Actualidad Opinión

Carta al Heraldo Garrido

Por Roberto Bernal

Quiero darle las gracias en un lenguaje en clave que lo mismo entiende mejor, aunque apenas haya estado un par de días por nuestra ciudad y desconozca ciertas cosas de la misma.

Gracias por haber traído nuevamente a la ciudad más hermosa del mundo, tal y como usted la definió, la ilusión en estos tiempos donde los kilos siguen cayendo sobre nuestra cerviz. Y, lamentablemente, no son kilos de caramelos.

Gracias por haber traído la ilusión de nuevo de manera sencilla. Sencilla como la alpargata que se arrastra suavemente racheando por la calle Castelar camino de La Magdalena cuando la Madrugá va tornándose ya en Viernes Santo por la mañana. Silenciosamente, como sin querer molestar.

Gracias por haber hecho de su cometido una labor cariñosa y con mimo, intentando dar esa alegría que en estos meses tan esquiva se nos está haciendo. Gracias por haber hecho que esta ciudad haya vuelto a ser la ciudad de los niños. Esos niños que estrenarán sonrisa como muchos la estrenamos ese domingo que no será tan domingo otra vez.

Gracias por haber llevado a tan buen puerto este buen fin que se le encomendó. Dejen que los niños se acerquen al Heraldo, como llevan haciendo ya casi cuarenta años a unos pajes mágicos en un rinconcito del centro de esta ciudad que a usted lo mismo le ha dado tiempo a conocer. Cariño y amor a los niños.

Quisiera decirle que cuando le vi montado en el globo con el que surcó los cielos de esta ciudad, me dio la impresión de que tenía hechuras de costalero. Un costalero se agarra a su trabajadera (al palo, dicen algunos) o a su pata, según donde vaya. Ellos los hacen con fe. Yo le vi hechuras de costalero al aferrarse a esa especie de varal que llevaba el globo, aunque más bien yo creo que era jindama (busque el significado de la misma). Pero sí, hechuras de costalero: lo hizo elegante y más de uno quisimos escuchar “vámonos con él al cielo”. Bien, trabajao.

Se aprecia que llevaba tiempo buscando la forma de estar a la altura de la ciudad. Lo cumplió con creces. Es más, querido Heraldo, incluso he llegado a pensar que usted es de aquí más que del lejano oriente.

No quisiera yo inmiscuirme en temas familiares, pero me a da mí que toda la elegancia, el cariño y la sencillez con la que ha hecho su tan mágica labor, le viene a usted de familia. No sé por qué. Las casualidades en esta ciudad no existen: alguien muy cercano a usted abrió las puertas hace ya treinta años a la vida y a la ilusión que vivimos durante siete días. Usted, querido Heraldo, treinta años después ha tenido el honor de ser el emisario de Sus Majestades para traer esa misma felicidad en otra de las noches mágicas de esta ciudad.

Me atrevería a parafrasear un pequeño fragmento para que lo pudiera decir, si es de su agrado:

Escuche, padre, porque ahora diré que no es mentira: ¡Yo tuve en mis manos las llaves de Sevilla!”

Sin más, eternamente agradecido y rendido a sus pies y a los de su séquito. Creo que le volveremos a ver más tarde que temprano por estas latitudes.

PD: De todas maneras y perdone la pedantería, yo sabía que el problema de los Reyes Magos en la pandemia lo arreglaba el Heraldo en diez minutos.



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