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La música cofrade en el mundo académico: una escasa relación entre mitos, mentiras y ausencias.

Hará algunos días leía en este portal un artículo en el que se criticaba la cobertura mediática, especialmente de la televisión, de la Semana Santa, usando como punto de partida una comparativa entre el tratamiento que ésta da y el aprovechamiento mediático en torno a la Semana Santa por un lado y a los Carnavales de Cádiz por otro.

Saben quienes me conocen o medio me leen que ambas fiestas andaluzas por antonomasia, la Semana Santa y el Carnaval (en general, gaditano en particular), son mis dos grandes pasiones. Además, encuentro enormes correlaciones entre ambas fiestas y entre ambas músicas pues, tanto música cofrade como Carnaval, hunden sus raíces en lo popular sin que ello deba suponer siempre que nos encontramos ante algo chabacano, sino que, en ambas “disciplinas” encontramos ejemplos y autores que, partiendo de esa raíz popular, han dejado un legado impresionante, con ejemplos de gran calidad, que han conseguido elevar estas artes a una consideración mayor dentro de nuestra propia cultura e identidad andaluza.

Es por esa cuestión por la que, cuando me he tenido que plantear una temática sobre la que trabajar para el TFM del Máster que me encuentro estudiando (los más pobres, por desgracia, no nos encontramos esta clase de trabajos realizados por arte de magia sin saber de dónde han salido como les pasa a ciertos políticos), no he dudado en elegir una de ellas, el Carnaval en concreto. Y no ha sido por mayor preferencia, si bien he de confesar que últimamente en el Carnaval encuentro mayores satisfacciones y algo más de fondo que en una música cofrade cuyo lado oscuro cada día que pasa me sorprende y repele más a partes iguales.

No. El principal motivo han sido las mayores posibilidades que el Carnaval de Cádiz ofrecía para la temática del Máster por encima de las pocas que le encontraba a nuestro “gremio”.

Pues bien, la observación de esas escasas posibilidades junto a que cuando he ido comenzando dicho trabajo, con la búsqueda de documentación y al observar la notable cantidad de libros, artículos, trabajos y publicaciones varias que se han escrito y se siguen haciendo sobre el Carnaval, me llevó, siguiendo el mencionado artículo de la televisión, a investigar y comparar si la música cofrade goza de un tratamiento similar y está, en mayor o menor medida, estudiada.

Y la respuesta arroja una situación tan sorprendente como incomprensible: ni de lejos.

Basta realizar una breve búsqueda en los principales repositorios y portales de búsqueda académicos para darnos cuenta de que las publicaciones sobre la fiesta gaditana prácticamente multiplican por 10 los arrojados al buscar sobre música procesional. Y para mejor muestra un botón: la misma búsqueda en idUS, repositorio de la Universidad de Sevilla, de la ciudad que se presupone como meca y referente de la música cofrade, arroja más resultados y más variados sobre el Carnaval (desde artículos hasta TFGs y tesis doctorales) que sobre música procesional (o música cofrade) de cuya búsqueda apenas arroja una decena de resultados y en todos son una serie de ponencias que, la verdad, no aportan demasiado al estudio de este género musical nuestro.

Pero si grande es esta laguna, no menor es la que nos deja cuando pretendemos buscar bibliografía sobre música cofrade: escasos libros, muchos de ellos descatalogados o nada fáciles de encontrar y la mayoría de ellos cargados de ideas preconcebidas, llenos de leyendas, falsos mitos y/o medias verdades, contados desde un prisma claramente subjetivo y sevillano, libros con muy poco rigor que deja desamparado a quien desease estudiar en serio sobre nuestra música, siendo incluso hoy día, todavía para muchos, el libro de Manuel Carmona Rodríguez el mayor (y casi único) referente bibliográfico (un libro de los años 90 que con el tiempo ha ido quedando obsoleto y con ideas y tesis que se han ido desmintiendo con descubrimientos más recientes).

Y ésto no es sino la punta del iceberg, solo hablando de la música y de los compositores para Banda de Música, porque si nos vamos a la música de los géneros de Cornetas y Tambores y Agrupaciones Musicales, la laguna se convierte en un oscuro pozo: el rigor brilla por su ausencia y la historia te la cuentan como la feria, como cada uno la vive. Desde publicaciones que desprecian al género de las Agrupaciones y ensalzan como único válido el de las Cornetas y Tambores hasta omisiones más o menos intencionadas y erratas nunca corregidas. Sin duda, como el mito de Platón, sobre música “de Cristo” lo único que se nos dan son apenas unas sombras en la penumbra de una caverna. Y eso cuando a las editoriales no les da por interesarse en la música cofrade para darle espacio a cualquier graciosete con muchos followers en las redes sociales, hecho más por vender ejemplares y sacar tajada que para darle a la música y a las bandas un lugar digno en la literatura.

¿Y en el aula? Volviendo a comparar con el hecho gaditano que cuenta con iniciativas como el Carnaval en la Escuela o la Escuela de Carnaval, la presencia de la música procesional en el ámbito educativo es casi 0, siendo siempre su tratamiento como algo meramente anecdótico. A lo más a lo que se suele llegar es que, al llegar Cuaresma, los niños se aprendan a tocar La saeta con la típica flauta dulce en la cada vez menos presente asignatura de música, y cuando la música cofrade tiene algún hueco en algún libro de texto nos encontramos con textos cargados de errores y estereotipos anticuados, tal y como sucede en este libro de 1º de la ESO de la Editorial Santillana en el que leemos barbaridades de alguien que escribe sobre el tema sin haber visto una banda en su vida o que ha pasado las últimas 30 Semanas Santas encerrado en una cueva o de vacaciones en las Pekín. Cosas como que las “bandas de cornetas y tambores (…) tienen entre 30 o 40 músicos y sus interpretaciones cuentan con un marcado aire militar” o que el otro género existente lo conforman “Agrupaciones musicales o bandas mixtas” que “cuentan con una mayor variedad de instrumentos (…) como trompetas, trombones, platillos y varios tipos de bombo”, que su repertorio es “por regla general, de carácter más emotivo y lento que el de las bandas de cornetas y tambores” y que “acompañan a la figura de la Virgen”. Un párrafo este segundo en el que el autor del texto (que no sabemos tampoco quién ha revisado y le ha dado el visto bueno) claramente está haciendo una mezcla entre Agrupaciones Musicales y Bandas de Música como si fueran lo mismo.

Este panorama deja a la música cofrade en una delicada situación de desconsideración que la deja fuera de cualquier valoración como elemento de cierta importancia sociocultural, educativa y patrimonial y, por ende, de cualquier protección, divulgación y estudio.

Y lo peor de todo es que es algo que incluso desde dentro, desde el mismo mundo cofrade y de los mismos artífices de la música procesional, se fomenta, estando, por un lado, los consabidos gurús de la prensa rancia y sus todavía evidentes, aunque cada vez menos influyentes, prejuicios y, por otro, aquellos a los que últimamente me gusta denominar como “negacionistas musicales”, aquellos que creen que el acercamiento de la música cofrade a lo académico, a lo culto, les va a privar de una especie de autenticidad, de validez, siendo para ellos como una especie de amenaza a todo lo sevillano (como si popular fuera algo opuesto a calidad).

Pero no solo ellos, no solo de esa parte del público y los intérpretes cofrades claramente ignorantes que no se preocupan de cuidar el legado sino de alimentar sus egos, sino que también de parte de los que se hacen llamar amantes y/o defensores de la misma también se tiene a la música cofrade bastante desconsiderada. Todavía recuerdo cuando, una vez al proponer en un foro un debate sobre si la música cofrade se podría declarar como Bien de Interés Cultural, hubo hasta músicos cofrades y algún que otro destacado amante y conocedor de la misma que solo les faltó echarse a reír ante la idea. ¿Por qué no? ¿Por qué un tesoro patrimonial musical que aporta tanto a uno de nuestros principales atractivos como es la Semana Santa, no puede tener esa consideración? ¿Acaso no hay marchas que son auténticas obras maestras de la música?

La música cofrade se había venido instalando estas últimas décadas en este peligroso conformismo del que apenas unas honrosas excepciones se salvan (hay bandas, pocas pero hay, que miman la Música a niveles prácticamente profesionales, hay gente por ahí escribiendo y creando podcast en los que intentan divulgar, con los pocos medios que tienen, nuestros tesoros), un conformismo con el que bandas, autores e interpretes han convivido sin preocuparse, sobreviviendo casi prácticamente día a día, porque la Semana Santa y los conciertos daban lo suficiente para ir funcionando y si acaso de vez en cuando se buscaba algún balón de oxígeno en forma de subvención o de préstamo de local de ensayo si había un añito regular.

Hasta ahora ese modo de vida ha funcionado y la consideración que se tenía de la música procesional había dado igual: no ha importado si, incluso desde los propios clientes y comitentes, desde las Hermandades, una banda es un mero pasatiempos que se paga como tal. Daba igual, incluso se rechazaba, si la música cofrade no tenía presencia en circuitos cultos, si no se le daba cabida en otras formas de expresión, si no tenía lugar fuera de su mero papel de acompañamiento. Qué más daba si un tío “estudiao” no se interesaba sobre nosotros, si a nosotros no se nos había perdido nada en la Universidad. No nos ha importado hacer conciertos en pabellones polideportivos, naves, casetas municipales o descampados, al contrario, a algunos hasta les gusta ese tipo de concierto de codo en barra, cerveza y montadito y han despreciado tocar en teatros y auditorios, mientras, por ejemplo, el Carnaval de Cádiz, llena recintos como el Liceu de Barcelona. Ahora, cuando una pandemia mundial nos ha dado una auténtica bofetada de realidad, cuando no sabemos cuándo volveremos a realizar aquello que era prácticamente de lo único que vivíamos (y si es que a corto/medio plazo podremos volver a hacerlo al menos al mismo nivel), cuando no se puede buscar esas ayudas a las que antes nos podíamos aferrar de Hermandades y subvenciones; ha sido cuando nos hemos dado cuenta de que nuestra música no tiene lugar: no tiene lugar en la cultura, no tiene lugar como patrimonio, no tiene lugar en la sociedad, no tiene lugar, en resumen, como algo digno de ser estudiado. Ha quedado como algo sin apenas valor, como un ornamento más. Como la flor que se marchita o la cera que se quema. ¿De verdad no lo tiene? ¿Hemos hecho algo para llegar a esta situación? ¿Haremos algo para cambiarla?

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