Actualidad Opinión

Ni frikis, ni tontos, ni irresponsables

Por Basilio García

Todo se ha consumado. Y no es madrugada del Domingo de Resurrección en San Lorenzo ni sobremesa en Santa Marina. Asenjo leyó la sentencia que redactaron entre muchos escribanos y la Semana Santa 2021 -la de las cofradías en la calle, no se pongan mijitas- se marcha al sueño de los justos.

Ni siquiera llegamos a esa frontera sentimental del centenar de hojas del calendario que ir arrancando hasta llegar al gozo, el día señalado en un principio para dictar sentencia. Frontera que, paradójicamente, marcaba en este cruel 2020 el día de la Esperanza. Esperanza que ha pasado a ser un eslogan vacío o simple marketing -Sevilla, capital de la esperanza dicen-, más allá de una virtud teologal de la Virgen o de una supuesta línea maestra de nuestras creencias.

No por esperada deja de ser dolorosa la noticia. La Semana Santa de Sevilla estaba sentenciada de muerte desde que, días después de la cumbre de Antequera, Paco Vélez se la saltara a la torera, publicitara su deslealtad a lo allí hablado y acordado y comenzara una retahíla de mensajes entre apocalípticos y liberadores, auspiciados desde Palacio. Actitud reprochable aprobada e incitada por el arzobispo, el único prelado que ha dicho claramente que el ambiguo mensaje sobre los sucedáneos de los Obispos del Sur significaba que no quería ver un capirote en la calle ni en pintura. Respira tranquilo a semanas de decir adiós a la Archidiócesis. Se marchará en todo lo alto, utilizado como siempre a su antojo por la ranciedad que igual se le echa encima que le toca las palmas, y con otro mensaje ambiguo marca de la casa.

Tampoco hay que engañarse. Es lo que han querido las hermandades y los cofrades, o al menos así se han manifestado públicamente. De nada valen ahora los lamentos de algunos que argumentan no haber sido consultados si cuando tuvieron la oportunidad de expresarse lo hicieron con tibieza y temor. Tibieza y temor propios de unos tiempos que corren en los que todo está sujeto al despelleje y al insulto público con aire de superioridad y, peor aún, se le da relevancia. Tibieza y temor propios de la Iglesia ‘pandémica’, que si ha sido incapaz de garantizar preceptos como la Santa Misa tampoco cabía esperar que no tiraran por la vía rápida por el miedo atroz que tienen a quedar señalados. Y si encima me ahorro problemas…

¿Cómo se puede explicar si no que la Semana Santa de Pruna, Badolatosa, El Saucejo o El Pedroso se suspendan con cuatro meses de antelación? ¿Tiene sentido que Sevilla se desmarque del compromiso de unidad de toda Andalucía para acabar obligando a otras localidades cuya realidad no tiene nada que ver con la de la capital? ¿Qué Semana Santa se parece más a la sevillana en cuestiones organizativas, la de Jaén o la de Lora de Estepa? Y lo que es más importante, ¿por qué en Sevilla se están suspendiendo cultos, actos y actividades que continúan con relativa normalidad en el resto de los lugares?

Pocos cofrades han alzado la voz en los correspondientes foros, y los que lo han hecho han quedado aislados, como los galos en la aldea de Asterix. Ni es tonto el miembro de junta reprochado por los otros oficiales por recordar que el culto -interno y, sobre todo, externo- es el fin primordial de las hermandades; ni quiere montar un circo el opinador que se sale de la línea oficial y avisa del evidente peligro que corremos y que la mayoría ni siquiera atisba; ni le mueve ‘jugar a los pasitos’ -maldita y nociva expresión- al cofrade sin complejos que espera que al menos se agoten todas las opciones para tener a sus imágenes en la calle; ni es un friki el presidente del Consejo de Huelva -muchos culos acomodados deberían conocer la trayectoria cofrade de Toni González antes de despreciarlo- porque dice que valora y valorará todas las posibilidades mientras haya un halo de esperanza…

No es irresponsable pedir a los que mandan en este mundillo que asuman sus cargos, trabajen y dediquen hasta el último esfuerzo en planificar y prever todo lo que sea posible. Incluso la más que probable suspensión. Debería ser su obligación y se ha convertido en una utopía. La verdadera irresponsabilidad está en no mover un dedo para salvar una Semana Santa que, alanceada y herida, lanza un SOS desde la lona mientras los cofrades se entretienen en hacer apología de sus muy cortitas miras. ¡Vaya una pandemia!

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