Actualidad Opinión

El Gran Poder y las miserias de la ciudad

Por Jesús Cea Olinos

Quién, si no, que el Señor para conseguir que la actualidad cofrade dejase de estar copada por la, hasta hace nada, omnipresente pandemia y recordarnos cómo era aquella normalidad. Quién si no que el Verbo encarnado en ese portento por cuyas venas de cedro y pino corre sangre cordobesa del insigne Juan de Mesa quién nos lo legó para el mundo hace 400 y 1 años, el Gran Poder que todo lo puede y que volvió a reunir multitudes sin nada más que su presencia.

Se reencontraba el Señor con Sevilla y Sevilla con el ambiente de los grandes días cofrades en ese extraordinario peregrinar que en estos días llevará al Nazareno a algunas de esas zonas invisibles y olvidadas de la ciudad.

Sin embargo, como reflexionaba en mis redes, el hecho de que este acercamiento de las cofradías a estas zonas sea algo histórico, no ya solo por el momento en que ha sucedido sino sobre todo por lo extraordinario del hecho, deja patente una triste realidad de nuestro mundo cofrade que no es otra que el alejamiento de la gran mayoría de nuestras Hermandades e incluso de la propia Iglesia de las periferias de nuestras ciudades.

Y es un distanciamiento de y hacia las periferias no solo físicas, no solo geográficas, sino también y sobre todo emocionales y afectivas, las sociales.

Nuestras cofradías en la actualidad, más pendientes de otros asuntos más de las cosas “del César” y menos de las cosas “de Dios”, parecen ser completamente ajenas a la auténtica realidad de la gran masa de sus hermanos y devotos, abrazando asuntos políticos y de una alta jerarquía eclesiástica que bien sabemos (y se nos ha demostrado de sobra en estos últimos tiempos) que en el fondo las desprecia y solo les echa mano cuando necesita aprovecharse de ellas y de su tirón popular.

Si acaso, y duela a quien le pueda doler esta afirmación, las cofradías tienden a acercarse a esta parte olvidada de la sociedad cuando la necesitan para justificarse, justificar su existencia y todo lo que las rodea, para ejercer la caridad, pero una caridad mal entendida como un ejercicio de mera solidaridad, de ofrecer limosna a quien lo necesita, pero nunca buscando el sentido de justicia que esta virtud debería emanar. Porque las cofradías, y la Iglesia a la que pertenecen, necesitan de la pobreza y por ello no van a mirar a las raíces de las desigualdades, no interesa. Interesa hacer el bien y en épocas ocasionales para acallar a ese «Pepito grillo», esa voz de la conciencia que de vez en cuando nos recuerda que, ante todo,somos cristianos.

Los pobres y las periferias, para ese cofrade que entiende que ser buen cofrade es vestir de chaqueta el Domingo de Ramos, son como esos indígenas y sus remotas tierras para los colonos europeos del siglo XIX: gentes y lugares incivilizados, inferiores a los que poder mirar por encima del hombro, con una cultura y expresiones prescindibles y de cuya inocencia es fácil aprovecharse para imponer una propia dominación de la que sacar beneficios, siempre prometiendo una prosperidad y un futuro que nunca terminarán de llegar porque no conviene que puedan sentirse como iguales. Se las trata con ese paternalismo fingido, con esa falsa compasión que subconscientemente esconde un sentimiento de desagrado y repugnancia, un subconsciente lleno de prejuicios que, en el fondo, es lo que muchos sienten cuando oyen a hablar de esta clase de barrios (y que tire la primera piedra quien esté libre de pecado).

Esa distancia, esa desafección de ese impoluto mundo cofrade hacia estas periferias quedó visible en un, no desafortunado (porque algo que se escribe y publica con plena conciencia e intención no es mala suerte) sino repulsivo tuit de la sección morada de cierto conocido medio de comunicación de clara línea ultraconservadora. El tuit, en una mezcla entre un vomitivo clasismo y un sentimiento de superioridad de su autor y el medio que lo hacía público hacia los nuevos y temporales vecinos del Gran Poder, se mofaba claramente de la ropa tendida, esa bandera y seña identidad que se ve ondear en las humildes fachadas de los bloques de viviendas de estos barrios, equiparándolas a las “regias” colgaduras que lucen los “señoriales” balcones en los barrios de la Sevilla “de bien” en una no muy cristiana comparativa.

Y el problema es que cosas así no es la primera vez que se publican o se escriben. A mi memoria se vienen escritos y ciertos comentarios vertidos en ellos, como una repugnante crónica que este mismo medio realizaba, en este caso para la ciudad de Córdoba, refiriéndose con la misma altivez hacia la Hermandad de la Piedad del cordobés barrio de Las Palmeras, o las crónicas que se hayan realizado sobre ciertas Hermandades y Agrupaciones de Vísperas como Torreblanca o Bendición y Esperanza del Polígono Sur. Incluso cabría recordar los propios comentarios que en su momento sufría la Hermandad de los Gitanos, en la actualidad “reconvertida” a Hermandad “bien”, una concepción sobre esta cofradía que, vaya casualidad, comenzó a cambiar en el mundo cofrade y en su prensa a la par que ésta se vinculaba más y más a la Casa de Alba.

Personalmente, en su momento no veía con demasiados buenos ojos que este acto protagonizado por el Gran Poder recibiera ese nombre de Santa Misión puesto que, aunque no fuera con una mala intención, en el uso del lenguaje al final acaban subyaciendo significados que incluso inconscientemente damos a las cosas, y el término “misión” al final siempre nos acaba evocando a esa labor de la Iglesia en países remotos y entre sociedades “incivilizadas” desde nuestro punto de vista etnocentrista, cuando se va a evangelizar a los “pobrecitos” de África o a los “indígenas” de Sudamérica (una evangelización sobre la que, por cierto, recientemente el propio Papa Francisco admitía errores al señalar como se intentó imponer a través de la fe nuestro modelo cultural occidental como si fuera el único válido).

Pero, visto ese tuit y conociendo los entresijos de este mundillo nuestro, he acabado por comprender que el término es, ciertamente, válido. Pues no son estos barrios los que necesitaban que los cofrades le llevaran el Gran Poder, sino que son los cofrades los que necesitaban que el Gran Poder fuera a estos barrios para conocer que las miserias de la ciudad tal vez estén más cerca de lo que piensan.

La miseria está en esos cofrades que bajo su pulcra apariencia esconden, como nos decía Jesús respecto a los fariseos, la podredumbre que guardan los sepulcros a pesar de estar blanqueados por fuera. En los que se piensan que por tener más van a ser mejores cuando son tan pobres que quizás sea lo único que tengan. En quienes teniendo tanto, como nos recordaba la parábola del óbolo de la viuda, cuando llega Navidad creen que lo solucionan todo entregando un kilo de arroz o un litro de leche. Los que hablan de que “son pobres porque quieren, porque no quieren estudiar ni trabajar” y a lo mejor su tren de vida es fruto de una herencia recibida y de que papi y mami les pagó la carrera en una privada. Los de la doble moral. Los que rechazan al forastero y al que cree en algo diferente, rechaza al “negro”, al “moro” o al “sudaca” pero, eso sí, cuando el inmigrante es pobre, porque cuando el inmigrante se llama Benzema, Ansu Fati, Koundé, Fekir, Messi o Neymar pagarían por besarle las botas. Los que supuestamente defienden la vida del niño cuando es un feto pero cuando ese mismo niño nace y quizás no pueda tener la atención y cuidados que merece se olvidan de él. Los que crucifican al pobre que se ve abocado a delinquir para dar de comer o un techo a su familia pero pasan de puntillas o hasta sacan comunicados defendiendo a un rey corrupto que hoy se lo pasa de puta madre disfrutando de lo defraudado junto a sus amigos jeques (que, en este caso, como son millonarios no son “moros islamistas malos” aunque se sepa que financian a grupos yihadistas).

Son los mismos que ahora que un Papa tímidamente está empezando a denunciar las injusticias del mundo y a pedir un poco de igualdad, se revuelven contra él (y contra un dogma de la Iglesia) y no lo reconocen por ser “el Papa comunista” según ellos mismos lo llaman.

Son ellos los que necesitan más que nadie meter a Dios en sus vidas, los que urgen de esa re-evangelización, porque son tan cofrades que se olvidaron por completo de ser cristianos.

En cambio, los vecinos de estos barrios y las periferias sociales en general, no necesitan del Gran Poder porque el Gran Poder ya vive entre ellos cada día.

Porque su dolor está siempre presente en barrios que, como Cristo, son negados tres y más veces. Porque sus vecinos, como el Señor, cargan a diario con la Cruz de la pobreza, del paro, de la injusticia social. Porque en sus rostros se clava la espina de la droga y la delincuencia, de esos jóvenes a los que nadie les pinta un futuro y no acaban viendo otras salidas.

Porque las madres de esos barrios también sienten el Mayor Dolor, el de no saber a veces que darán de comer a sus hijos o qué ropa les pondrán porque, mientras en otros sitios discuten banalmente sobre ello, aquí la humilde es la única túnica de su ajuar. El de no saber si una madrugada, y no de Viernes Santo precisamente, vendrá la misma policía que escoltó al Señor a echarte de tu casa. El de no tener más remedio que pegar una patada a una puerta de un piso vacío (lo más seguro que propiedad de un banco) para poder tener un techo y encima cargar con el estigma de ello porque nadie se para a pensar las motivaciones, la desesperación, que te haya podido llevar a ese extremo.

Y, en cambio, entre ellos también está sobre todo el Gran Poder de Dios, su Misericordia y magnificencia. Está en esos vecinos que lo poco que tienen lo comparten si alguien necesita ayuda, en las gentes que, a pesar de apenas quedarles esperanza, cada mañana sonríen y te dan sus sinceros buenos días aun sabiendo que no lo serán. En esa gente que se saluda y se conoce dándoles igual que te llames Francisco, Mohamed o Edwin porque es en estos barrios donde más se sabe de igualdad. Esa grandeza está en esa auténtica Iglesia, en párrocos y feligreses que de verdad se remangan y ofrecen, como la viuda de la parábola, lo máximo que pueden. El rostro de Dios no se ve aquí en el cielo de una foto random que no es más que pareidolia, sino que se ve en esas madres que sacan adelante a sus familias, en el joven que, tras años en la oscuridad, se decide a abandonar las drogas, en personajes como el rapero Haze que luchan contra los estereotipos y que sirven de ejemplos a futuras generaciones,… en todas esas personas que, en resumen, se levantan a luchar cada día a pesar de que saben que, mientras esta sociedad siga siendo como es, siempre será una batalla perdida.

Ya lo decía el poeta: “la auténtica indigencia no es más que la impotencia de tu misma sociedad”. Es aquí donde está la verdadera miseria.

Y, por desgracia, es aquí donde casualmente el Gran Poder al final nunca termina de llegar, es este su desgastado talón de Aquiles. Y lo es por muy cerquita que viva, haya vivido 400 años y siga viviendo otros 400 más, de ella.

Ojalá esta Santa Misión nos sirviera para reflexionar sobre ello. Aunque todos sabemos que tras las crónicas cargadas de purpurina rosa y llenas de expresiones paternalistas y compasivas hacia estos barrios y sus gentes, el mensaje al final terminará siendo el de siempre:

“Que buenos somos y que bien lo hemos hecho. Hasta la próxima”.

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