Actualidad Opinión

La cofradía del silencio

Este duro relato, podría ser un cuento…o no.

Tienes quince o dieciséis años y decides implicarte en las cosas de tu hermandad. Tu familia pertenece a ella desde hace décadas. Tu abuelo, tu padre. La Semana Santa forma parte de tu vida. Comienzas a pasar las tardes en la capilla. Vas a limpiar plata o a divertirte con otros jóvenes de tu edad. Comienzas a ser conocido por la junta de gobierno. Destacas por alguna de tus habilidades. Tienes buen gusto para colocar flores o eres el niño para todo. Lo mismo acarreas enseres que sales de monaguillo. Te esfuerzas porque el sistema de recompensas está así montado. Un día, alguien de la junta de gobierno te premia con un puesto privilegiado en la cofradía. Saldrás cerca de tu Virgen y para ti no hay nada más grande. Empiezas a ganar notoriedad. Asistes entre los pocos que están presentes cuando el Cristo se cambia de túnica y el prioste te enseña en primicia el nuevo puñal de la Virgen. Te sientes privilegiado. En la hermandad eres alguien. Tus compañeros del colegio no lo entienden y tu padre está orgulloso de ti porque sigues sus pasos. La hermandad se convierte en un lugar seguro para ti. Allí se te se te valora. A cambio, recibes privilegios y reconocimientos.

Un día ocurre un hecho inesperado. Un individuo que hacía unos meses que pasaba por allí comienza a hacer cosas raras. Lo ves entrando en el baño con otro niño. Pero no dices nada. Tu amigo de toda la vida, en un momento apartado, te comenta que él también lo ha visto. Pero decidís no decir nada. La formadora se percata de que algo está pasando. Pregunta y averigua alguna cosa. Pero no dice nada. En un momento determinado, decide informar a un miembro de la junta de gobierno con el que tiene confianza. Hace sus averiguaciones. Pero no dice nada. En privado, informa al hermano mayor, que se mantiene atento a los hechos. Tampoco dice nada. Tú hace tiempo que te mantienes alerta porque sabes lo que está pasando. Sigues viendo que el individuo continúa por allí y que no pasa nada. Que sigue haciendo cosas raras. Con otros niños. Pero como siempre, no dices nada.

Temes que, al decirlo, alguien te diga que es una acusación muy grave. Que hacen falta pruebas. Temes perder el reconocimiento que has conseguido. Temes dejar de ser alguien. Que te aparten. Lo mismo que tu amigo. Por eso calláis. La formadora pensó lo mismo. Que sin pruebas, nada se puede hacer. Ella, incluso, intentó hablar con los niños que salían de aquel baño. Pero ninguno dijo nada. El oficial de la junta de gobierno y el hermano mayor prefirieron ser prudentes, así lo llaman. No querían que aquello se convirtiera en un escándalo que perjudicara a la reputación de la hermandad. En el fondo, era una mezcla de culpabilidad e impotencia. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes? Que haya ocurrido esto es culpa nuestra por no haberlo identificado a tiempo. Mejor que no se sepa. Al mismo tiempo se encogen de hombros pensando que tampoco podían hacer nada. A veces, hasta se justificaban. Son cosas de jóvenes. Hay qué ver, estos niños. Mejor, no meterse. Si está pasando algo malo, seguro que se sabrá. Pero nunca se sabe nada.

La situación continuó y tú decidiste contárselo a tu padre. No quería líos con nadie, así que no hizo nada. Excepto prohibirte volver por la hermandad. Aquello ya no te gustaba y perder todo lo ganado no importaba. El hermano mayor informó al director espiritual. Ambos determinaron hablar con el individuo. Lo invitaron educadamente a dejar de ir por la hermandad. No hubo malas palabras ni subidas de tono. No hubo denuncias ni escándalo. Ni siquiera le dieron de baja. El individuo abandonó la hermandad y se marchó a otra. Cuando lo supiste, volviste a tu hermandad. Con tus amigos de siempre. A tu vida de siempre. Aunque la vida ya nunca fue igual.

Aquel niño al que viste entrar en el baño con el individuo apareció un día muerto en su casa. Se había suicidado. No soportó el dolor y la culpa. Nunca fue capaz de contarlo porque nadie le creería. Daba igual que lo supiera el grupo joven, la formadora, la junta de gobierno, el hermano mayor y el cura. Ninguno fue capaz de acercarse para decirle que lo sabían y que lo iban a apoyar. Todos prefirieron guardar silencio ante la ausencia de pruebas y la falta de una denuncia.

La cofradía del silencio había matado a aquel niño que solo iba por su hermandad porque era un espacio seguro para él. Porque sabía que él era diferente a otros. Porque no le gustaba el fútbol y en el colegio se metían con él. Pero en la hermandad estaba entre iguales. Tenía dudas sobre sí mismo. Sobre su identidad. Sobre su futuro. Alguien se aprovecho de aquella debilidad, de aquellas dudas, de aquella desorientación. El individuo lo metió en el baño y la cofradía del silencio lo empujó por el precipicio.

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