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Muchos maricones

La Hermandad de Alcosa ha abierto un debate que estaba latente en el seno de las cofradías y en la agenda de la propia Iglesia: ¿deben las hermandades adherirse, apoyar, promocionar o participar de las corrientes de opinión y cuestiones sociales propias de su tiempo? El asesinato del joven Samuel ha provocado una curiosa reacción por parte de la cofradía de vísperas: «donde haya odio, ponga yo amor», un verso de la oración de San Francisco de Asís, dicen desde la cuenta oficial de Twitter de esta hermandad, para posicionarse «en contra de toda violencia» y a favor del «trato igualitario entre las personas». Estas declaraciones estarían apuntando a una de las primeras teorías sobre el motivo del crimen que señalaban que Samuel fue asesinado, presuntamente, por su declarada homosexualidad. Algo no del todo claro y que sigue siendo investigado bajo secreto de sumario.

Pero la novedad, en este asunto, es que se trataría de la primera vez que una hermandad se posiciona abiertamente, en público, con un mensaje directo y certero, sobre temas sociales.

Es cierto que otras cofradías toman partido sobre asuntos públicos de una forma más sutil. La Hermandad de la Pastora de Santa Marina funde en su paso velas por las mujeres víctimas de la violencia de género. La Hermandad del Valle ha firmado convenios, recientemente, para participar en la inserción de personas inmigrantes. La Hermandad de la O sostiene una fundación provida, es decir, abiertamente antiabortista. Son algunos ejemplos de cómo las hermandades participan de las corrientes de opinión y las causas sociales sin pronunciarse a pesar de que están interpeladas a hacerlo a través de la Doctrina Social de la Iglesia por su condición de asociaciones de laicos.

La agenda de temas es amplia. Hasta la fecha, ninguna hermandad se ha pronunciado sobre feminismo o la plena igualdad de las mujeres en la Iglesia y las propias cofradías. Tampoco se conoce que alguna hermandad haya tomado partido en las agendas medioambientalistas, a pesar de la existencia de varias encíclicas papales que alertan de la necesidad de cuidar de la «casa común». Tampoco extienden mensajes relativos a los derechos civiles (derechos fundamentales constitucionales y principios rectores) o el trato igualitario (la no discriminación por razón de origen, sexo, edad, credo, etc.), no se involucran en las demandas de los diferentes movimientos urbanos que afectan directamente al entorno más cercano (turistificación, degradación urbana, empobrecimiento social, seguridad, transportes o servicios públicos locales) ni tampoco toman parte sobre los movimientos del Estado de bienestar: educación, sanidad, pensiones. Y escasamente pisan este terreno a través de las diputaciones de formación. Muy ocasionalmente, alguna hermandad organiza alguna charla para hablar sobre cuestiones generales de la Doctrina Social de la Iglesia o para abordar desde el punto de vista teológico algún tema ya tratado, como la defensa de la vida.

Aprovechando la muerte de Samuel, ¿por qué nadie se anima a montar una conferencia sobre la doctrina de la Iglesia acerca de la diversidad sexual o la adopción de hijos por parte de parejas del mismo sexo? ¿A nadie le interesa una conferencia sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas? Tampoco sería mala idea resucitar el tratado del desaparecido profesor Ribelot sobre el sexo como elemento jurídico diferenciador en la Iglesia católica. Son solo algunas sugerencias relativas a este reciente asunto, aunque podrían plantearse muchas más: la promoción de la familia cristiana y paternidad responsable; la enseñanza concertada como parte activa de las políticas públicas de educación; la vigencia de la asignatura de religión en los colegios; bienes básicos para la vida: comida, techo, trabajo; la aconfesionalidad del estado y el laicismo; el voto cristiano; la evangelización en zonas degradadas; los peligros del vaciamiento de la ciudad para las cofradías; o, también muy de actualidad, envejecimiento activo y la muerte desde una perspectiva cristiana. Son solo algunas sugerencias.

Es probable que en el pasado, las hermandades hayan experimentado resultados desiguales cuando se han involucrado en asuntos sociales. El fracaso evidente por falta de apoyos en la articulación de una respuesta a la reforma de la ley del aborto impulsada por el gobierno de Rodríguez Zapatero habría sido uno de los motivos que desterraron a las cofradías de la participación cívica. El error estuvo en organizar una respuesta de confrontación, reactiva, cuando, por su marcado carácter de actores locales y su capacidad de innovación frente a las necesidades de las personas, las hermandades deben trabajar desde posturas constructivas, impulsando la proactividad y demostrando que otros mundos son posibles. Como organizaciones civiles que participan de la sociedad, las hermandades son también corresponsables de su edificación en base a unos valores de concordia, respeto, pluralismo y democracia. La equidistancia manifestada a través del silencio o la inacción las convierte en cómplices de una deriva azarosa y desafortunada.

El director del cortometraje Miarma, Jesús Pascual, ya lo vaticinó en el guion de su obra: «detrás de este barroquismo hay…muchos maricones». Quizá sea un buen momento para comenzar por defender abiertamente a quienes tanto le han dado a la Semana Santa.

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