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Bienvenido Mister Saiz

Realizar un análisis sobre Saiz Meneses a tan solo siete días de su toma de posesión es una osadía que debería causar tanto estupor como recelos en cualquier lector. Tanto, como la euforia con la que se está viviendo la tourné que el nuevo arzobispo está realizando por sus dominios. Normal, por otra parte, que desee conocer a su grey. Acostumbrados al carácter áspero de monseñor Asenjo -como el de Benedicto XVI-, cualquier sonrisa parece solemnidad en la curia. Hay quien confunde afectuoso recibimiento con calurosa bienvenida. A Asenjo le bastó un gesto desafortunado -el de la estampita de la Macarena- para sentirse como un apátrida. A Saiz Meneses le han servido dos sonrisas a la galería para caer en gracia. En tierra de malajes, conviene desconfiar de los simpaticones. Quizá esa fue la virtud de Asenjo: desterrar la ojana y convertirse en uno de noi en aquello de la guasa. Emulando el conocido sticker de Manolo Villanueva, por derecho.

Acabado el asenjato, el pontificado de mosén Saiz Meneses parece envuelto en el estilo franciscano desarrollado por el papa Bergoglio, comenzando con una política de gestos. No es casual que su primer destino haya sido el Polígono Sur sin descuidar los encuentros protocolarios con los próceres de la política regional y el cofraderío local. Si algo tienen en común la Iglesia y los partidos políticos es que todos son del que gobierna, lo cual hace temer lo peor sobre Juan Espadas. ¿Se volverá sanchista? Y dentro de la política, si en algo se parece la Iglesia al PSOE o viceversa es el estalinismo práctico que se aplica en ambas casas: el que se mueve no sale en la foto. Cuando Benedicto XVI ocupaba el trono de San Pedro, el estilo era introspectivo, monástico, contemplativo y eclesial. Con Francisco, ahora todo cambió. Política de gestos, de ambigüedades, de sonrisas y alegrías, de viaje a las periferias, de los pobres y los marginados primero. Una Iglesia en salida. Al fin y al cabo, las dos caras de una misma realidad teologal. Por decirlo brevemente, a los pocos días de estar en Sevilla, Saiz Meneses ha intentado dejar claro que él es a Francisco lo que Asenjo era a Benedicto XVI. Todo en orden.

Sin embargo, continuando con la analogía, el papa Francisco no ha sido capaz, todavía, de mover una coma del magisterio emanado por Benedicto XVI. Hay quien, incluso, dice que la encíclica Fratelli Tutti -título en italiano y texto en español, defenestrando la lengua oficial de la Iglesia- no es más que un refrito pedante de sus declaraciones mediáticas. Del Sínodo de la Familia no salió nada. Y del encuentro de la Amazonia, tampoco. A lo sumo, Francisco ha conseguido introducir limitaciones sobre la gestión de los bienes temporales de la Iglesia y hacer de ley -las mujeres acólitas- lo que ya era una realidad.

La agenda de Saiz Meneses aún no se ha desvelado y tardará unos meses en descubrirse. De Asenjo estaba claro cuáles eran sus preocupaciones y lo convirtió en su hoja de ruta durante la década larga que ha durado su pontificado. Pero al conquense venido desde Barcelona, si acaso, se le pedirá que mantenga lo conseguido: que la facultad de Teología funcione, que la gestión económica se mantenga, que la atención a los pobres se amplíe, que el seminario siga dando frutos y que las hermandades sigan siendo leales a su ordinario. Sin rechistar. Asenjo trazó una forma de trabajar con un carácter muy marcado que ha desagradado a algunos sacerdotes -lo reconocen en público y en privado-, pero que da resultados. De no haber sido así, los paupérrimos salarios que recibían los eclesiásticos jamás se hubieran mejorado. A toro pasado, el mayor éxito de Asenjo fue meter en cintura a la religiosidad popular, que era más popular que eclesial. Un éxito con el cual es difícil congraciarse pero que, si se atiende a las aportaciones al Fondo Común Diocesano, es evidente que ahí queda. Tan rotunda fue esa victoria, que en las hermandades se ha interiorizado aquello de la eclesialidad como la eliminación del derecho a disentir. Y ahora viene Saiz Meneses repartiendo abrazos. Claro que sí, guapi.

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