Actualidad Opinión

El niño que fuimos

El niño despierta y su primer pensamiento es “¡Domingo de Ramos!”. Da un brinco desde la cama, abre la persiana y llega la gran noticia ¡Hace sol! Sin solución de continuidad corre hacía el salón y coge el incensario, las pastillas de carbón, las pinzas y el mechero. Cada vez que hace este gesto recuerda las palabras que sus padres le dijeron hace tiempo “Tienes que quemarlo de forma tranquila, alejado de sillones, muebles o telas que puedan prender con una chispa. Cuando el carbón esté ardiente, deposítalo con suavidad en el incensario y échale el incienso por encima”. Activado el sentido del olfato, el niño coge el casete que le trajeron los Reyes Magos hace sólo tres meses: el recién salido “Cuando la Semana Santa empieza…” de la Banda del Sol. Sentido del oído activado. Con el ‘Ya huele a Semana Santa, como Rosario de la aurora llega la primavera…’ de fondo se dirige a la cocina. ¡Allí están! Con ansia come las torrijas y pestiños que ha hecho su abuela. Con eso ya cumple con el sentido del gusto.

Vuelve al salón, su madre está preparando una túnica de ruan negro y un esparto. El niño la toca y la acaricia, sin darse cuenta está empezando a entender que la Semana Santa es conectar los cinco sentidos. La túnica no es para él, es para su hermano. Es consciente que algún día la podrá vestir, pero de momento es muy pequeño. En la radio no paran de recordar qué día es hoy y eso pone más nervioso al pequeño. Le han dicho que saldrán después de comer. Y así es. Bajan por don Fadrique, la Macarena, Parras… empieza a ver los primeros nazarenos y va identificándolos: “Mira, mamá, ese es de San Roque”, “Ese de La Estrella”, “Ese de La Amargura”… Llegan a Relator y ahí sí que empieza la Semana Santa de verdad. Los ciriales se ven a lo lejos. La tradición se cumple otro año, empezar la gran semana viendo a La Hiniesta. Ahí el crío rebosa felicidad y el corazón le palpita al ritmo que rufa el tambor.

La semana va avanzando. Llega el Martes Santo, día importante en su casa. Por la tarde va a ver San Benito, porque salen sus primos. El misterio de la Presentación al Pueblo llega al punto donde durante décadas había estado el puente de entrada al barrio, el cual ha sido derrumbado hace pocos meses. La banda de música se esfuerza y los costaleros acompañan en una coreografía perfecta. Y venga marcha, y otra marcha y otra. ¡Arriba el hijo de Dios! Su tía, mujer de toda la vida de la Calzá, llora emocionada. Él en ese momento no calibra el simbolismo de lo que está viendo, sólo lo entenderá años más tarde. Mira alrededor y ve que no es sólo su tía, sino que muchas personas están igual. Todo un barrio. Más tarde, a lo lejos ve el paso de una nueva hermandad de la Semana Santa: El Cerro. Él no sabe ni dónde está ese barrio, pero si tiene cofradía, ya le interesa. Llega uno de los momentos cumbres de su semana, la Hermandad de Santa Cruz, el Cristo y la Virgen que ve cada noche en su mesilla y en varios de los pósteres que tiene colgados en la pared de su habitación. No logra identificar a su hermano entre la larga fila de penitentes que bajan por la calle Joaquín Romero Murube, pero la madre sí que lo hace ¡Vaya si lo hace! A todas las madres les sobra hueco de los ojos del antifaz para identificar a sus hijos.

Este año su hermano mayor, el de la familia, no el de la hermandad, le ha dicho que puede ir con él a ver las de Madrugá por primera vez en su vida. ¡Notición! Hasta ese momento sus recuerdos de esa jornada son los del Viernes Santo por la mañana. Las sonidos que dejan dos capataces, el del misterio, con la voz más rasgada; el del palio, un hombre canoso que no para de hablar. Y bullicio, mucho bullicio. No hay palabras para describir el primer encuentro con el Señor de Sevilla en la oscuridad de Gravina visto desde las pupilas de un pequeño. El año está siendo importantísimo en la ciudad. El Sábado Santo hay un Santo Entierro Grande, él no sabía qué era eso hasta este año. ¡Vaya acontecimiento! ¡Cuántos pasos a la vez! El Domingo de Resurrección ve el nuevo palio, el de la Virgen de la Aurora. Qué alegría, todos los años cuando llegaba el último día le daba pena que la cofradía sólo tuviera un paso. 

Esta Semana Santa es la que el chiquillo – hoy ya adulto – sigue teniendo en la cabeza. No son de un año concreto, sino la serie de recuerdos que más se han repetido o más impacto le han generado. Esas remembranzas serán eternas por ser vivencias que son capaces de llegar a nuestro interior más profundo. La Semana Santa es justamente eso, estimular cada uno de los cinco sentidos tocando las fibras más sensibles. Y eso, al modo que aquí nos educan desde chico, es con la cofradía en la calle. Es lo que más llena, lo que más atrae. En la Semana Santa, como el 5 de enero, lo que somos realmente cada año es los recuerdos primigenios. Durante esos siete días vivimos como vive la vida un niño, cada minuto es un acontecimiento único y extraordinario. No hay otro culto que se le acerque ni, por supuesto, eventos culturales que pretenden adoptar el papel de sucedáneos. Los estímulos que remueve ver una chicotá en la calle están lejísimos de lo que provocan 35 eventos cofrades de distinta índole. Ni aunque fueran 3500. Hay dos tipos de personas, los que se conforman con esa serie de actos culturales para saciar su sed de cofradías y los que dicen que sí hay Semana Santa, porque hay actos litúrgicos. Me van a permitir que, respetando la opinión de cada uno, salga en defensa del niño que todos fuimos y les diga a ambos que no, que este año tampoco vamos a tener Semana Santa ni nada que se le parezca.

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