús de Pedro Morales es la marcha que el maestro dedicara a la memoria de su hijo, fallecido en trágicas circunstancias. Como la describe Barros Jódar, Juan Jesús es “una obra de extraordinario dramatismo y sinceridad, que quedan patentes desde el primer compás hasta la maravillosa modulación del final”. Compuesta años antes (1998) que la citada Te veré en el Cielo, el contexto en que se compone la obra es completamente distinto: la pérdida repentina de un hijo. Ello llena de una profunda carga dramática la música de D. Pedro siendo de largo una marcha muy emotiva, con una melodía trágica, dolorosa, pero bella, que hacen de esta pieza una de las mejores marchas fúnebres de finales del pasado siglo.


La muerte como algo mediático:
No solo honrar la memoria de un ser cercano, ya sea amigo o familiar, ha llenado pentagramas. El fallecimiento de una celebridad, que pueda ser conocida o no por el compositor, ya sean personajes famosos, de la nobleza, la monarquía, el clero, etc… también ha dado lugar a algunas marchas procesionales.

Es el caso de, por ejemplo, esa extraña (hasta contradictoria) relación que tiene el mundo cofrade con el taurino y que, a la muerte de algún torero en el desempeño de su “profesión”, más si el finado era cofrade, se le ha dedicado alguna que otra marcha, unas con mayor fortuna que otras. Por citar dos ejemplos, Paz Eterna(1947) de María Teresa Texidor y dedicada a la muerte del torero cordobés Manolete, o la denominada por su propio autor Abel Moreno, y cito textualmente, como “Pasodoble fúnebre” Lloran los clarines, dedicada al mediático matador “Paquirri”, marcha de indudablemente muchísima menos inspiración que la mayoría que estamos viendo y cuya fama se debe también en parte a haber sido popularizada por momentos meramente efectistas de cara al público que nada aportan a lo musical como es que su solo de trompeta se le toca a la Virgen de la Paz de Sevilla desde una torre de la Plaza de España.

Bastante mejor marcha es la marcha fúnebre ¡El héroe muerto! de Mariano San Miguel, compuesta en 1919 y dedicada a la memoria del escultor Julio Antonio, escultor que el compositor, por entonces director de la Banda del Real Cuerpo de Alabarderos, al parecer no conocía en persona, aunque por lo visto la impresión que le causó la obra que da título a la marcha bastaron para inspirar una gran pieza musical.

La actualidad:

Aunque ya hemos mencionado ejemplos relativamente actuales, terminamos este artículo con un breve repaso a lo que se viene realizando en los últimos años. Factores como la comercialización discográfica, el enorme peso que ejercen en los repertorios los costaleros (lo que ha conllevado a que la marcha fúnebre, al no ser del gusto de los de abajo, sea un género en retroceso), y que los compositores componen cada vez más por encargo que por iniciativa propia (y por ende las dedicatorias por encargo nunca van a llevar la carga sentimental de muchas de las obras vistas), todo ello ha conllevado a que la forma de honrar a los difuntos con música también haya cambiado en buena parte. Por ejemplo se vienen realizando menos marchas de tipo fúnebre, dedicándose marchas menos serias (e incluso alegres o con mayor folclorización al gusto actual) y las dedicatorias a veces vienen compartidas o bajo el título dedicadas en la mayoría de las veces a alguna Hermandad o devoción o son dedicatorias, como decimos, por encargo, a alguna personalidad de alguna Hermandad.
Por mencionar ejemplos más o menos destacables, títulos como A ti, Manué de Juan José Puntas y dedicada a la memoria de su padre aunque compartiendo posteriormente dedicatoria con la Hermandad de los Gitanos de Sevilla, Santa Cruz de Manuel Marvizón dedicada junto a la homónima Hermandad al abuelo del autor, como dos marchas que se salen del arquetipo de lo fúnebre.
Otros ejemplos que se acercan más a la tradicional marcha fúnebre pero que nos sirven para ejemplificar lo mencionado, como A la derecha del Padrede David Hurtado, ganadora del II Concurso de composición Manuel Font de Anta y dedicada a la Hermandad de la Trinidad de Sevilla y a un fallecido Hermano Mayor de la misma, o la también magnífica La Sangre y la Gloriadel cordobés Alfonso Lozano, marcha fúnebre y triunfal como indica la partitura y que el compositor quiso dedicar tanto a la Hermandad del Císter de Córdoba como a la memoria de Leandro Gámez Varo, hijo de Pedro Gámez Laserna y muy ligado a esta cofradía cordobesa.


Muchísimos ejemplos se nos quedarán atrás y que bien nos hablarían igualmente de esta música como vehículo para honrar, de una forma u otra, la memoria de nuestros difuntos. La música, en el fondo, como transmisora de sentimientos y emociones, y en este caso, una música sincera en la que los compositores nos volcaron su propia alma para hacernos llegar el dolor, la tristeza, pero también la belleza, el amor, la esperanza. En este noviembre escuchemos pues a través de esta maravillosa música la voz de los que ya no están, emocionémonos y recordemos y, de paso, pongamos en valor algunos de los muchos tesoros que posee nuestra música procesional.

Las fuentes consultadas para la elaboración de esta segunda parte del artículo han sido:
-Web Patrimonio Musical (http://www.patrimoniomusical.com/).
-Consultas en Archivo personal de partituras.

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